GROCO La especie perdida

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GROCO

LA ESPECIEPERDIDA
Guillermo Jiménez Pavón
15/03/2011
Groco, la especie perdida
Prologo;
La perforación del suelo polar buscando petróleo, puso al descubierto a un miembro de una especie extinguida hacía millones de años. Era una especie pequeña; de unos cuarenta centímetros de altura, diez quilos de peso para los machos adultos y de ocho para las hembras. Estaban cubiertos de pelos color gris y andaban sobre sus extremidades inferiores como los humanos. Parecían pequeños hombrecillos peludos.
Al igual que la raza humana, estaban emparentados con los simios. Estos diminutos seres habían desarrollado inteligencia similar a la que tiene la especie humana conocida y además, tenían un componente sanguíneo que les hacía tener una vida mas larga que la de los humanos. Su esperanza de vida era de unos trecientos años y habían conseguido desarrollar su cerebro en casi su totalidad.
El trozo de hielo con el diminuto animal dentro no fue descongelado por orden del director del complejo petrolífero. Este informó del hallazgo a sus jefes que le dijeron que lo enviaran a Barcelona, que allí lo descongelarían y averiguarían de qué animal se trataba.
Fue metido en un recipiente y cargado en un avión para llevarlo a Barcelona.
La inmensa niebla que había ese día hizo que el avión se estrellara en los pirineos catalanes pereciendo todos sus componentes.
Había caído cerca de la Molina que estaba en plena temporada de esquí. La policía retiró todos los trozos del avión dejando el trozo de hielo con el hombrecillo dentro que había pasado inadvertido.
El trozo de hielo con el diminuto animal dentro había quedado al descubierto y aunque estaba nevado donde cayó, se fue derritiendo lentamente quedando liberado el pequeño cuerpo.
Después de varios días a la intemperie se había despertado de sus millones de años de sueño. Fue buscando calor encontrándolo debajo de un coche que pertenecía a una familia que vivía en una urbanización llamada can Barri, en un pueblo de la provincia de Barcelona llamado Bigas.
La familia la componían cuatro miembros. El padre era un oficial de los mossos de escuadra y se llamaba Ricardo. La madre era medico y se llamaba Sara y dos hijos, un chico de doce años que se llamaba Eric y una chica de ocho llamada Lea.
Eric era rubio y muy inquieto además, era un gran amante de los animales. Lea en cambio era todo lo contrario, más tranquila y le daban miedo los animales.
Su casa estaba en la parte más alta de la urbanización, cerca de los límites del bosque. Eric siempre que tenía tiempo libre solía ir a jugar a un arroyo cercano con su amigo Carlos.
Introducción
— ¿Es posible que hubiera inteligencia similar a la humana hace cinco millones de años?
Nadie lo puede afirmar ni desmentir. Antes esa duda que nos hacemos, he querido traer al mundo actual un ser inteligente de aquella época.
A igual que se ha ido desarrollando a través de los siglos la inteligencia humana, se pudo ir desarrollando la de la especie del personaje que he traído, pero con esos cinco millones de años de diferencia y con los dinosaurios merodeando cerca de ellos.
Y lo mismo que desaparecieron los dinosaurios, pudieron desaparecer ellos.
Capitulo 1
El encuentro con Groco
— ¡Eric! no quiero que comas tanto pastel. Lo deje casi entero y no ha quedado nada más que el plato. – le recriminó su madre.
- Mamá, no lo he probado. Sabes que precisamente el de manzana no es mi preferido.
- Si tú no has sido, ¿quien se lo ha comido?
—Yo solo sé que yo no he sido. Me voy con Carlos
— No os alejéis demasiado. Ya sabes que no me gusta —le advirtió su madre.
—No nos alejaremos mucho, no te preocupes mamá. Tengo que hinchar la rueda de la bici ¿Donde está papá?
— Ha ido a comprar el pan.
— En ese caso buscaré yo la bomba de inflar las ruedas.
Eric comenzó a buscar la bomba por el garaje y estuvo a punto de descubrirlo si al coger la bomba hubiera mirado hacia arriba, seguro que lo habría visto. Estaba encima de unas lonas color beis, que había en una de las estanterías.
—Aquí está – dijo cogiéndola.
El pequeño hombrecillo se dio cuenta de que allí sería descubierto por lo que se ocultó metiéndose entre las viejas lonas.
Eric oyó el leve ruido que hizo al ocultarse e instintivamente miró hacía las lonas.
Mientras inflaba las ruedas de la bicicleta no dejaba de mirar hacía el lugar donde había escuchado el sonido. Esperaba ver lo que lo había producido y al no descubrir nada, desistió y terminó de inflar la rueda.
—Eric, Eric – llamó su madre.
—Si mamá.
—Tengo que salir. Hay una urgencia en el hospital y me han llamado. No te vayas hasta que vuelva tu padre. Ya he hablado con él por teléfono.
La madre sacó el coche del garaje y se fue al hospital.
Eric dejo la bicicleta y penetró en casa donde estaba su hermana viendo la televisión.
— ¿Qué estas viendo Lea?
— A Tom y Jerry. Estos dibujos son de los que más me gustan.
— ¿No tienes que estudiar?
— No y los deberes los termine ayer. Hoy es Domingo y no tengo nada que hacer.
El pequeño hombrecillo los había escuchado hablar y aprovechando que la puerta que comunicaba con el garaje estaba abierta (a Eric se le había olvidado cerrarla), subió a la casa.
Entró en el comedor y viendo que los dos niños estaban distraídos viendo la tele, dio un salto subiéndose a un mueble que tenía muchos libros. Se coló por detrás de los libros y se puso a mirar la televisión.
Llevaba un día en la casa y su tremenda inteligencia ya había absorbido lo que una persona normal necesitaba tres meses para aprenderlo. Escuchaba al gato y al ratón con sus típicas peleas e imitaba sus palabras con una buena pronunciación.
— ¿Has oído eso Eric? —dijo Lea girando la cabeza.
— Sí, me parecido oír el eco de lo que dicen Ton y Jerry –respondió Eric girando también su cabeza —. Cuando inflaba la rueda, he oído un ruido, pero he estado vigilando y no he visto nada, miraré a ver si ahora consigo distinguir algo.
Eric estuvo mirando por todas partes. Miraba donde pensaba que podría ocultarse el causante del ruido.
El pequeño hombrecillo permanecía escondido tras los libros. Estos estaban en la parte alta del mueble y aunque Eric miró y toco con las manos los libros que lo protegían, su pequeña alzada evitó descubrirlo.
— ¡No hay nada! –Dijo Eric—. Habrá sido el eco de la tele.
Los dos hermanos siguieron viendo el programa de dibujos animados y el pequeño hombrecillo, desde su privilegiado sitio, miraba con mucha atención las disputas de los dos protagonistas.
La puerta de la casa se abrió de golpe y apareció el padre de los niños. Un hombre de unos cuarenta años de edad, rubio y bien parecido que portaba una bolsa de pan en una mano y en la otra, una bolsa con varias cosas. Que dejó al lado de la puerta.
—Hola papá. Mama se ha tenido que marchar —Saludo la niña corriendo hacia él.
—Ya lo se Lea, me llamó al móvil antes de irse –le respondió este cogiéndola en brazos y le dándole un beso.
Eric se acercó a su padre y le dio un abrazo. El padre con sus dos hijos abrazados se sentía el hombre más feliz de la tierra.
— Papá, la rueda de la bicicleta pierde aire.
— Mañana la llevaré para que le pongan una cámara nueva ¿la vas a utilizar ahora?
— Sí, he quedado con Carlos.
— La inflaré.
—Ya la he hinchado yo papá.
— Muy bien Eric, así me gusta – le indicó sin bajar a Lea del cuello
y le acarició el rubio pelo.
El pequeño hombrecillo estaba viendo la sensible escena y envuelto en lejanos y queridos recuerdos, vertía sufridas lágrimas por aquellos vivos y expresivos ojos.
El timbre de la puerta sonó.
— Debe ser Carlos –Dijo Eric—. Me marcho papá.
— No os alejéis mucho.
— Vale papa. Adiós Lea.
— Adiós Eric.
Los dos amigos cogieron sus bicis y se marcharon al arroyo, su sitio de juego preferido.
— Carlos, no sabes lo bien que lo pasamos en la nieve. Estaba a tope de gente.
— Me hubiera gustado ir, pero mis madres no podían, ya sabes que mi abuelo no está muy bien.
— ¿No ha mejorado?
— No. Mi abuela lo está pasando muy mal, está casi todo el día en el hospital con él.
— ¿Se va morir?
— No sé, pero como está tan mal.
— Como no podemos coger ranas, que te parece si practicamos con el tirachinas – dijo Eric.
— vale.
Los dos amigos llegaron a su lugar preferido y dejaron las bicicletas al lado del tronco de un pino próximo a la poza más grande del arroyo. Era un día soleado del mes de febrero y aunque no hacía frío, el suelo estaba muy tierno para andar por él.
Viendo que era imposible acceder al reguero por el sitio que siempre solían hacerlo, colocaron unas piedras en el camino y comenzaron el perfeccionamiento de la puntería con los tirachinas.
Estuvieron un buen rato tirando con pequeñas piedras a la diana que habían montado y luego vagaron por la zona un rato hasta que llegó la hora de marcharse para casa.
Cuando Eric llegó a casa, su madre estaba poniendo la mesa mientras su padre que era un excelente cocinero, daba el último toque a la comida que había preparado. La mayoría de las veces y sobre todo los fines de semana, él era el que cocinaba. Siempre solía decir que de no haber sido policía, hubiera sido cocinero, era su gran hobby.
El pequeño hombrecillo aun seguía detrás de los libros y con mucha hambre en su pequeño cuerpo, contemplaba con mucha pasividad y añoranza a los comensales.
Tras la comida, la familia se emperifolló y se fueron a visitar a los padres de Ricardo.
Cuando todos se marcharon, el pequeño hombrecillo salió de su escondiste y se dirigió a la cocina en busca de alimentos. Iba oliendo, buscando algo que llevarse a la boca. Cogió un plátano maduro que había en un amplio frutero. Nunca antes había comido plátanos. Le gustaban las cosas dulces y eso era lo más dulce que había en el frutero. Luego vio un recipiente con arroz con leche que había sobrado y se comió un poco. Con lo que le gustaba el dulce, se lo hubiera comido todo, pero sabía que si lo hacía sería descubierto por eso, solo se comió una parte. Cuando estuvo saciado, limpio todo lo que había manchado, incluida la cáscara del plátano y lo echo todo en el cubo de la basura que tenía la misma altura que él. Luego estuvo merodeando por toda la casa haciendo mucho hincapié con las fotos que había en la parte baja del muble del comedor y que él ya conocía de cuando estuvo escondido. Las fotos las iba tocando con mucha suavidad y extrañeza sabiendo que eran las imágenes de la familia de la casa. Había también fotos de los cuatro abuelos y cuando los miraba, hacía un movimiento de cabeza distinto al que hacía cuando miraba a los de la familia que ya conocía a la vez que movía un poco la nariz.
Entró en el cuarto de Eric y miraba con mucha curiosidad los juegos y sobre todo los libros que tenía encima de su escritorio. Abrió uno de ellos y al ver los signos de la escritura, enseguida lo relacionó con la enseñanza. Reflejaba en su cara nostalgia al recordar algo similar de su lejano, en el tiempo, mundo. Cerró los expresivos ojos y como viajando en el espacio, se quedo dormido junto al libro. Fue despertado de aquel maravilloso sueño, por el ruido de Eric y su hermana que subían corriendo por las escaleras.
El pequeño hombrecillo pego un salto y se escondió encima del armario que tenía bastante polvo y al caer se levantó un poco haciendo que este estuviera a punto de estornudar.
Los padres estuvieron preparando la cena y la madre tenía pensado poner de postre el arroz con leche. Destapó el recipiente que había dejado enfriando. Se sorprendió, al ver tampoco arroz en la cazuela.
— Creí que había quedado más arroz — murmuró.
— ¿Qué has dicho? – le preguntó su marido que la había escuchado mormurar
— Nada, son cosas mías, no te preocupes cariño.
Habían terminado de preparar la cena y la madre llamó a sus hijos que bajaron enseguida. Después de lavarse las manos, se sentaron a la mesa de la cocina para disfrutar de la comida que habían preparado. Mientras tanto el pequeño hombrecillo había bajado del armario y miraba de cerca una consola que Eric había estado manejando desde que llegó. Sentía curiosidad por aquel artefacto que había estado viendo desde lo alto del armario y quería verlo de cerca. Lo estuvo manoseando y sin querer, la puso en marcha. El movimiento de los marcianitos comenzó al momento. El pequeño hombrecillo se asustó y dio un tremendo salto alejándose de la consola. Después de haber estado unos segundos inmóvil, se fue acercando muy lentamente a la consola y con temor, la estuvo tocando de nuevo, pero ahora lo hacía con las puntas de los dedos.
Habían terminado de cenar y Eric volvía a su habitación. Era un Niño muy alegre y subía las escaleras silbando.
Cuando entró en la habitación y vio la consola en marcha, se extraño de que estuviera encendida, pero dudo si la había dejado apagada ó no y no le dio más importancia al asunto.
El pequeño hombrecillo al sentir que llegaba Eric se había metido debajo de la cama. No le había gustado mucho lo del polvo del armario y se había buscado otro sitio más limpio.
Eric estuvo un rato con la consola y se fue enseguida a la cama. Era domingo y los lunes son los peores días que hay para los que se tienen levantar temprano.
El pequeño hombrecillo al sentir que Eric se había quedado dormido, salió del escondiste y subiéndose de un salto al escritorio, contemplaba con mucha ternura al chico que dormía placidamente. Observó que la puerta lentamente se estaba abriendo. Se bajo y se metió debajo del escritorio. La madre con mucha suavidad para no despertar al niño entró en la habitación y se acercó a la cama para arroparlo. Con mucho cariño lo estuvo tapando y luego le dio un beso y le deseó buenas noches.
El pequeño hombrecillo era tremendamente rápido y gracias a la rapidez que poseía, no había sido sorprendido hasta el momento. Se emocionó viendo a la madre arropar con tanto cariño a su hijo.
La madre siempre solía dejar un poco abierta la puerta de la habitación y el pequeño hombrecillo lo aprovechó para merodear por la casa. Entró en la habitación de Lea que dormía placidamente abrazada a un osito de peluche y al verlo, el pequeño hombrecillo movió la cabeza y la nariz, luego se subió encima de la cama para comprobar que era aquello. Murmuraba algunas palabras intangibles y volvía a mover la cabeza y la nariz. Luego se bajo y se fue al pasillo. Cuando pasaba por delante de la habitación de los padres, sintió ruido y se fue acercando muy poco a poco. La puerta estaba como la de los hijos un poco abierta y se introdujo dentro de la habitación para averiguar el origen del ruido. Los padres estaban haciendo el amor y al pequeño hombrecillo le vinieron a la cabeza recuerdos de su pareja. Este contemplaba el emparejamiento y sus lágrimas lentamente fueron afloraron.
Cuando terminaron, el pequeño hombrecillo salió de la habitación. La madre encendió la luz.
— ¿Te pasa algo cariño? –le preguntó Ricardo.
— Me ha parecido oír algo – le contestó incorporándose y sentándose en la cama.
—Voy a ver a los niños –dijo Ricardo y poniéndose los pantalones del pijama salió a ver a sus hijos.
—Están bien. duérmete cariño que es muy tarde y por la mañana cuesta mucho madrugar – le dijo Ricardo a su esposa cuando regresó de ver a sus hijos y tras ello le dio un beso – buenas noches cariño.
—Buenas noches cariño – respondió la esposa arropándose. Le devolvió el beso a su marido y se quedó dormida.
El pequeño hombrecillo después de dar una vuelta por la casa se fue a la habitación de Eric, cogió un cojín que había en la silla y se echo a dormir debajo de la cama.
Serían las ocho de la mañana cuando la madre de Eric abría la puerta de la habitación y le decía con mucho cariño que ya era la hora. Luego subía la persiana de la habitación.
–Ahora me levanto mamá. – le dijo aún medio dormido
El pequeño hombrecillo se había despertado también y miraba los pies de Eric que los había puesto en el suelo. Este se quedó sentado en la cama unos segundos refregándose los ojos y bostezando.
—Eric, que llegarás tarde — insistió la madre sabiendo que sino no espabilaría.
Eric se levantó y se metió en el baño.
El pequeño hombrecillo cogió el cojín y lo devolvió a la silla. Sintió pasos y se volvió a meter debajo de la cama. Era la madre de Eric, que le llevaba ropa limpia.
—Dúchate y te pones la ropa que te he dejado encima de la silla –le dijo la madre, mientras le hacía la cama —. No tardes mucho que es tarde.
El pequeño hombrecillo permanecía inmóvil, mientras la madre hacía la cama.
Eric se puso la ropa que le había dejado la madre y después de peinarse, salió de la habitación y se fue a la cocina.
—Buenos días –dijo al llegar dándole un beso a su padre que estaba con el uniforme de mosso de escuadra.
Un minuto más tarde bajaba su hermana y su madre.
Después de desayunar, el padre los llevó al colegio y la madre recogió un poco la cocina y se fue al hospital.
Media hora más tarde abría la puerta Luisa, la sirvienta. Venía de lunes a viernes y hacía cuatro horas limpiando la casa y también les preparaba algo de cena. Era una mujer de Ecuador, de unos cuarenta años de edad un poco metida en carnes y no muy alta.
El pequeño hombrecillo estaba en la cocina comiéndose un plátano cuando sintió a la ecuatoriana abrir. Se asomó a la puerta de la cocina y vio a Luisa como se quitaba el abrigo y lo colgaba en una percha que había en el recibidor. Esta se metió en un cuarto de limpieza que había cerca de la cocina y un minuto más tarde salía con una bata puesta y dos cubos en la mano. En uno llevaba metidos varios utensilios de limpieza y en el otro la fregona.
Luisa subió las escaleras, los dejo los dos cubos en el pasillo y comenzó su tarea.
El pequeño hombrecillo estuvo viendo como Luisa subía las escaleras y una vez había llegado arriba, se terminó de comer el plátano. Luego abandonó la cocina y se fue a la parte de arriba. Luisa llevaba unos auriculares puestos y debía ser música movida la que estaba escuchando por que mientras limpiaba, iba haciendo algunos pasos de baile en un tono muy alegre.
El pequeño hombrecillo la estaba viendo e imitaba los pasos de baile que estaba dando en un estado más alegre.
Luisa había sentido como si alguien la estuviera mirando y se giró de golpe. Le faltó un pelo para descubrirlo, pero como siempre, su gran rapidez evito que lo viera.
Cuando Luisa terminó con la parte de arriba, cogió todo el material que había subido y descendió a la parte de abajo.
El pequeño hombrecillo entró en la habitación de Eric y se subió en el escritorio y estuvo ojeando varios libros que había. Quería entender los signos y para eso, le fue muy bien uno que tenía dibujos de cosas con los nombres de las mismas escritos debajo.
El pequeño hombrecillo estuvo descifrando los signos y empezó a pronunciar frases enteras.
— Caballo… oveja… perro… niño… casa… loro…
Iba pronunciando con dificultar, pero completamente entendibles. Lo mejor de todo era que comprendía lo que estaba hablando y eso se le notaba en la expresiva y vivaracha cara.
La criada terminaba su jornada a las dos de la tarde. El sonido que hizo al cerrar la puerta al irse, alertó al pequeño hombrecillo que salió como un rayo de la habitación para averiguar el origen del citado ruido. Desde encima de la mesa de la cocina vio por la ventana como la criada se montaba en su coche y se marchaba.
El pequeño hombrecillo sentía mucha hambre. Le llego el olor de la comida que Luisa había dejado preparada. Se acercó a la cazuela y la destapó. No se pudo contener al ver tan apetitosa comida y la probó. Luego se fue en busca de un plátano que era lo que más le gustaba.
El pequeño hombrecillo, una vez se comió el plátano, se fue otra vez a la habitación de Eric y continúo ojeando libros.
Sobre las cinco y medía de la tarde llegaba Ricardo con sus hijos. Venían con gana de merendar y lo primero que hicieron fue entrar en la cocina.
— También quiero un baso de leche – le dijo Lea a su hermano.
Eric cogió dos tazas echó leche y las metió en el microondas. El padre había subido a su habitación y después de guardar las armas, bajo a la cocina. Cogió una manzana. La lavo bajo el grifo y comenzó a comerla mientras sus dos hijos se bebían la leche.
—Me voy, que tengo muchos deberes – dijo Eric—. ¿Tú tienes muchos?
— Sí, tengo bastantes – le contestó Lea.
Los dos hermanos se subieron a sus respectivas habitaciones para hacer los deberes antes de la cena.
Eric puso su pesada mochila sobre el escritorio y fue sacando los cuadernos que iba utilizar para hacer los deberes. Se sentó en su silla y comenzó a escribir.
Cuando llevaba un rato, escuchó un ruido y giró la cara. Esta vez el pequeño hombrecillo no se había querido esconder y fue visto por Eric. Al verlo se llevó un tremendo susto.
— No asustar, yo quiero ser amigo –dijo el pequeño hombrecillo desde encima de la cama—. No temer, yo amigo.
Eric se fue tranquilizando.
— ¿Quién eres y de dónde vienes? — preguntó algo nervioso
— Me llamo Groco y vengo de muy lejos.
— Groco ¿Me gusta tu nombre?
— Tú, Eric.
— ¿Cómo lo sabes?
— Llevar tres días aquí.
— ¿Tres días?
— No saber nada de hablar y en tres días hacerlo.
— Me quieres decir…que has aprendido en tres días.
— ¡Si! Yo aprender pronto.
— ¿De donde vienes?
— No saber, todo confuso.
— No entiendo lo que me quieres decir.
En ese momento se escuchó la voz del padre llamándoles para que bajaran a cenar.
—Ya hablaremos después, ahora me tengo que marchar.
—Baja, baja amigo – le dijo Groco.
Eric mientras bajaba las escaleras, pensaba que sería bueno que lo supiera su padre y cuando se sentó en la mesa estuvo a punto de contárselo, pero no le quiso decir nada de Groco hasta que lo conociera mejor. Mientras estaban cenando, llegó su madre del hospital. Dejo el abrigo y el bolso sobre una silla y se fue a la cocina para ver a los suyos que tanto quería. Le dio un beso a cada uno y luego recogió el abrigo y el bolso y subió a su habitación para ponerse cómoda. Minutos más tarde bajó con el pijama puesto y se sentó en la mesa.
—Luisa cada día se está superando – dijo Ricardo, que ya había probado la exquisita cena que les había preparado.
— ¿Cómo te ha ido en el colegio? —Preguntó Sara a Eric
— Muy bien, mama –le contestó.
— ¿Y a mi niña guapa como le ha ido? –le preguntó a Lea dándole un abrazo seguido de un par de besos.
— Muy bien mamá.
Terminaron de cenar y los dos niños se fueron a la cama mientras tanto, los padres recogieron los platos y los metieron en el lavavajillas. Luego se fueron al comedor para relajarse un poco. Ricardo se puso una copa y le sirvió otra a su esposa y sentados en el sofá veían la televisión placidamente.
Capitulo 2
Groco espanta a los cacos.
Eric le dio las buenas noches a su hermana y se metió en su habitación. Buscaba con la mirada a Groco que salió de debajo de la cama y se subió de un salto al escritorio.
— ¿Has comido? –le preguntó Eric.
—siii, comer un plátano hace tiempo.
— ¿Te gustan los plátanos?
—siiiiii
— ¿Espera aquí que te traeré alguno?
Eric bajo las escaleras sin hacer ruido para que sus padres no lo oyeran y subió un racimo con los tres últimos plátanos.
— ¿Toma? –Dijo Eric.
Groco cogió el racimo de plátanos separó uno y empezó a comerlo.
— Estar buenos.
— ¿De donde dices que vienes?
— cabeza no entender. Yo estar con Soca, mucho frío. No recordar más
— ¿Quien es Soca?
Groco puso en su cara una tierna expresión y luego le fueron saliendo lagrimas de sus ojos.
— Es tu novia.
— Sí – respondió moviendo la cabeza y la nariz.
— ¿Dónde está?
Groco hizo una expresión con la cara y los brazos, que fue muy entendible para Eric.
— ¿No lo sabes?
Groco movió la cabeza y la nariz expresando que no sabía nada de donde podía estar Soca.
—Seremos amigos y te ayudare a encontrarla.
— Eric y Groco amigos –Dijo tocándose con la palma de la mano el corazón.
— Tengo sueño Groco.
— Yo dormir –respondió cogiendo el cojín.
— ¿Dónde duermes?
—Aquí –señaló debajo de la cama.
—Ahí debajo tendrás frío.
Eric cogió de su armario una toalla de playa y se la ofreció.
Groco se arropó con la toalla y durmió placidamente toda la noche.
Por la mañana y a la hora habitual, su madre lo despertaba.
— Levántate Eric, que se te hará tarde.
— Ya voy mamá, ya me levanto.
Eric se metió en el baño y cuando la madre regresó ya se había duchado.
— ¿Qué te ha pasado hoy guapetón? –le preguntó la madre que estaba haciendo la cama —. Habrá sido el plátano que te has comido.
Eric al oír lo del plátano, miró para debajo de la cama.
— Sí mamá, me entró hambre...
— Otra vez coge otra fruta. Los plátanos no son muy buenos de noche. Vale guapo. Ahí tienes la ropa.
— De acuerdo mamá –respondió Eric metiéndose en el cuarto de baño para vestirse.
Desayunaron y como cada día, el padre los llevó al colegio y su madre se fue un poco más tarde al hospital.
A las diez de la mañana se abría la puerta de la casa y entraba Luisa. No entraba sola, venía acompañada por dos individuos de no muy buena reputación y con no muy buenas intenciones.
Groco había sentido la puerta y pensando que sería la criada, siguió con los libros.
Una vez dentro de la casa y con la alarma desactivada, lo primero que hicieron fue taparle los ojos a Luisa con una capucha negra y luego la amarraron a una silla.
—Si eres buena y no intentas cosas raras, conservaras la vida, ¿te queda claro? – le amenazó el que parecía ser el jefe.
Era un hombre de unos cuarenta años, con barba negra y amplia coleta. El otro era de más o menos de la misma edad, también con el pelo negro, pero mucho más bajo.
Dejaron a Luisa y se encaminaron a la parte de arriba en busca de las habitaciones. Entraron en la de Lea y al ver los dibujos en las paredes, salieron enseguida.
—Esta es de niños. Aquí lo único que puede haber es alguna boñiga –dijo el caco más bajito y que también parecía que era el más tonto de los dos.
—Esta debe ser la de los padres – dijo el otro abriendo la puerta.
Se había equivocado, era la habitación de Eric. Groco al oírlos hablar salto del escritorio y se escondió debajo de la cama
—Te has equivocado jefe. Por la pinta que tiene, también es de niños.
Groco los estaba viendo y por la pinta que tenían, no le gusto nada.
Cuando los cacos abandonaron la habitación, Groco salió detrás de ellos y aprovechándose de su tremenda rapidez, los adelantó.
— jefe, ¿qué ha sido eso?
— ¿El qué? ¡No habrás bebido!
— No jefe. Ahora no bebo. Me he vuelto antialcohólico.
Los cacos abrieron otra puerta y al entrar Groco volvió a pasar muy rápido por delante del más bajito.
— jefe, has visto eso – dijo un tanto mosqueado.
— ¿Él que? ¿Seguro que no has bebido?
— No jefe. Que ya no bebo. Que me he vuelto antialcohólico.
— Abre el saco que aquí hay cosas para llenarlo.
Groco había cogido una pelota y la echo a rodar. Pasó rodando por delante de los cacos. El bajito estaba abriendo el saco y al ver la pelota, con los ojos muy abiertos, le hacía señales al de la coleta con la cabeza. Era tanto el miedo que tenía, que no podía articular palabra.
La pelota fue a para bajo la cama y el coleta no la había visto.
— ¿Qué te pasa? Que tienes los ojos como platos y una cara de tonto que no te aguantas
— La pelota jefe, la pelota – dijo con palabras entrecortadas.
— ¿Qué pelota?
— La pelota jefe, la que hay bajo de la cama.
El coleta miró hacia la cama y al no ver nada le dijo.
— Oye, me estas poniendo nervioso, con tantas tonterías —le espetó al mirar hacia la cama y no ver nada —abre bien el saco que no puedo meter el portátil.
— Okey jefe.
Groco tenía desarrollado el cerebro al noventa por ciento y una de las cosas que podía hacer, era la de mover ó levantar objetos con la mente. Se metió bajo la cama y levantó el saco que estaba sujetando el bajito. Este al ver que el saco se levantaba solo, abría tanto los ojos que parecía se le iban ha salir de las orbitas.
— Jefe… el saco – dijo intentando calmase, pero el miedo era mayor y el saco se movía por sus temblores.
—Ya veo que no vales ni para sujetar el costal.
Groco hizo salir del saco el portátil y lo elevó hasta la barbilla del caco bajito.
— Jefe… el portátil – dijo con un estado de nervios a punto de un colapso.
— ¿Qué pasa con el portátil?
— volaba… jefe, volaba.
— Tú si que vas a volar como te de una patada en culo.
El bajito con los ojos muy abiertos no dejaba de mirar hacia ambos lados de la habitación.
El coleta estaba cogiendo todas la joyas y relojes que iba encontrando en los cajones del tocador y los iba echando al saco.
Groco había visto la cara del bajito y sabía que apretando un poquito más, se derrumbaría y se marcharía.
Lo elevó unos centímetros del suelo y lo movió para los lados. El bajito no lo pudo soportar y soltó el saco.
— Jefe… jefe me voy…que estoy volando.
Al verlo en aquel estado de nervios, se acercó a él e intentó calmarlo.
— ¿Qué te pasa tío? ¿Nunca te he visto así?
— Aquí hay fantasmas jefe…
— Tan grande… ¿los fantasmas no existen? Lo que te pasa es que estas cagado de miedo. Anda coge el saco que ya nos vamos, cagón, que eres un cagón.
El jefe iba salir cuando noto como se elevaba. Al sentir aquello, le empezó a entrar el miedo en el cuerpo.
— Jefe lo veo más alto. Parece que está creciendo.
— Estoy volando – Respondió tan asustado como el bajito.
En ese momento comenzaron a salir las cosas del saco y a volar alrededor de ellos.
—Jefe… Mira –decía el bajito, señalando con el dedo a los objetos volando
— Ya lo veo, ya lo veo, pero no me puedo mover.
— Yo si jefe… y me voy.
En ese momento el jefe puso los pies en el suelo y salieron los dos corriendo de la habitación. Bajaron las escaleras de cuatro escalones en cuatro y abandonaron la casa tan asustados, que todavía estarán corriendo.
Groco estaba muy contento de haber podido ahuyentar a los ladrones. Se acordó de Luisa y fue a donde estaba y la desató. Cuando esta se quitó la capucha de la cara, Groco ya se había ido. Luisa una vez desatada, lo primero que hizo fue salir de la casa y relajarse dentro de su coche. Estuvo unos minutos con la ventanilla bajada haciendo grandes respiraciones y cuando estuvo más serena, llamó a Ricardo y le explicó lo que había pasado.
Minutos más tarde llegaba Ricardo acompañado por varios compañeros. Luisa estaba dentro de su coche y al ver los vehículos de la policía, salió para recibirlos.
— Tranquila Luisa – le dijo Ricardo, al verla tan alterada —. ¿Sabes si están dentro?
— No lo se.
— Quédate aquí –le dijo Ricardo que con la pistola en mano entraba en su casa acompañado por tres policías más.
Ricardo y otro policía fueron subiendo las escaleras con mucha precaución. Los otros dos se habían quedado abajo y comprobaban toda la planta.
Ricardo y el otro policía estuvieron comprobando habitación por habitación hasta que llegaron a la suya, donde pudieron ver los dos sacos de los cacos llenos de cosas. Sin enfundar la pistola, miró el que estaba más lleno y vio todas sus pertenencias.
Groco se había escondido encima del armario de Eric y una vez salieron los policías, estuvo controlando sus pasos para no ser descubierto.
Los cuatro policías siguieron mirando por todos los rincones de la casa y cuando comprobaron que no había nadie, enfundaron sus armas y se reunieron en la parte de abajo.
— Luisa — llamó Ricardo — ya puedes entrar.
— He llamado a Sara, cuando venga que te examine.
— Gracias Ricardo, pero ya estoy bien.
— Te tengo que hacer algunas preguntas ¿te ves con fuerzas para responderlas o te las hago más tarde?
— Estoy bien. Puedes hacerme las preguntas.
— ¿Seguro?
— Sí, estoy bien.
— Cuéntame como ha sucedido.
— Seguramente me estaban esperando por que cuando salí del coche y lo estaba cerrándolo, uno de ellos me dijo que no me girara, que si lo hacía, tendría que matarme y no era lo que quería. Yo al oír aquello me quedé inmóvil y completamente asustada sin saber que hacer por los nervios que me entraron. Me dijeron que entrara en la casa y desactivara la alarma. Cuando entre hice lo que me habían dicho y una vez desactivada la alarma, me taparon la cabeza y me amarraron a una silla. Después de un buen rato, alguien me desató, supongo que sería uno de los ladrones, y salí a la calle a calmarme. Estaba muy asustada y tuve que estar un buen rato relajándome para poderlo llamar. ¿Se han llevado muchas cosas?
— Creo que nada y es muy extraño, por que hay dos sacos en mi habitación con muchas cosas dentro ¿y dices que alguien te ha soltado?
En ese momento llegó Sara. Aparcó su coche cerca de donde estaban hablando Luisa y su marido.
— ¿Cómo te encuentras Luisa? —le preguntó acercándose a ellos
— Bien. He pasado mucho miedo, pero ahora me encuentro bien.
— ¿Podemos entrar?
— Si, hemos estado registrando y no hay nadie.
— Luisa, después de este susto tan tremendo, te puedes tomar el día libre
— dijo Sara dándole unos tranquilizantes.
— No señora, de ninguna manera me puedo ir, tengo que hacer mi trabajo.
—Luisa le repito que debe tomarse el día libre.
—Ya le he dicho que no, que me encuentro bien. Déjeme terminar mi trabajo.
Los policías estuvieron analizando las huellas que había en los sacos. Los ladrones iban con guantes y no dejaron huellas por ningún sitio, Pero no pensaron que iban a tener que dejar los sacos en la casa que iban a robar y en estos, había huellas suyas hasta de los dedos de los pies.
— Sargento ya hemos cogido las huellas de los sacos.
— Muy bien –le contesto Ricardo que tenía la graduación de sargento—. Subamos arriba a ver como lo han dejado los cacos.
Ricardo acompañado por su esposa y la sirvienta, estuvieron viendo los sacos y las cosas que tenían dentro.
— Es muy extraño que hayan dejado el botín –dijo Sara.
— Sí, yo también lo veo muy raro – dijo Luisa.
— Es lo que más me extraña. Que lo hayan dejado todo, incluido sus sacos, con todo tipo de huellas. Creo que algo, o alguien, les han hecho salir de la casa a toda pastilla. Han salido tan deprisa, que no les ha dado tiempo ni de coger los sacos.
— O han podido recibir una llamada y por lo que sea han tenido que salir corriendo.
— Es posible que hayan tenido alguna llamada y hubieran tenido que salir corriendo como tu dices, pero no se, es muy extraño que un ladrón se deje el botín por que haya tenido una llamada.
— Señor Ricardo ¿puedo sacar las cosas del saco?
— Sí, ya está todo comprobado y las pruebas que había que coger, ya las hemos cogido.
Luisa comenzó a sacar cosas del saco y las fue poniendo sobre la cama. Luego y acompañada por Sara, las fueron poniendo todas en su sitio.
Ricardo se había marchado a la comisaría y había dejado a dos compañeros vigilando la casa por si los cacos volvieran a por el botín.
Cuando todas las cosas fueron devueltas a su lugar, Luisa se metió en la cocina y preparó la cena. Mientras tanto, Sara fue limpiando la casa y sobre la una y media, estaba todo hecho.
Groco había estado vigilando el movimiento de gente y cuando bajaron todos, se fue a la habitación de Eric.
Una idea en acción.


