La Sinfonia Del Bunker
Ir a páginas...

La sinfonía del búnker
En 1933, Adolf Hitler creó la Geheime StaatPolizei poniendo al frente de la prestigiosa institución a Herrn Himmler, personaje de su entera confianza y agudo estratega en técnicas de espionaje. En esos días el nacional socialismo alemán crecía como la espuma. La nueva institución conocida por los alemanes como la Gestapo tuvo ilimitado poder de control sobre la población alemana. Antes que la guerra comenzará, y el nacional socialismo despuntara como un régimen absolutamente progresista, ya se vislumbraba el tinte antisemita como ideología básica del nuevo régimen. La nueva institución, Gestapo, era nada menos que la misma policía secreta, encargada de entrometerse en la vida de cuanto sospechoso hubiese, practicando sofisticados métodos de espionaje ciudadano, que desembocaba en otros de tortura, hostigamiento y exterminio. Las ideas nazis, férreas en sí, establecían la total hegemonía de la raza aria, la raza alemana. La Gestapo en principio, fundó su tarea básica en la individualización de judíos ricos e influyentes, gitanos, delincuentes, o cualquiera que representaran una amenaza para el estado, y todo opositor al régimen Nazi. Los funcionarios de la Gestapo, también desarrollaron valiosas relaciones públicas con industriales y empresarios acaudalados, principalmente, en Ruhr, asegurándose, la continuidad de lo que ya se había afianzado cuando aquel frío invierno del 30 de enero de 1933, Hitler consiguió la cancillería.
Durante los años siguientes, con la Gestapo a la cabeza, Hitler fue desarrollando una tramoya de intrigas y dudas en las que esculcó a todos sus allegados para determinar quienes eran los leales y quienes no. El inicio de la era nazi estuvo teñida de numerosos actos violentos y vandálicos, silenciosos, inducidos por el régimen, que, tuvieron como blanco principal a los judíos, quienes de inmediato fueron acosados por los mismos ciudadanos alemanes alentados por la propaganda antisemita que ya empezaba a florecer en toda Alemania. Al año siguiente, Hitler ya tenía identificados no sólo a los judíos acaudalados, o los que no quería tener dentro de su estado, sabía exactamente quiénes eran sus principales oponentes, y los que le eran, secretamente, desleales. Fue un prolijo trabajo que se llevó a cabo gracias a la Gestapo. En junio de 1934, finalmente, se deshizo de todo escollo que representara una amenaza para su régimen y proyecto: los asesinó. Gradualmente, el régimen Nazi fue implementando campos que destinó a la concentración de judíos, con el único propósito de esclavizarlos e ir aniquilándolos conforme perdían utilidad. Despojó a los judíos alemanes de todo derecho, tarea que fue extendiendo en otros países europeos, los confinó, persiguió, y construyó una máquina de exterminio, con una sofisticación bastante más diabólica que las que utilizaron otros genocidas en la historia de la humanidad. Este hecho, logró despertar la consciencia del mundo, de que entre sus habitantes, existe la tendencia irrefrenable de tratar de extinguir grupos humanos completos.
Conversé por primera vez con Jürgen, antes de haber conocido a Egon Krenz en el Offenenvollzüg de Berlín, sin tener en la cabeza toda la idea y lo que significaba para los alemanes la guerra, y sobre todo, tras ella, la división de su patria, y la posterior colonización de los capitalistas a los socialistas, con los consiguientes fenómenos sociológicos. Jürgen no sólo me hizo el relato del principio de la historia que he referido, también hizo una clara y sabia observación:
- La raza aria, o alemana propiamente dicha, no existe, no existió, ni existirá. Los arios son en realidad una raza de origen nórdico, una raza indoeuropea, por lo tanto, son híbridos. No todos los alemanes somos rubios, mira a mi esposa Bárbara, parece una andaluza –
Y tenía mucho de razón; ya lo he ventilado en anteriores disquisiciones, la cuestión de ojos azules, pelo rubio, y piel blanca, es un simple factor genético hereditario inherente a los genes de cada individuo. En esencia, es científicamente imposible, creer, o pensar que existe una raza determinada que sea pura. Lo he discurrido anteriormente, y cuando conversaba con Jürgen se lo comenté: las razas puras deben ser exclusivamente endogámicas, y, se remiten a lugares remotos y aislados del mundo, posiblemente en las tribus que sobreviven en la jungla del amazonas. Regresando a la conversación, Jürgen coincidió conmigo e hizo una importante observación:
- Tratar de juzgar y entender a Hitler, y a todos sus secuaces, en un plano psicológico, sería como juzgar a Francisco Pizarro y a todos los conquistadores, o hacer lo propio con Hernán Cortés y sus allegados, explicaciones sobre matanzas, penden muchas en la historia universal –
Y tenía razón. Eso no es todo, vamos avanzando en el tiempo, y hay tanto genocida en el mundo, que tendríamos que poner a todos en el banquillo de los acusados: comenzamos por los genocidas tradicionales, los convencionales, los accidentales, los buenomalos, los resultantes, los vengativos y terminamos con los defensores de los esquemas capitalistas que propugnan el genocidio enmascarado de las castas inferiores que alimentan sus sistemas.
- Los genocidas viven entre nosotros – me explicaba Jürgen con el rostro ensombrecido
Estaba totalmente de acuerdo. No hay que ir muy lejos para comprobar que no se respetan los derechos, ni las constituciones, ni la declaración Universal de Derechos Humanos, de eso, ahora que levantó la historia de la neblina de los recuerdos, y la transcribo donde la transcribo, más convencido me encuentro de la aporía abierta en la práctica del derecho en los países latinoamericanos. Hitler fue un genocida y exterminó a cuatro millones de judíos, de eso no hay duda. ¿ Y qué pasa con el genocidio de palestinos en manos de judíos? Con los genocidios de los que han sido objeto los Kurdos por parte de los turcos, y los Tutsis y Utus, y los genocidios de los originarios argentinos, y el genocidio al que se condena a países africanos en manos de sus dictadores vendidos a la corrupción capitalista. Un genocidio quiere decir exterminio, por raza, religión o política: simplemente, aburriéndolos con la disquisición acerca de lo que se discurre en este preámbulo, el abandono de un grupo humano por su carácter racial, o la exclusión de pobres por factores económicos y raciales, obedece a un verdadero factor político, una xenofobia discreta que ha sido aguzada a través de los siglos por las mismas sociedades y sus estados, los genocidios abundan y son practicados en la misma actualidad. Es verdad, Jürguen tenía razón.
Caminábamos por el campo en Oranienburg, cerca de Berlín. El frío de aquella mañana era intenso, la bruma se iba enroscando entre los árboles, uno que otro cuervo graznaba aislado en la copa de los pinos que se hallan diseminados allí, andábamos a paso firme, tranquilos, y todo el entorno estaba perfectamente en orden, limpio, como todo lo que sucede en Alemania. Me indicó precisamente, el lugar por donde entraron las tropas rusas, donde estacionaron los primeros cohetes katuzka, y donde hubo cruentas luchas. Imaginé de inmediato los camiones estacionados en el fragor de la guerra, lanzando los cohetes uno tras otro, éstos, surcando el cielo centelleantes, para hacer blanco en la exangüe línea de defensa alemana y sobre los ya derruidos edificios berlineses.
- Previo
- Siguiente >>
Una idea en acción.

/ 12