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El Sin Vida

Escrito por Samuel Paiva. Posted in Cuentos

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Carlito Nieva, ese era mi nombre mundano cuando aun vivía. Un simple parlanchín y bufón inmerso en la bazofia social de una ciudad putrefacta desde su fundación. Mi cuerpo: una bella figura de esbelta postura; 1,80 de altura; contextura delgada, de brazos y piernas largas; morocho de tez blanca; ojos marrones claros medio achinados, que cambian de tono según el clima, por ej.: los días nublados se tornaban un amarillo ámbar. Que puedo decir de mi ciudad? como ya lo dije, una basura. «Perico», ciudad con esplendida ubicación para realizar negocios, mejor dicho, fue levantada apropósito en ese punto estratégico para ser una ciudad comercial. ¡Pero quien pensaría que ese sería el peor error que cometeríamos los humanos! Bueno, a mi parecer… pues se destruyeron bosques enteros, cantidad de fauna y flora arrancada sin discriminación, solo para nuestro goce, solo para sentirnos hechos como humanos destructores que somos. Teníamos que pagar por nuestra gran estupidez y por nuestra imprudente arrogancia, cosas que no tienen límites en nosotros.
Me pregunto cuántos seremos los "sin vida" que deambulamos en esta realidad gris.
Voy a contar que fue lo que sucedió, antes de que muera «de verdad» y me convierta en tofu.
El 9 de Agosto del 2012, un aparente día hermoso nacía tras una fresca noche estrellada. Todas las personas “sosas” comenzaban su rutinaria vida aburrida, y yo era una de ellas. Me levante a las 8 y 30, como todas las mañanas, y puse el agua a hervir para mi primera dosis de café diaria. Luego de alistarme, corrí a tomar el colectivo urbano que me dejaba a cuadra y media del pequeño negocio que atendía: de mi pequeño emprendimiento de venta de artesanías, las que yo mismo realizaba. Recién abría la puerta de mi puesto en el "paseo de los artesanos" cuando recibí la llamada de Lucia, mi amiga de años. Con voz inquieta me pregunto si estaba viendo las noticias, pero antes de que le respondiera, pues ya sabia lo que le diría, siguió hablando.
-todos los chicos del secundario agrotecnico fueron hospitalizados –dijo de un solo tirón de aire.
Luego me entere por los comentarios de la gente que pasaba por mi negocio, que en otras escuelas había pasado lo mismo y hasta se rumoreaba que algunos chicos habían muerto.
A media mañana estallo el caos. Desde donde me encontraba podía ver a las personas correr de aquí para allá, los autos pasar a gran velocidad, y ya había contado el paso de 17 ambulancias con las sirenas encendidas. Por mi parte no estaba alarmado pero si un poco inquieto, en realidad no tenía conocido menor de edad por el cual preocuparme, había escuchado que ellos eran los afectados.
el tiempo pasaba y los noticieros explotaban de casos de chicos en esta situación, confirmando docenas de muertes. Todos los medios periodísticos de la nación, y del mundo, apuntaban a esta pequeña ciudad y a este extraño suceso catastrófico. Profesionales de todas partes llegaban en helicópteros con trajes parecidos a los de los astronautas, decían que venían para descifrar lo que estaba sucediendo. Las salidas de la ciudad estaban bloqueadas por el ejercito, así que nadie podía salir ni entrar a Perico sin una autorización. Los periqueños estábamos en cuarentena.
Malditas pesadillas. Mis noches fueron terribles. La soledad que estoy viviendo me esta "matando", que estúpida ironía.
A la semana de aquel primer brote, la epidemia continuó con la gente adulta, todos estaban siendo afectados. Todos los jóvenes habían fallecidos. La ciudad era un caos; bancos, supermercados, todo negocio era saqueado. Nadie intervenía, no, no había nadie que quisiera entrar a la ciudad “podrida”. Nadie se quería contagiar. Yo supongo que habrán pensado en destruir la ciudad, pero la epidemia se les adelanto. ¿Por qué no nos tiraron una bomba? Yo que ellos lo hubiera hecho. No paso mucho para que en Perico no quedara nadie vivo, bah, excepto yo. Al mes se había diseminado por todo el mundo.
Lo que se decía en la Web era que esta epidemia se trataba de virus proveniente de los vegetales. No se encontraba explicación a su origen, solo se sabía que por más que uno intentara protegerse para no contagiarse era simplemente inútil. Todo el mundo estaba infectado con tan solo haber tenido contacto alguna vez con cualquier tipo de planta en su vida, así que nadie estaba libre de aquel virus.
"LA MUERTE VERDE" así se la llamaba. Se fallecía a las horas de los primeros síntomas: un intenso dolor muscular junto a un apestoso hedor corporal. Se le decía muerte VERDE por que el cadáver no tardaba nada en descomponerse recubriéndose de algún tipo de moho verde, expidiendo un olor nauseabundo en el proceso, hasta que se consumía en sí mismo dejando una mancha verde en el sitio que se encontraba, de cual no tardaba en crecer plantas normales.
Unos meses después ya no había nadie vivo. Solo yo... Me pregunte muchísimas veces el porqué de esto. ¿Cuál sería la causa del por qué no morí junto con todos? Me invadía la tristeza al recordar a Lucia quien también había fallecido, era la única persona a quien quería, pues no tengo familia, al menos que yo conociera. Viví con mi padre hasta que este murió en un accidente en el trabajo cuando yo era adolecente. Era su único hijo y nunca me había hablado de mi madre, ni de su familia.
Muchas veces irrumpió en mí la idea del suicidio. Pero no era lógico, porque pensándolo bien, aunque no tenía propósito una vez que sucedió todo, antes de que sucediera tampoco lo tenía. Solo era una circunstancia distinta de vida.
Se hablaba mucho del fin del mundo para esa fecha. Había novelas, películas, de todo, siempre intentando hablar de cómo seria. Me molestaba saber que no había algo que digiera como se vivía después de algo así, por lo menos de esa manera podría haber tenido un referente. No me dejaron instrucciones. Solo sabia que debía encontrar una mujer que también haya sobrevivido con la cual reproducirme y repoblar el mundo, «no era una mala idea». Rogaba que fuera hermosa, era la única forma de conseguir una sin que me rechazara. Lamentaba mucho no haberme enamorado, muchas chicas me habían gustado mientras "vivía".
Hubiera querido ser famoso también, pero esa es otra historia...
Vivía tranquilo. Tenía bastante alimento para mucho tiempo, la gente había dejado cosas agradables. El hedor y los restos de los cuerpos ya habían desparecido. Las plantas crecían por todos lados muy rápidamente, las veía como seres vivos inteligentes a las cuales respetaba como conquistadoras del mundo. Los perros corrían en jaurías libremente por la ciudad, se habían vuelto salvajes. Aunque se ponían muy contentos al encontrarse con el único humano vivo. Reconocían mi superioridad intelectual.
Me nombre Lazarou, como aquel personaje bíblico que volvió de la muerte.
Empecé querer "vivir", aunque nunca sería igual a la vida que antes llevaba. Tenía sueños de mi pasado los cuales cumplir, y podría usar todo los recursos de mí alrededor para lograrlos.
Viajaba en el vehículo que más gustaba, los que iba encontrando en mi camino. Llevaba conmigo un pequeño acoplado lleno de alimentos, herramientas, armas y bidones de combustible.
Mi primer sueño: conducir un Ferrari a máxima velocidad y estrellarlo contra algún otro vehículo, como preferencia otra Ferrari.
Me puse el traje de seguridad con los que se corría en motocrós. Estacione un Mercedes Benz en medio de la pista del circuito de velocidad del autódromo de Buenos Aires. Conduje un Ferrari 599 GTB Fior durante varias vueltas hasta llegar a la velocidad de 210km por hora. Direccione el auto hacia el Mercedes, apreté a fondo el acelerador y abroche mi cinturón de seguridad. El impacto fue duro. El auto voló muchos metros por el aire. Apenas pude arrastrarme unos cuantos metros del Ferrari antes de que explotara en una gran bola de fuego que ascendió en forma de hongo. No creí que sería tan doloroso. Podría haber muerto, pero parece que aún no era mi tiempo. Esa noche dormí en el asfalto de la pista. No pude moverme debido a los golpes.
Un sueño más: matar a un humano. Esto vino solo a mí. Durante mi estadía en la ciudad de Buenos Aires, me encontré con un tipo sentado en un banco en la plaza San Martin, un "sin vida" tal como yo. Sabía que no podía ser el único vivo en todo el mundo, aunque ya me había desanimado en gran manera el viaje desde Jujuy hasta la capital Argentina, pues no había encontrado ni un rastro de vida humana.
Cuando me encontré con aquel hombre, este salto del susto al verme. Era un pobre linyera que parecía estar enfermo. No entendía como no había aprovechado de las cosas de alrededor, por lo menos para tomar un baño en algún hotel 5 estrellas de la ciudad. Me comento con su tosca voz que no creía que hubiera otra persona más que él. Aunque no era tan mayor en edad, se notaba lo difícil que había sido su vida por lo arruinado que estaba. Conocía el hedor que estaba despidiendo el viejo. Lo que me confirmo enseguida.
-estoy enfermo amigo. Ya sé que pronto voy a morir -decía con esa tosca voz muy particular- Ya no puedo ni levantarme por el dolor que estoy viviendo. Mátame amigo, acaba con mi sufrimiento por favor –me pidió mientras las lagrimas le resbalaban por los ojos.
Dude, no sabía qué hacer. Volví hasta mi vehículo, tome una Beretta Taurus 9 mm y vacié el cargador en el cuerpo que aquel hombre.
He vivido 18 años en esta soledad. Recorrí casi el mundo entero en mi Boeing 747 “privado”, aunque me costó, aprendí a pilotearlo. Cumplí todos mis sueños: Use de baño lugares que solían ser públicos como: RynekGlowny, Cracovia, Polonia - Plaza Hidalgo, Ciudad de México, México - Piazza Navona, Roma, Italia - Piazza del Campo, Siena, Italia - PiccadillyCircus, Trafalgar Square, Covent - Gardens and LeicesterSquare, Londres - Hotel de Ville, París, Francia - Old Town Square, Praga, República Checa - Plaza de la Constitución, Oaxaca, México - Plaza Santa Ana, Madrid, España - Plaza de Armas, Cuzco, Peru. Etc. Y tuve el privilegio de orinar desde lugares como: la torre de la perla oriental en Shanghai. El Golden Gate, un puente en la bahía de San Francisco. Desde la Tour Eiffel. El Salto del Ángel. La catedral de Ulm en Alemania. Un gran edificio en Dubái. Etc.
Pero hoy por la mañana desperté sintiéndo aquel "perfume de la muerte". No sé cuánto tiempo de vida pueda quedarme, pero saber que todo esto se va a acabar me tranquiliza de alguna manera, ósea, tranquiliza mi espíritu de supervivencia que no desea morir. La soledad es cruel conmigo. Quisiera que por «soledad» me refiriera al nombre de una chica que me acompañara, pero no es así, de veras que estoy muy solo. No lo sé, saber que tan pronto muera me convertiré en una planta, me causa un poco de rechazo, es lo que más estoy lamentando, no lo quiero. Yo creo que en Perico las enojamos, me gustaría hablar idioma planta y llegar a un acuerdo, si es necesario pedirles perdón. Las he estado comiendo muy a menudo, tal vez ese sea el problema.
Las ciudades están cubiertas de vegetación, ya todo parece la selva. Me han estado preocupando los animales salvajes, los hay por todas partes.
Soy el ultimo, si, el ultimo rastro de la humanidad que queda, el ultimo ente inteligente. Pero antes de morir, eso es lo que creo que me sucederá, quiero contar algo de mi vida. Para que se sepa que aunque sea me pasó algo interesante alguna vez:
Se llamaba Fiorenza. La amaba, sí, realmente la amaba. Era preciosa, perfecta y me llevaba a todos lados. Mi bici para mí fue única, vivimos tantas aventuras que sufrí en demasía cuando tuve que dejarla porque me quedaba chica. Allá por el año 2000, cuando contaba con 9 años, conocí a Georgina, una muchachita de mi edad, muy alegre e impulsiva. Vino al barrio para pasar aquellas vacaciones ese verano.
El dolor en mi cuerpo se está haciendo más intenso...
Jugábamos todos los días juntos, le encantaba que la llevara en mi bici a dar vueltas por la ciudad. Esa tarde-noche nos habíamos peleado, porque ella hizo caer mi bici y yo reaccione pegándole, ella lloro recuerdo, fue cuando vimos caer un meteorito grande. Tenía una cola verde, la que quedo marcada por una franja de humo. Pedalee por más de 20 minutos a toda velocidad, llevando a Georgi conmigo, para llegar al sitio donde había caído aquello, que quedaba bastante lejos de casa. Supongo que nadie más de la ciudad lo vio, porque fuimos los únicos que nos llegamos hasta allí. A un costado del camino de tierra que pasa por detrás de la escuela agrotecnica, un camino rodeado de vegetación por el que no pasa nadie, encontramos un cráter de unos 30 cm de ancho y casi 10 cm de profundo que humeaba. En el medio de aquellas rocas calientes había una pequeña manchita verde. Juramos «con el dedo meñique» que ese sería nuestro secreto y no se lo contaríamos a nadie.
Volvimos todos los días a regar y cuidar la plantita que creció en medio de aquel hueco...

FIN

 

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