Amores y libros virtuales

Estaba ordenando algunos trabajos y halle un cuento muy corto que es muy significativo, lo escribí hace 15 años en Berlín, cuando aprendí a usar los mails y el Internet, y pensaba que aparecerían libros virtuales, lo he formateado y creo que les va a gustar, si bien enterró personas, fallo en algo: lo virtual es un milagro de comunicación.
Amores, un cartero y los libros virtuales
Aureliano von Briefe, hombre de huesos duros y pies de tractor, trabajaba desde tiempos inmemorables como cartero. Su labor lo había convertido en un psicólogo suspicaz y conocedor de los sentimientos de la gente; le bastaba escrutar la expresión facial y la densidad de las miradas para reconocer de inmediato lo que bullía en el laberinto sentimental de cada persona a la que le entregaba una carta en mano. Gozaba con la alegría de las enamoradas esperando la carta con el perfume del amado; o la felicidad comprimida y susurrante de los ancianos pendientes al cheque de la pensión; como también el júbilo de los desempleados que aguardaban impacientes y temerosos la oferta de trabajo aceptada, que, los sacaría de los dormitares prolongados, y Aureliano vivía todo ello
Los años habían pasado a la velocidad de los fórmula 1. Las multitudes se encontraban atrapadas en una mutación impertinente e indescifrable, que como es lógico, el viejo Aureliano no entendía, y esta situación irracional, le irritaba. En el verano, como traídos por vientos plastificados, aparecían en determinados días, millones de jóvenes plagados de movimientos epilépticos y cuidadosamente vestidos con plumas de pájaros químicos que se encontraban vivos, en pegatinas brillantes que coleccionaban los infantes prematuros; algunos de estos jóvenes iban acompañados de una parafernalia incongruente que confundían al viejo cartero. Y así, la caterva de adolecentes, para él, circulaba de la noche a la mañana por las calles como la cálida familia de un circo indecente; el hecho final, era que se contorsionaban al ritmo de una música que distaba años luz de los tímpanos de Aureliano. Y él, siempre observaba este desarrollo estrambótico, atrapado entre la diversión irritada y la perplejidad. El cartero, con bolsa de cuero de vaca que murió sin locura alguna, uniforme gris inmaculado y de brillante desgaste, caminaba a paso lento portando la correspondencia epistolar a los ciudadanos. Los raudos cambios de rutina y el acelere artificial de la ciudad lo obligaba muchas veces a desviar su camino para evitar las multitudes congregadas en las convocatorias fiesteras de la calle.
Aureliano, tras su jornada diaria, carajeando a gusto y disgusto, regresaba a casa y caía pesado a su sillón verde olvido y luego de servirse una taza de café humeante, ponerse su bata de felpa descolorida y sus pantuflas anacrónicas de hospicio, se acomodaba con mirada taciturna a ver los programas de la tele; y en su observación televisiva, terminaba sacudiendo la cabeza como lo hacen los viejos cuando el desacuerdo los embarga.
Aureliano medio acabado, solo, un día de sol sepulcral, mientras que recogía cuatro cartas que debería llevar a cada extremo de la ciudad, sintió una presencia conocida, el hálito avinagrado del jefe; éste, se le acercó y le comunicó con mirada sombría y voz de disco de vinilo 45 en 33, que ya nadie compraba estampillas aparte de los filatelistas, y que ante amenazas terroristas de bacterias instaladas en sobres, que vistas al microscopio llevaban turbantes, y gritaban guerra santa, añadiendo el galopante éxito de la correspondencia virtual y cibernética y el puto mundo globalizado, el estado había retirado los presupuestos para mantener el correo - En resumen Aurelito estamos más cagados que palo de gallinero, no pierda el tiempo pateando latas por la ciudad, las cosas han cambiado en el mundo. Regrese a casa, cómprese unas cuantas pizzas de esas que se cocinan con la mirada y la voluntad, unas cajas de jugos de frutas del norte del Perú, una cerveza mexicana hecha en Bruselas, y diviértase con los programas de lucha sin reglas donde se mata la gente por unos cuantos dólares de gringolandia. Créame, en un par de años se dejarán de fabricar sobres, la filatelia reemplazará los anticuarios y las estampillas serán vistas como fósiles de papel, es mejor que dejé el trabajo y pase al retiro, total el gobierno le pasará una pensión lo que le queda de vida... y no se extrañe que en cualquier momento le pidan que pose para que sea reproducido en el museo de cera, las cosas están así mi estimado...- Convencer a los viejos que aman su trabajo que todo ha acabado es difícil por no decir imposible, y Aureliano von Briefe, se resistía a dejar sus dominios callejos - Es lo que me mantiene vivo carajo!, poder compartir alegrías, tristezas, esperanzas y los rostros de las personas que reciben sus cartas..- increpó el viejo enfadado y rojo de rabia. La respuesta: dos palmadas de compadre en el hombro y una sonrisa de compasión.
Lo que más hirió al cartero fue el olvido paulatino al que fue condenado; un olvido perentorio y una palada de tierra sobre su existencia. Finalmente, conformado con su destino, colgó uniforme y bolsa de cuero para dejar el trabajo para siempre.
Helen Büchner era la bibliotecaria de la misma ciudad desde que toda memoria podía indagar. También vieja y sola, acostumbrada al silencio de mausoleo reparador que vestía la biblioteca, se alteraba cada vez que tenía que salir a la calle en metamorfosis. Por años el eco del murmullo de los lectores la mantuvieron viva, las caras de circunspección, de interés, de ansia, llenaron su solitaria existencia; era capaz de leer la sabiduría en los ojos chispeantes de los lectores, o de adivinar qué tema buscaban por la expresión que dibujaban. Y los mismos libros cuyo olor rancio antiguo es fragancia interesante, para ella, eran máquinas maravillosas capaces de guardar existencias y conocimientos indelebles, seres fácilmente almacenables; compañeros trasportables que se dejaban estudiar, criticar y se podía hasta dormir con ellos en la misma cama. Su rutina diaria sintió el desbarajuste, y las ondas sonoras de las fiestas eléctricas terminaron por penetrar irrespetuosas a su sagrado recinto. En una tarde con olores de monasterio, en el silencio de la sala de lecturas, apareció el director de la biblioteca con cara de velorio. Helen limpiaba las mesas desiertas con afán, donde los últimos años, la circunspección y el interés, junto con los lectores, habían desaparecido. De pronto se sobresaltó!, tras ella estaba parada su jefe.- Señora Büchner! Veo que como siempre es usted fiel a su trabajo. Me temo traigo una mala noticia:- dijo el hombre con voz de camión petrolero.- como usted misma ha visto, en los últimos años, la cantidad de usuarios de nuestras instalaciones ha disminuido considerablemente hasta el punto de la esfumación. Los presupuestos del estado, no dan abasto para mantener la biblioteca sino existen ingresos por parte de los lectores. Basta mirar la sala de lecturas para entender el problema. Como usted sabe la vorágine electrónica y virtual obligó al gobierno hace unos años a incursionar en los libros virtuales. Los ingresos en linea a los libros virtuales han registrado más de quince millones de visitantes por mes, imagínese, la gente los lee desde casa, tumbados en la cama comiendo porquerías y sin quitarse el pijama, ya sabe, hay gente que también trabaja desde la cama... Es una real pena, pero le debo informar que la biblioteca nacional, por orden de nuestro ministro de cultura, será convertida en un museo. Yo con tristeza me retiraré a hacer unos cursitos de computación, y es que es la única manera de sobrevivir en el mundo. Le recomiendo retirarse a casa comprase un play station e incursionar en los videojuegos, me han dicho que son pastilla contra el aburrimiento y nueva panacea para los jubilados olvidados. Adquiera también un buen ordenador portátil, o compre uno fijo, consiga pantalla, impresora, ratón, teclado, caja, modem, „actualícelo“ „entre en él“ „baje sus libros preferidos“ y „“busque en la red“, lo más interesante de las novedades literarias. Le repito: entre, baje, imprima, apriete, programe, busque, instale antivirus, actualice y navegue en los libros que más le gusten que estaremos en contacto por e-mails y podremos intercambiar opiniones como en el pasado... puede usted pasar a ser pensionaria del estado y vivir tranquila el resto de su existencia leyendo en casa en la pantalla - Un rictus de odio poseyó el rostro de la bibliotecaria quien descerrajó un rotundo e impensable -. Mierda!- de sus labios pintados de carmín prehistórico. - Cree que me puedo acostar con un ordenador? o se imagina a una persona como yo inmersa en la ludopatía casera de un video juego? Yo me quedó con mis libros.- sentenció Helen para dar media vuelta y salir para siempre del futuro museo.
Un día, de un año, de un siglo, cuando los edificios que no habían sido visitados por aviones aún rascaban las nubes y se codeaban con otros edificios viejos e imponentes que cargaban historias. Un día en que nacían niños que agarraban los dedos de sus padres para soltarlos antes de lo acostumbrado. Un día en que los viejos empezaron a morir de olvido y no de viejos. Aureliano caminaba meditabundo por el parque invadido de palomas cagonas, ratas aladas. Con la sapiencia de cartero, Aureliano divisó a una mujer con una curva de obvia tristeza en la espalda, vieja y elegante, leía un libro, lo cual ya era extraño y rotundamente anacrónico, pues frente a ella, dos muchachos de cabelleras azules leían ordenadores portátiles. Estaba la mujer sentada en una banca. De inmediato el extinto cartero percibió en el aire el mal que aquejaba a la dama: olvido; era con seguridad el mal del olvido que otorgaba la nueva era. Sin rubor alguno, se aproximó a ella y escrutó desvergonzadamente la expresión de su rostro diciendo:- señora, veo que está usted muy triste e insatisfecha con las épocas... – de inmediato, tras ese cutis de tersura lejana y dignamente maquillado Aureliano encontró una cara familiar...- Nos conocemos señora mía?- inquirió Aureliano volviendo a la carga con cortesía arcaica. La mujer leyó de inmediato los ojos del viejo y respondió con aire desértico: no! No creo, la verdad yo no lo he visto en mi vida- Aureliano se sintió triste, como si toda la pena del mundo se empozara en su corazón, pues ese rostro bello, no se le había olvidado jamás, y ahora con los años encima, además de bello tenía un aire enigmático e interesante que se acentuaba con la edad. Era el mismo rostro que algún día lo esperó resplandeciente y lleno de esperanza, lleno de amor esperando una carta. Aureliano antes de irse se armó de valor y dijo a la mujer: -recuerda usted bella señora cuando el mundo era otro y usted recibía y esperaba una carta cada mes, y cuando la tenía en sus manos olía su fragancia; lo recuerda? esas cosas no se olvidan jamás. Siempre portaba el olor de lavanda de su amado. Qué pasó con Usted? por qué ya no salió más a mi encuentro?, por qué?.- La mujer, tratando de fingir, con aire de anciana distraída explicó sin convicción: - Ya sabe nos empezamos a comunicar vía internet, el correo era caro y poco necesario. Y quién es usted señor?- preguntó la mujer pretendiendo indiferencia – Yo? soy su cartero, yo era el que le llevaba las cartas señora, han pasado muchos años, no es cierto?. Lo que no entiendo es por qué decidió dejar el correo?, por internet con seguridad el perfume de su novio debe haber dejado de llegar. La cuestión es que todos dejaron de esperarme. El olvido nos mató, dijo él con aire melancólico, pues si no me equivoco, usted trabajó en el museo de la biblioteca cuando fue biblioteca. Tengo memoria de elefante señora, así que no me diga lo contrario - Helen se encogió de hombros, ocultando toda sorpresa, tomó su libro bajo el brazo, se dio media vuelta y se perdió en la multitud del parque.
La bibliotecaria caminó con pesadumbre recordando a las jóvenes que pedían poemarios y que veía sonreír tímidamente entre las páginas de los libros, esas páginas que despedían el olor de palabras vivas y guardadas en la inmensa biblioteca, de repente, una lágrima escapo de sus ojos.
Al día siguiente, una mañana de cielo azul y diáfano, Helen abrió las ventanas y se llevó una gran sorpresa: en la vereda llegaba el cartero cargando su bolsa de cuero, vestido de uniforme lustroso y con sus viejos zapatos de tractor, se acercó con parsimonia al buzón mientras extraía de la bolsa vacía una carta perfumada, cuando la depositó en el buzón, salió una paloma y voló muy alto, tan alto que desapareció en el cielo. Helen, asombrada salió corriendo, tomó la carta y reconoció de inmediato la caligrafía, la abrió apresurada y temblorosa y leyó el primer párrafo: „ El silencio y el tiempo no son el olvido, son momentos prolongados de amor imposible...“ Helen corrió tras Aureliano y vocifero: -Espere! Espere amigo!. Quién me escribió estas bellas cartas durante tantos años, la verdad nunca lo supe, jamás tuvieron un remitente, usted debe saber quién fue, cómo es que ahora aparece una carta...? Aureliano volviéndose lentamente, disparó una sonrisa complaciente y exclamó: - Yo recogía libros en la biblioteca, y como cartero conozco los secretos, venturas y desventuras de los viejos de esta ciudad, y para mí no había secretos, entonces, ya que estamos condenados al olvido, le contaré quién le escribió todos esos años: fui yo mi señora, y es que hasta en el silencio, viví enamorado de usted...- El cartero se dio media vuelta y acotó: pero no se preocupe, ya tengo su estúpido e-mail y le empezará a llegar una pila de correos electrónicos...eso sí, de perfume, nada!
Ivo Moran Albonico Gasparotto (escrita en Berli cuando aprendí a utilizar Internet hace tiempo….. 15 eneros
Una idea en acción.

