EL PEQUEÑO LINCE

EL PEQUEÑO LINCE
Episodio 1 Huérfano
Escondido entre los matorrales se había quedado el pequeño lince, mientras su madre buscaba comida por los alrededores de aquel inmenso bosque. El sol estaba saliendo de su viejo letargo, dándole el testigo a la noche, que lentamente se iba marchando a su oscura morada. El pequeño lince, angustiado y nervioso por los acontecimientos, no dejaba de mirar el viejo sendero por el cual su madre solía regresar cada noche con la comida. Las horas se le estaban haciendo interminables al pequeño lince, y su angustia cada vez era más notable.
Había pasado todo el día y se había hecho otra vez de noche y el pequeño lince, además de la angustia que tenía, estaba hambriento y desesperado.
Tembloroso y asustado, el pequeño lince esperaba con impaciencia (entre los matorrales) que su madre le trajera algo de comida. Pero por desgracia para él, su madre no volvería nunca, porque había sido presa de un malvado cazador furtivo, que se la había llevado para vendérsela a unos traficantes de animales, que operaban por aquella zona.
Aunque estaba asustado, hambriento y tembloroso, el pequeño lince (haciendo honor a su raza) se armó de valor y, sacando fuerzas de flaqueza, salió en busca de su querida madre. Protegiéndose con habilidad entre los matorrales, de los muchos peligros del bosque, hacía débiles llamadas a su madre, pero ésta por desgracia estaba muy lejos de allí para poderlos escuchar.
—Tendré que buscar algo de comer, ahora que aún me quedan fuerzas—se decía el pequeño lince para sus adentros, tembloroso por la debilidad que tenía.
Buscaba comida como un desesperado, pero le era imposible conseguirla, aún no sabía como hacerlo y además estaba muy débil.
Cuando más desesperado estaba y pensaba que se moriría de hambre, el pequeño lince se encontró a Curro. Este era un viejo lince que tenía una oreja cortada, a consecuencias de una pelea que había tenido con otro lince en sus ya lejanos años de juventud.
—Hola cachorro ¿A dónde vas solo por este bosque, con lo peligroso que es?
El pequeño lince se llevó un fuerte susto al oír la ronca voz de Curro, que descansaba plácidamente encima de un árbol. Después de reaccionar del susto llevado, el pequeño lince le contestó a Curro.
—Estoy buscando a mi mamá, que hace dos días se marchó en busca de comida y aún no ha regresado.
— ¿Y no tienes ningún pariente que te pueda acompañar, por estos parajes tan peligrosos?
—Señor, es que vivo sólo con mi mamá, mi padre hace unos meses nos abandonó, y mis parientes más cercanos, no sé dónde, ni cómo encontrarlos.
— ¿Y tienes idea, de lo que le ha podido pasar a tu madre?
—No señor, no sé que le ha podido pasar a mi pobre mamá, sólo que lleva varios día sin venir—le contestaba Iberi todo angustiado y tembloroso.
— ¿Cómo te llamas?
— Iberi.
—Bonito nombre, cachorro, bonito nombre, yo me llamo Curro y mi nombre es más normalito que el tuyo, es decir más feo, ¡ja, ja, ja! ¿Tendrás hambre, verdad cachorro?
— Sí, mucha.
—Ven conmigo, cachorro, que tengo guardada una perdiz que he cazado esta noche y tiene que estar de muerte.
Curro se acercó a un viejo chaparro y, dando un fuerte brinco, se subió en él sacando luego, de un orificio del tronco, la mencionada perdiz. Cuando la tuvo en sus zarpas, llamó a Iberi para dársela, luego se sentó sobre el tronco de un árbol que había sido cortado recientemente por los leñadores, y desde allí contemplaba cómo Iberi, con hambre de varios días, en unos minutos, se comía la perdiz.
— ¡Sí que tenía hambre el pobre cachorro! —insinuaba Curro.
—Me he quedado que reviento —decía Iberi, satisfecho por la tan buena comida.
—Ya he visto que tenías hambre acumulada de varios días.
—Desde que me dejó mi mamá, no había pegado bocado, Señor Curro —le contestaba Iberi, agradeciéndole la comida.
—Te acompañaré a donde te dejó tu madre, a ver si mientras tú la buscas por un lado, ella ha vuelto y te está buscando por otro.
Acompañado por Curro, Iberi, con un poco de trabajo y dando alguna que otra vuelta de más, porque no se acordaba muy bien del camino, llegó a los matorrales que días atrás habían sido su casa, hasta que desapareció su madre.
—Señor Curro, aquí fue donde me dejó mi madre, entre estos matorrales y aquí fue la última vez que la vi, antes que se fuera en busca de comida —le decía Iberi, lloriqueando.
—Daremos una vuelta por los alrededores y a ver si podemos averiguar que le ha podido pasar a tu madre, seguramente alguien habrá visto algo.
Estuvieron dando vueltas y preguntando a varios vecinos de la zona, pero nadie había visto nada sospechoso al respecto.
—Hemos estado todo el día andando y estoy muy cansado, ahora que se ha hecho de noche descansaremos un poco. Nos subiremos a ese chaparro tan hermoso que tenemos delante de nosotros —le decía Curro.
Cuando habían cogido las posturas encima de la rama del chaparro y el sueño merodeaba sus cabezas, se llevaron un susto de muerte, al sentir la voz de un búho que les hablaba.
—Me he enterado que andas buscando a tu madre —le dijo el búho con una voz melosa. Pero aunque la voz del búho fue suave, con el silencio de la noche les retumbó en los oídos, como si hubiera sido un cañonazo.
— Qué susto nos has dado, Señor búho —le dijo Iberi.
— ¡Vaya con el pájaro!, el susto que me ha dado, que tengo ahora el corazón que se me sale del pecho, pero no puedo demostrar miedo delante de un cachorro, por que eso sería mi perdición. ¿Señor búho, usted que todo lo ve por la noche, no habrá visto por casualidad a la madre de Iberi?
— No soy un Señor búho, soy una Señora búho.
—Perdone, es que de noche todos los gatos.
—Lo entiendo, Señor lince, lo entiendo, no se preocupe por eso. Sí que he visto a la madre, hace unos días vi a un humano cómo se la llevaba en una jaula. Intenté decírselo al cachorro, pero no lo he podido encontrar hasta ahora.
— ¿Y cómo sabe usted que era mi madre?
—Yo conozco a todos los vecinos del barrio, pequeño lince. He visto a tu madre muchas noches buscando comida por los alrededores y, aunque somos de distinta especie, tenemos muchas cosas en común y, alguna que otra vez, habíamos hablado de los problemas del barrio.
— ¿Y por dónde se marchó el humano con mi madre?
—Hacia el este, en un coche blanco. ¿Por qué lo preguntas?
— Porque tengo que ir en su busca.
—Pero cachorro, ¡cómo vas ha ir en su busca, si se la habrán llevado muy lejos!
—Me da igual lo lejos que se la hayan llevado, nunca abandonaré a mi madre.
—Pequeño, yo desde arriba de los árboles, cada noche veo los peligros que nos rodean y son muchos, te lo puedo asegurar. Tú aún eres muy joven para conocerlos, pero son muchos los peligros que hay en este bosque.
—Me da igual los peligros que haya, nunca abandonare a mi madre y mientras tenga fuerzas la estaré buscando, siempre buscaré a mi madre, siempre. Ah, Señora búho, muchas gracias por la información, siempre le estaré agradecido.
—De nada pequeño lince, de nada.
—Señora búho, ¿cómo se llama usted?
— Me llamo Ojos Grandes.
—Gracias de nuevo. Cuando se haga de día, saldré en busca de mi madre.
Episodio2. En busca de la madre de Iberi
—Señor Curro, ¿qué le parece si le ayudamos a este joven testarudo, a buscar a su madre?
—Si admite nuestra ayuda, por mí, encantado —le contestaba Curro, con ánimo de ayudarlo.
Los primeros rayos de sol, se entremetían entre las verdes hojas del chaparro y el cantar de los pájaros se empezaba a oír por los alrededores.
Era primavera y los campos parecían una inmensa alfombra verde, con algunas pinceladas rojas, producidas por hermosas amapolas, que con gallardía sobresalían por encima del resto de las plantas. Todo el bosque estaba lleno de vida, se sentía y se palpaba la sangre de los animales alterada. Los pájaros no dejaban de revoletear por los alrededores y sus bellas melodías acariciaban como nada, los oídos de los habitantes de la zona.
—Ojos Grandes, ahora que me acuerdo, usted no ve muy bien de día.
—Aclaremos una cosa señor Curro, yo veo mejor de noche, pero eso no quiere decir, que de día no vea.
—No se enfade, Ojos Grandes, que a nosotros nos pasa lo mismo que a usted, vemos mejor de noche que de día.
—Con un poco de cuidado, no creo que pase nada, señor Curro —le decía Ojos Grandes, toda animada.
—No, si lo decía por ti, que pensaba que de día no veías nada.
—Pues ya sabe Señor Curro, se equivoca usted.
Aclarado el punto de quien veía mejor, los tres emprendieron el camino sin saber muy bien a dónde ir, sólo sabían que tenían que ir al este.
—Yo iré delante de vosotros y, si veo algún peligro, os avisaré.
—Muy bien, Ojos Grandes, te agradezco que me hayas acompañado en esta difícil tarea —le decía Iberi, contento por su compañía.
—Para eso estamos los amigos, para ayudarnos cuando hace falta, no solo para ir de fiestas. Los verdaderos amigos se ayudan y resuelven juntos los problemas, por muy difíciles que sean.
—A usted también le estoy muy agradecido, Señor Curro.
—Yo digo lo mismo que Ojos Grandes, para eso estamos los amigos, para ayudarnos, cuando de verdad hace falta.
— ¡Si os he conocido hace unos días!
—Da igual, cuando uno es amigo de otro, nunca pregunta la antigüedad que tiene esa amistad –le contestaba Curro.
—Yo lo que pienso, es que tenéis unos corazones, que no os caven en el pecho. ¿Que os parece si cogemos esa ribera del camino, a ver a donde nos lleva? ¿Usted señor Curro, ha salido alguna vez del barrio?
— Lo máximo que me he alejado del barrio, ha sido hasta el río por aquella parte y solo he llegado hasta este camino que estamos.
— ¿Como vais, amigos? —Les preguntaba Ojos Grandes, que volvía junto a ellos.
—Bien, muy bien. ¿Y cómo está el camino, por ahí delante?
— De momento, no hay peligro alguno.
Ojos Grandes todo el rato hacía lo mismo, se adelantaba y cuando le parecía volvía junto a ellos, para indicarle cómo estaba el camino.
Estaba oscureciendo, cuando Ojos Grandes se acercó un tanto preocupada.
— ¡Señor Curro, señor Curro, Iberi!
— ¿Qué pasa, hay algún peligro inmediato?
—No, Señor Curro, es que he visto a una pequeña cabrita muy asustada. Creo que anda pérdida y la hora que es, si no le ayudamos, no creo que sobreviva esta noche.
—Llévanos a donde está, que le ayudaremos.
— Muy bien amigos, seguirme.
La pequeña cabrita estaba muy cansada y asustada, se había tumbado al lado de una piedra muy grande y de vez en cuando, hacía una muy débil llamada a su madre.
—Hola, pequeña —le dijo Curro cuando llegó.
La cabrita, sacando fuerzas de flaqueza y muerta de miedo, de un salto se puso de pies.
—No te asustes, pequeña, somos amigos —le dijo Ojos Grandes, con voz cariñosa.
—No te asustes, sólo queremos ayudarte —le dijo Iberi, que fue el último en llegar.
— ¿Dónde está tu madre?
— No sé, la noche pasada nos atacó una manada de lobos, mi mamá me escondió bajo un viejo tronco y se enfrentó a ellos y, desde entonces, no la he vuelto a ver. No sé lo que le ha podido pasar a mi pobre mamá — decía la cabrita llorando y pensando lo peor.
—No llores, pequeña —le decía Ojos Grandes con voz cariñosa, intentando consolarla.
El día estaba dando los últimos latidos y el cielo se había vestido de rojo, para recibir a la noche que llegaba con su traje negro y un broche blanco en el pecho.
—Tendremos que buscar un sitio donde podamos estar seguros —le decía Curro, un tanto preocupado.
— ¿Qué te parece encima de aquellas piedras? —añadía Iberi.
—Si la pequeña cabrita puede subir encima de la piedra, será un sitio estupendo —le decía con cariño Ojos Grandes.
—Estoy muy débil, pero subiré —decía la cabrita, toda orgullosa.
Después de varios intentos, la cabrita consiguió subir encima de la piedra
— ¿Te ha enseñado tu madre, las hierbas que debes comer?
— Sólo algunas.
—Bueno, no te preocupes, más o menos, se lo que coméis los herbívoros como tú —le dijo Curro y se marchó a un trigal, que había visto un poco más atrás.
Los dos jóvenes se habían subido a la enorme piedra y miraban sin cesar, si venían sus amigos.
—Hace un rato que nos conocemos y aún no se tu nombre —le decía Iberi.
—Mi nombre es Hispa, ¿y el tuyo?
— Yo me llamo Iberi y el abuelo se llama Curro.
En ese momento, Ojos Grandes se presentó con un pequeño conejo entre sus garras.
—Hola, Iberi, te traigo la cena.
—Muchas gracias, Ojos Grandes.
— ¿No ha venido Curro?
— No, no ha venido todavía.
—Daré una vuelta por los alrededores, a ver si lo veo.
Habían pasado unos minutos, desde que se había ido Ojos Grandes, cuando se presentó Curro con un buen manojo de verdes y tiernos tallos de trigo.
Curro como pudo, subió a la piedra con el manojo de trigo, para dárselo a la pequeña cabrita. Hispa estaba hambrienta y la cena que le había traído Curro para ella, era de cinco estrellas.
Ojos Grandes se presentó con otro conejo.
—Te he estado buscando y como no te he visto, te he traído la cena a ti también.
— No tenías que haberte molestado.
—No ha sido molestias, Curro —dijo Ojos Grandes y después de haber dejado el conejo sobre la piedra, se volvió a ir de nuevo.
No había pasado ni medía hora, cuando Ojos Grandes, se presentó con su cena.
Los cuatro después de haber cenado, como estaban bastante cansados, se echaron a dormí.
El sol estaba saliendo y con sus destellantes rayos blancos, hacía retroceder a la noche, que con su traje negro, se marchaba a sus aposentos.
Ojos Grandes, vigilante desde un cercano árbol, contemplaba a Curro, que después de haber pasado una buena noche, se despertaba y estiraba las patas.
— ¡Buenos días, Curro!
— ¡Hola, Ojos Grandes!
— ¿Cómo has pasado la noche?
—Muy bien, Curro, muy bien.
Hispa e Iberi que dormían plácidamente, al oír que hablaban, se despertaron los dos.
—Buenos días, Señor Curro.
—Buenos días, Iberi.
— Buenos días —dijo Hispa.
—Buenos días, muchachos —dijo Ojos Grandes.
Los dos amigos le contestaron a la vez, dándole los buenos días.
—Mi nombre es Hispa, anoche se lo dije a Iberi y como no había tenido ocasión de decirlo antes, os lo digo ahora.
—Tienes un nombre muy bonito —le dijo Ojos Grandes, en el tono que solía hablar tan cariñoso.
—Me gusta, es muy bonito —le dijo Curro.
Estuvieron hablando un poco y de nuevo y en la misma dirección, continuaron el camino que llevaban.
Cuando llevaban un rato andando, Ojos Grandes, que se había adelantado, llegó muy nerviosa.
— ¿Qué pasa, Ojos Grandes, que parece hayas visto al mismísimo diablo? —le dijo Curro, preocupado al verla tan nerviosa.
—He visto a dos humanos (asesinos de animales), con dos perros.
— ¿Están muy lejos?
— A unos dos kilómetros, al otro lado de ese cerro.
—Si nos tienes informados de la dirección que van llevando, no debemos preocuparnos de esos asesinos —le decía Curro, intentando calmarla.
Cada equis tiempo, Ojos Grandes se acercaba a ellos y le informaba por dónde iban los humanos.
Con toda la precaución del mundo, se iban protegiendo entre los matorrales, para no ser vistos.
Los cazadores se iban alejando cada vez más de ellos y Ojos Grandes llegaba cada vez más contenta, para contarlo.
Cuando los cazadores no les representaban ningún peligro, se pararon para descansar un poco.
— ¿Cómo te encuentras, Hispa? —Le preguntaba Iberi.
—Muy bien —le respondía hispa, toda contenta.
Curro estaba descansando sobre unas tiernas plantas y hablaba con Ojos Grandes, que estaba encima de un árbol.
— ¿Crees que encontraremos a la madre de Iberi?
— Será difícil, Curro, pero con la ilusión que tiene el cachorro, seguro que la encontramos.
— ¿Estás segura de que cogió este camino y no otro?
— Sí, de eso si que estoy segura, Curro.
—Si estás tan segura como dices, seguiremos por él, a ver si encontramos alguna pista sobre su paradero.
Sin perder de vista el camino, se habían separado un poco del mismo, para no ser vistos por una cuadrilla de humanos, que hacían labores del campo en una inmensa llanura cerca del río.
Se fueron por una finca que había de monte bajo y a la vez, rodeaba el algodonal, que era donde estaban trabajando los humanos.
Cuando llevaban un rato andando por la finca, se quedaron perplejos, al oír unos disparos de cazadores, que bajaban por un cerro en dirección hacia donde estaban ellos.
Ojos Grandes, que estaba pendiente de los labradores, no se había dado cuentas de la llegada de los cazadores.
—Tenemos que salir del monte y de prisa —dijo Ojos Grandes, que llegaba toda preocupada.
Se salieron de la finca del monte bajo, temiendo a los cazadores y dejando su preciada protección, se volvieron de nuevo al camino.
—No nos separemos del camino, aunque seamos descubiertos por los humanos —dijo Curro, todo preocupado.
Cuando pensaban que no tendrían problemas con los labradores, se llevaron un gran susto al ser descubiertos por ellos. Varios labradores jóvenes (al sentir la voz del encargado, que los había descubierto), salieron en su busca, con la intención de cogerlos.
Ojos Grandes, viendo que los dos humanos corrían tras sus amigos y se iban acercando a ellos peligrosamente, hizo varios acercamientos hacia los humanos, en plan intimidatorio. Ojos Grandes al ser un ave de gran tamaño, hizo desistir a los dos humanos, de tan temida persecución.
—Estos humanos son los animales más peligrosos del mundo, matan por divertirse, no para comer como nosotros —decía Curro, respirando fuertemente, mientras descansaba un poco, para recuperarse.
Episodio 3 Elencuentro con ojos mágicos
Habían estado todo el día andando y se estaba acercando la noche, cuando fueron visitados por un amigo de Ojos Grandes.
—Hola, Ojos Grandes.
— Hola, Ojos Mágicos, ¿qué haces tú por aquí?
—Eso digo yo, qué haces tú por aquí, si tú nunca habías salido del barrio.
—Estoy acompañando a un amigo, que le han secuestrado a su madre y le estoy ayudando.
—No cambiaras nunca, siempre haciendo el bien a todo el mundo.
—Bajemos, que te presentaré a mis amigos.
—Pensaba que sólo era un amigo.
—No, son tres. El señor Curro también le está ayudando y la cabrita, la hemos encontrado por el camino. La pobre se ha quedado huérfana también, a su madre la han matado los lobos esta noche pasada y no tiene a nadie. ¡Muchachos, parar un poco, que os quiero presentar a un viejo amigo mío! —dijo Ojos Grandes, que bajaba con su amigo de un árbol.
Curro estaba cansado y al escuchar a Ojos Grandes, se sentó sobre una piedra; Iberi e Hispa, se mantuvieron de pies, mirando cómo bajaban.
—Amigos, este es Ojos Mágicos, un viejo amigo de la infancia.
Los tres le dieron un caluroso recibimiento a Ojos Mágicos, cosa que este agradeció.
Iberi le estuvo explicando a Ojos Mágicos lo de su madre, lo que le había dicho Ojos Grandes que había sucedido.
—Si no hacemos algo pronto, acabarán con todos nosotros —dijo Ojos Mágicos, con voz firme y mucho aplomo.
— ¿Y qué podemos hacer nosotros los animales, si los humanos lo tienen todo? —dijo Curro, con voz de experiencia.
—No podemos hacer mucho, pero tampoco nos debemos quedar de brazos cruzados, les tenemos que hacer entender, que el mundo es de todos y que todos podemos vivir en el.
— Sí, por que hay muchos humanos que piensan que el mundo es de ellos y que los animales no tenemos ningún derecho y nos pueden echar cuando quieran de nuestro entorno —dijo Ojos Grandes, un tanto enojada.
—Estoy haciendo unas pruebas y me gustaría que las vierais —dijo Ojos Mágicos.
— ¿De qué se trata? —preguntó Iberi, todo intrigado por lo que decía Ojos Mágicos.
—Acompañarme a mí casa y os la enseñaré.
—Si no se desvía mucho del camino, te podremos acompañar.
—No, esta cerca de aquí.
—De acuerdo, te acompañaremos —dijo Ojos Grandes.
Los tres amigos fueron siguiendo a Ojos Grandes y a Ojos Mágicos, que se iban parando sobre los árboles, para que pudieran seguirlos.
—Ya falta poco —les dijo Ojos Mágicos, a los que iban andando.
La noche estaba cayendo, cuando llegaron a un viejo chaparro, con un enorme tronco.
—En ese viejo chaparro es donde vivo y donde estoy haciendo mis pruebas.
El tronco del árbol estaba hueco y en la parte de arriba, había una abertura, que Ojos Mágicos la tenía tapada, con trozos de ramas.
Ojos Mágicos destapó la abertura de arriba y entraron todos, menos Hispa, que no se podía subir al árbol.
Ojos Mágicos, les iba a explicar lo de las pruebas, cuando Iberi se acordó de Hispa. Todos salieron del tronco un poco avergonzados, por haberse olvidado de su amiga.
Ojos Mágicos les dijo que no se preocuparan, que había otra entrada en la parte de abajo del árbol.
Una vez todos los amigos dentro del tronco, empezó Ojos Mágicos a explicarle su invento.
Ojos Mágicos era una especie de brujo y lo que le quería enseñar era una formula, que había descubierto.
—Aún no la he podido probar, pero pienso que debe funcionar bien.
—Pero díganos de una vez de qué se trata, Ojos Mágicos —dijo Curro, que estaba impaciente.
—Es sobre poderes, pienso que el que se tome este potingue, tendrá poderes incalculables.
— ¿Pero si no lo has probado con nadie, como sabes que tomando eso, adquieres poderes?
— Llevo tiempo investigando sobre el tema y creo que esta vez he acertado.
—Si no lo has probado con nadie, no sabes su reacción y puede que sea peligroso tomarlo —dijo ojos Grandes, preocupada.
—Ya sé que puede ser peligroso, lo único que quiero es enseñarlo y explicar un poco de qué va el tema —le respondió Ojos Mágicos, un tanto enojado.
—Si esto funciona, podremos hacerle frente a los humanos y luchar para que no desaparezcan más especies de animales, y nuestra habita sea de más calidad —dijo Ojos Mágicos, con aspecto de alucinado.
—Si es para ayudar a los más débiles, yo soy capaz de probar el potingue —dijo Iberi, todo entusiasmado.
—Lo probaré primero con insectos y cuando esté convencido de que funciona y no presenta peligro alguno, lo probaremos nosotros —dijo Ojos Mágicos, en una mezcla de alucinado y desilusionado.
—Será mejor ir a buscar comida y marcharse a descansar pronto; mañana seguiremos hablando del tema —decía Ojos Grandes.
Curro y Ojos Grandes salieron a buscar comida, Iberi e Hispa, se quedaron con Ojos Mágicos, que le estuvo contando casas relacionadas con el potingue que había inventado.
—Y dices que puede ser tan revolucionario, que los humanos temblarán.
—Si mis cálculos son ciertos, podremos adquirir forma semejante a la humana y luchar contra ellos, en igualdad de condiciones.
No había pasado mucho tiempo, cuando Curro se presentó con un conejo, para Iberi. Este estuvo cenando y después de haber estado escuchando un buen rato a Ojos Mágicos, se fue a dormí.
Episodio 4 los sueños
Con todo lo que le había escuchado a Ojos Mágicos, Iberi tenía su cabeza llena de fantásticas ideas, y al estar cansado por el largo viaje, no tardó mucho en quedarse dormido. En su cabeza enseguida le fueron apareciendo sueños y todos relacionados con lo que le había escuchado a ojos Mágicos. En ellos, un cazador apuntaba a su pieza, cuando se llevó una gran sorpresa, al ver que el cañón de la escopeta, se estaba doblando hacía arriba.
—José, mira lo que le ha pasado a la escopeta.
Este se acercó a donde estaba Sebastián, que miraba con asombro la escopeta.
— Ostra, que le ha pasado, se ha doblado como si fuera de plástico.
Los dos cazadores asustados por lo que habían visto, tocaban la escopeta y hablaban sobre caso tan raro.
Cuando más distraídos estaban hablando del tema, Iberi bajo volando de un árbol y dando un par de vueltas alrededor de ellos, les dijo con voz potente:
—Habéis visto cómo se ha quedado la escopeta, pues si os veo otra vez asesinando indefensos animales, haré lo mismo a vosotros.
Los dos cazadores, que ya estaban asustados con lo de la escopeta, al ver y oír al pequeño lince volando cerca de sus cabezas, se llevaron un susto de muerte y abandonando todo lo que tenían, salieron corriendo como el que ve al diablo.
Los dos cazadores llegaron al pueblo temblorosos y con los ojos desencajados por el miedo; sólo pedían agua desesperadamente.
—Agua, quiero agua —decían los dos, poseídos por el miedo.
—Pero muchachos, que os ha pasado, que parece que habéis visto al mismo diablo —le preguntaba un vecino, que les acercaba un vaso de agua.
Con el vaso de agua en la mano y tembloroso, explicaba uno de los cazadores.
—Estábamos Sebastián y yo cazando por el bosque, cuando con una fuerte y temblorosa voz me llamó Sebastián. Cuando me acerqué a él, me llevé una gran sorpresa al contemplar cómo estaba su escopeta. Se había quedado doblada, como si fuera de plástico. Pero lo peor de todo, fue lo que vino a continuación. Estábamos revisando la escopeta y hablando entre nosotros del asunto, cuando una potente voz nos habló. Se trataba de un lince terrorífico, que no sé cómo se mantenía en el aire, por que estaba volando, tío, volando. Nos dijo que si algún día nos veía asesinar animales, nos haría lo mismo que a la escopeta y lo dijo en serio, muy en serio —decía el cazador tembloroso y asustado.
—Los linces no vuelan, ustedes estáis bebidos —le decía uno de los vecinos.
—Tú sabes que yo no bebo, Antonio, y si te digo que era un lince el que volaba, es que era un lince el que volaba —decía el cazador Sebastián, cogiendo por la pechera al vecino, que ponía en dudas sus palabras.
—No te enfades, hombre, es que me es tan extraño que un lince vuele —le respondía el vecino, que había sido cogido por la pechera.
José, el otro cazador, reafirmó todo lo que había dicho Sebastián, que aún temblaba del susto.
—Si es verdad lo que estáis contando, podemos hacer una batida por la zona, a ver si lo vemos —decía otro vecino de peso que había llegado, el alcalde.
Se habían puesto de acuerdo los vecinos en hacer la batida y al día siguiente salieron en busca del lince volador.
Estuvieron peinando toda la zona donde decían haber tenido el percance, pero ninguno vio al lince volador.
—No es que dudemos de ustedes, pero llevamos todo el día buscando y no hemos visto nada —le decía el alcalde a los dos cazadores.
Al llevar tanto rato buscando y no encontrar nada, los vecinos murmuraban, sobre si era o no verdad, lo del lince volador. El alcalde se lo había dicho de buenas maneras, pues veía que estaba quedando mal, delante de sus vecinos.
—¿Qué nos quiere decir usted, que somos mentirosos?
—No, ni mucho menos, sólo eso, que no hemos visto nada en todo el día.
—Pues lo vimos cómo volaba y además muy cerca de aquí, muy cerca —decía el cazador José, con un cabreo de mil demonios.
Días más tarde, los dos cazadores fueron ingresados en un centro de salud.
—Hispa, ¿tú serás mi ayudante?, entre los dos, le daremos una lección a los humanos —le decía Iberi.
—Por mí, encantada, con estos poderes que hemos adquirido, podemos ayudar a los animales con problemas y en vías de extinción como vosotros —respondía Hispa, toda entusiasmada.
Era domingo y toda la gente del pueblo estaba en misa. El párroco, que era muy expresivo, se solía acalorar bastante, cuando hacía un recorrido por la historia bíblica y echaba algún que otro sermón.
El párroco quedó perplejo, cuando en una de sus alabanzas levantó la cabeza y vio a Hispa, que como si de una paloma se tratara, se desplazaba volando hacía él, por encima de las cabezas de los parroquianos.
El cura se quedó con el dedo señalando hacía Hispa, sin poder articular palabra alguna.
La gente que asistía a la misa, se quedó sorprendida al ver como se había quedado el párroco y dirigieron sus miradas hacía donde señalaba con el dedo. Estos, que estaban sentados en sus bancos, quedaron igualmente perplejos, al ver como se acercaba Hispa volando.
Hispa se quedó parada a un metro sobre la cabeza del cura y este con cara de sorprendido levantó la cabeza para verla y casi se cae al suelo.
—Sólo os quiero dar un breve mensaje —dijo Hispa y comenzó el discurso.
—Nosotros, aunque a vosotros nos os importa mucho (aunque vengáis a que os quite las manchas el creador), también tenemos sentimientos como ustedes, nosotros fuimos puestos en el mundo por el mismo que os puso a vosotros, por tanto tenemos los mismos derechos que ustedes a vivir y también ha tener un habita digna. Ustedes que fueron los elegidos por el creador, para liderar el mundo, ustedes que poseéis ese don tan grande que es la inteligencia, deberíais recapacitar un poco más, si dicha inteligencia que os dio el creador, la estáis utilizando como quería él que fuera utilizada.
La gente como encantada, escuchaba las palabras que Hispa les decía.
—Cada día que pasa, es más difícil respirar, cada día que pasa, desaparece alguna especie, bien sea animal o vegetal, cada día que pasa, el habita de cualquier especie es de peor calidad, incluida la vuestra. Pensar en lo que os he dicho y recapacitar —dijo Hispa y de la misma forma que entró en la iglesia, se marchó.
La gente se frotaba los ojos, como cuando te despiertas de un mal sueño y asustados por lo que les dictaban las conciencias, marchaban para sus casas cabizbajos.
Iberi había ido a visitar un campamento de taladores de árboles, que operaban en la zona.
—Buenos días —dijo Iberi con voz potente y firme.
Los cuarenta trabajadores que estaban desayunando, para comenzar con energía la jornada, no daban crédito a sus ojos, cuando vieron que el que le había dado los buenos días, era un lince volando, que daba vueltas sobre sus cabezas.
El encargado del grupo, sin pensarlo se sacó una pistola del cinturón, e intentó dispararle. Este dio un fuerte grito de dolor y se llevó la sorpresa de su vida, al ver como la pistola se derretía entre sus manos, como si fuera de plástico y estuviera expuesta a una temperatura elevada.
El grupo de trabajadores se quedó inmóvil, al ver la pistola del encargado que caía al suelo, como si fuera plástico derretido.
—Os quiero dar un breve mensaje —dijo Iberi—. Con la tara de árboles que estáis haciendo, tan indiscriminada, pronto desaparecerá el bosque que es el hábitat de muchas especies, además de ser los pulmones de todos los seres vivos de la tierra, incluidos los vuestros. Con esta tala sin control que estáis haciendo, estáis destruyendo en pocos días, lo que la naturaleza tardó cientos de años en construir. Con estas talas salvajes que se están haciendo a nivel mundial, los humanos, que se dice sois inteligentes (los elegidos por el creador, para velar por la naturaleza), si no ponéis medios pronto os quedaréis sin habita para vivir, por lo tanto, desapareceréis de la tierra como tantas especies han desaparecido. Y como os he dicho antes, los bosques necesitan muchos años para formarse y de ellos dependen el que podamos respirar (y sabiendo todo esto, no sé como no se ponen todos los medios, que hoy en día se tienen, para evitar esta muerte lenta que les espera) y los seres vivos necesitamos respirar.
Iberi dio unas vueltas sobre las cabezas de los trabajadores y como llegó, se marchó y desapareció.
Los trabajadores no daban crédito a lo que habían visto y habiendo quedado como hipnotizados, cogieron las máquinas y abandonaron las talas de árboles.
Unos cazadores furtivos, perseguían a su valiosa presa, cuando Curro le habló, dándole los buenos días.
—Buenos días, Señores, ¿han perdido algo? —le dijo con toda la ironía del mundo.
Eran tres los furtivos y, al oír la voz de Curro, se quedaron parados en seco y cuando vieron que el que le hablaba era un lince y además este estaba volando sobre ellos, se llevaron un susto de miedo. Los tres alzaron sus escopetas para disparar, pero se le escaparon de las manos, quedando flotando en el aire.
—Os quiero dar un breve consejo—dijo Curro—. Se supone que lo que estáis haciendo, lo hacéis por dinero.
—Sí, sí, por dinero —respondieron los tres a la vez.
—Sabéis que gente como vosotros sois los culpables, de que muchas especies de animales estén en vías de extinción.
Los tres furtivos se miraban entre ellos, sin saber que decir.
—Sabéis que hay países, que al que cogen cazando animales protegidos, son condenados a muerte.
Los tres furtivos empezaron a sudar un sudor frío y el miedo le empezó a entrar por sus cuerpos.
—¿Merece la pena arriesgar la vida, por unos cuantos euros?
— No, no —decían los tres, asustados como gallinas, cuando el zorro las visita.
—¿Y de la conciencia, qué me dicen ustedes?, de la conciencia de haber exterminado a una especie, ¿o de eso no tienen ustedes? Creo que de eso, estáis bastante desprovistos. Sabéis, que lo que estáis haciendo, debe de ser castigado.
—Sí, sí, respondieron los tres cazadores asustados y sudorosos.
—He pensado que el castigo que os merecéis, sea el siguiente —dijo Curro, y los convirtió en tres hermosos ciervos—. Ahora intentar no ser asesinados por gente como vosotros —añadió Curro y se marchó.
La gente del pueblo se había reunido en la plaza y hablaban de las apariciones de animales.
El alcalde se había reunido con sus concejales en el ayuntamiento, para tratar el asunto, cuando una suave voz, les dio las buenas tardes.
Era Ojos Grandes, que había entrado por la ventana y se había posado sobre un armario del salón de reuniones.
Todos quedaron perplejos, cuando vieron que era un búho, el que le hablaba.
—Señores les quiero dar un breve consejo —dijo Ojos Grandes y comenzó el discurso—.Señores, vosotros sois los que gobernáis el pueblo, en todas sus facetas, por lo tanto, sois los responsables de lo bueno y de lo malo.
El que haya empresas que contaminan los ríos, el que haya empresas que contaminan los mares, el que haya empresas que contaminan el aire, todo eso es culpa vuestra, pues vosotros autorizáis sus aberturas y, muchas veces, a cambio de unas sucias monedas para vosotros. Miráis para otro lado, dejando actuar a gente sin escrúpulos, aunque menos escrúpulos tiene el que coge unas monedas, vendiendo su alma al diablo. El habita del mundo se está deteriorando a pasos agigantados, porque los que tenéis el poder, no hacéis bien vuestro trabajo. Sólo pensáis en vuestro bienestar inmediato y no os importa un pito, si la capa de ozono cada día que pasa se hace más fina. No os importa si los mares están contaminados, no os importa si los glaciales están mermando, no os importa si cada día cuesta más respirar. Sólo os importa el poder y lo que suele acompañar al poder. Recapacitar, recapacitar que aún estáis a tiempo de arreglar el destrozo que habéis hecho por no hacer bien vuestro trabajo. Recapacitar y dejar de miraos el ombligo —dijo Ojos Grandes y se marchó.
El alcalde y todos los concejales del ayuntamiento, se fueron a la plaza del pueblo, donde el resto de conciudadanos, temblorosos, debatían sobre lo ocurrido.
El alcalde, preocupado por lo que había sucedido en el ayuntamiento, se subió encima de un banco de la plaza y tomó la palabra.
—El tema que nos preocupa a todos, es lo suficiente importante, como para que lo tomemos muy en serio —decía el alcalde y continuaba —. Es muy importante todo lo que esos animales dicen, pero si cedemos a sus reivindicaciones, en poco tiempo, serán ellos los que gobiernen el mundo.
—Lo que dijo la cabrita en la iglesia, era toda la verdad, señor Alcalde —decía uno de los vecinos.
—Y lo que dijo el lince, era otra verdad como un castillo —Decía otro de los vecinos.
Cuando el debate estaba más caliente, se presentaron Iberi y sus amigos en la plaza.
—Buenas tardes, Señores —dijeron los cuatro.
Todos se quedaron callados y se creó un silencio sepulcral de varios minutos, al oír las voces de los animales.
—Hemos venido, porque pensamos que sería bueno discutir con todos vosotros, los consejos que os hemos ido dando durante todo ese tiempo —dijo Iberi.
El alcalde, que estaba encima del banco dando el discurso, al verlos llegar se puso tembloroso y unos sudores fríos le empezaron ha gotear por la frente. Luego, como pudo, le respondió con voz temblorosa y entrecortada, que estaba de acuerdo en hacer el debate sobre dicho tema.
Si estáis todos de acuerdo con lo que os hemos venido diciendo, entonces estaréis de acuerdo en hacer un debate público aquí en la plaza, sobre los derechos que tenemos los animales —dijo Iberi.
Episodio 5 La búsqueda por la ciudad
—Despierta Iberi, despierta que ya es de día —le decía Curro, que ya se había dado una vuelta por el chaparro.
Iberi se refregaba los ojos, mientras estiraba sus patas.
— ¿Qué te ha pasado esta noche, que no has dejado de moverte? —le preguntaba Curro.
—No sé qué me habrá pasado, he estado toda la noche soñando.
—¿Sobre qué habrán sido los sueños que has tenido, que te han hecho moverte toda la noche? —le decía Curro con segundas.
—Señor Ojos Mágicos, cuando encuentre a mi madre, me gustaría hablar con usted con más profundidad y calma, sobre su potingue —le decía Iberi y se despedía de él.
Los cuatro se despidieron de Ojos Mágicos y continuaron la búsqueda de la madre de Iberi.
—Volveremos a la ribera del camino —dijo Curro y los demás le siguieron.
Después de haber estado todo el día caminando, llegaron al pueblo, donde pensaban estaría la madre de Iberi.
—Descansaremos un poco y luego averiguaremos dónde está tu madre —dijo Curro, que al ser el de mayor edad, estaba un poco cansado.
Ojos Grandes, mientras descansaban sus amigos, se dio una vuelta por el pueblo, para hacer averiguaciones sobre el paradero de la madre de Iberi.
—Hola, Señora lechuza, ¿es usted vecina del pueblo?
— Sí, Señora búho, soy vecina del pueblo, ¿en qué puedo ayudarte?
—He venido con unos amigos y estamos buscando a la madre de Iberi.
—No entiendo nada, Señora búho.
—Perdone, Señora lechuza, se lo aclaro. Iberi es un pequeño lince, que hace unos días su madre fue secuestrada por un humano y le estamos ayudando a encontrarla. Pensamos que pueda está en este pueblo, o al menos, el humano vino en esta dirección.
—Creo que habéis tenido suerte, Señora búho; a las afueras del pueblo, en el otro lado, hay un sitio donde suelen retener animales y luego se los llevan a otros lugares más lejanos.
—Avisaré a mis amigos, e iremos al lugar que me dices.
—Si quiere le puedo acompañar, a ese sitio que le digo.
—Me haría usted un gran favor, Señora lechuza y le estaría agradecida siempre.
Estuvieron examinando el lugar que había dicho la lechuza y por lo que pudieron averiguar, aún estaba la madre de Iberi encerrada.
—Esos perros guardianes serán difíciles de despistar, tienen un olfato muy fino —le decía la lechuza, a Ojos Grandes.
—Ya creo que tienen un olfato fino, los puñeteros perros —le respondía Ojos Grandes.
Ojos Grandes se despidió de la lechuza, dándole las gracias por haberle ayudado y fue en busca de sus amigos.
Curro se había quedado dormido sobre el tronco de un árbol. Hispa e Iberi estaban juntos a él, pero estaban despiertos, esperando que llegara ella.
—¡Vaya sueño que tiene el señor Curro! Debe estar bien cansado — dijo Ojos Grandes, que había llegado junto a ellos.
—Lleva un rato que no ha movido un pelo —dijo Iberi, que junto a Hispa, contemplaba cómo dormía.
—Traigo buenas noticias. He estado con una lechuza (por cierto muy amable), en un sitio donde pienso que pueda estar tu madre.
Iberi, cuando escuchó lo que Ojos Grandes decía sobre su madre, se puso muy contento, cambiándole completamente el semblante.
—Señor Curro, señor Curro, despierte.
Curro al oír las voces que lo llamaban, se despertó sobresaltado.
— ¿Qué pasa, cachorro, que me has asustado con tantas voces? —le decía Curro, refregándose los ojos.
—Es sobre mi madre, dice Ojos Grandes que puede estar a las afueras del pueblo, en el otro lado.
—Y qué hacemos aquí, vayamos en su busca —le decía Curro, con ánimo de ponerlo contento.
Con toda la precaución del mundo, se introdujeron en el pueblo. Ojos Grandes iba delante, para avisarle de posibles peligros.
—Pararse —les decía Ojos Grandes, que había venido para avisarle.
— ¿Qué pasa? —Le preguntaba Curro.
—Son muchos cachorros de humanos, que están bebiendo en la plaza; están muy violentos, están rompiendo botellas y luchando entre ellos. Será mejor dar medía vuelta y pasar por otra calle —le aconsejaba Ojos Grandes.
Se fueron por otra calle y cuando llevaban un rato andando, se volvieron a encontrar otro grupo de humanos.
Ojos Grandes se volvió y de nuevo les avisó.
— ¿Qué pasa ahora? —le preguntaba de nuevo Curro.
—Otro grupo de cachorros de humanos, que se están drogando y cuando hacen eso, suelen perder el control sobre ellos y son muy peligrosos, no respetan nada, ni a nadie —le explicaba Ojos Grandes.
—Si qué es peligroso el pueblo, por lo que parece es más peligroso que el bosque —decía Curro.
—Ya lo creo que es más peligroso que el bosque —afirmaba Ojos Grandes.
Cogieron otra calle, que parecía estar más tranquila, y continuaron la búsqueda de la madre.
Cuando ya faltaba poco para llegar, se llevaron un susto de miedo, al sentir de golpe, la sirena de una alarma que se había disparado. Se trataba de la sirena de una joyería, que estaban robando.
— ¿Y ahora, qué diablo es ese ruido? —le preguntaba Curro a Ojos Grandes, que había llegado asustada.
—Pienso que están robando esa joyería de la esquina —le respondía Ojos Grandes, toda temblorosa.
Curro, al oír lo de que estaban robando la joyería, le empezaron a temblar las patas. Iberi se le acercó y le dijo que estuviera tranquilo, que no pasaba nada.
Con mucho miedo en el cuerpo, cogieron otra calle y en poco tiempo llegaron a las inmediaciones del caserón, donde se suponía estaba la madre de Iberi.
Los perros que vigilaban el caserón, los debieron oler, por que nada más llegar, empezaron a ladrar.
En la parte superior del caserón, se encendió una luz y bajó el dueño de la casa con una escopeta en la mano. Llevaba puesto un pijama azul y un gorro de cucurucho color beige, de los que se suele usar para dormí. Era el que se había llevado a la madre de Iberi, un señor de unos sesenta años de edad, de aspecto siniestro.
Bajó a la parte inferior de la casa, con la escopeta en las manos, dio una vuelta por los alrededores y al no ver nada, se volvió ha subir.
Episodio 6 La liberación de la madre
Ojos Grandes localizó a la madre de Iberi, que estaba encerrada en una jaula, preparada para ser llevada a otro sitio.
—Hola, Señora lince, ¿es usted la madre de Iberi? —Le preguntó Ojos Grandes, que había entrado por la ventana y se había posado encima de la jaula.
—Sí, sí, ¿es que conoce usted a mi pequeño?
— Ya lo creo que lo conozco y le diré más, tiene usted un hijo muy valiente, Señora lince.
La madre, con lágrimas en los ojos, le preguntaba por su hijo.
— ¿Como está mi hijo, Señora búho?
— No se preocupe, Señora lince, su hijo está muy bien, unos amigos y yo le estamos ayudando. Ahora están esperando fuera del recinto, porque los perros los han olido y no pueden pasar. Intentaré abrir la jaula; si lo consigo no tendrán que entrar ellos.
Después de muchos esfuerzos, Ojos Grandes consiguió abrir la jaula.
Los perros no dejaban de ladrar y el dueño volvió a bajar otra vez. Este con la escopeta en una mano y una linterna en la otra, entró donde estaban los animales encerrados.
—¿Qué será lo que mantiene a los perros intranquilos? —se preguntaba una y otra vez, mientras comprobaba que todo estuviera en orden.
La madre de Iberi aconsejada por Ojos Grandes, se metió en la jaula y ella se salió por la ventana.
El humano entró en un barracón adosado a la casa, que era donde estaba la madre y dejó la puerta abierta. Alumbraba con la linterna a la madre de Iberi y viendo que estaba dentro, no reparó en si la puerta la había dejado abierta.
Ojos Grandes hizo ruido en la ventana que estaba al fondo del barracón, para que el humano se alejara de la jaula, donde estaba la madre de Iberi. Esta aprovechó la ocasión para salir del barracón, por la puerta que había dejado el humano abierta.
El humano, después de intentar averiguar quién o qué, había hecho aquel ruido, se dio por vencido y se marchó del barracón.
Luego se acercó a los perros, que estaban muy nerviosos, e intentó calmarlos. Estos habían olido a la madre de Iberi y estaban marcando el lugar, por donde se había salido de la casa.
La madre de Iberi, cuando se vio fuera de la casa, cambio de semblante y se abrazó a su hijo que la estaba esperando. Le dio un fuerte abrazó y se echó a llorar; Iberi, hizo lo mismo que su madre y después de estar un buen rato abrazados, les presento a Curro y a Hispa.
Para no tener que pasar por el centro del pueblo, dieron un rodeo y se marcharon para casa, por un sitio más tranquilo.
La madre estaba muy contenta de estar libre y poder abrazar de nuevo a su hijo. Iberi y los demás iban también muy contentos, por haber conseguido lo que se habían propuesto.
—Ojos Grandes, llévanos a la casa de Ojos Mágicos, que quiero saludarlo y presentarle a mi madre —le decía Iberi.
—Como tú quieras, pequeño —le respondía Ojos Grandes muy contenta.
Llegaron al chaparro donde vivía Ojos Mágicos y este, que estaba sobre una rama distraído, no vio llegar a Ojos Grandes, que se posó a su lado.
—Hola, Ojos Mágicos.
—Hola, Ojos Grandes, qué susto me has dado —dijo Ojos Mágicos que estaba medio dormido.
—Hemos encontrado a la madre de Iberi y su hijo te la quiere presentar.
Bajaron los dos del chaparro muy contentos, por haberse encontrado de nuevo, luego Iberi le presentó a su madre y estuvieron un buen rato hablando de cosas relacionadas con el secuestro.
—Nos tenemos que marchar —le decía Ojos Grandes a Ojos Mágicos, con una poca de nostalgia.
—Cuando estés seguro de que no hay peligro con el potingue, me avisas, que me gustaría probarlo —decía Iberi y se despedía.
Se dieron un fuerte abrazo y se despidieron de Ojos Mágicos, que se había subido a lo más alto del chaparro, para ver mejor a sus amigos, que se iban alejando. Estos llegaron a su barrio y llevaron a hispa con su gente.
Hispa tenía muchos primos de su misma edad y enseguida se fue con ellos, dando unos tremendos saltos.
Segunda parte
Episodio1 El reencuentro
Habían pasado unos meses y Ojos Mágicos vino de visita a casa de Ojos Grandes.
—He estado probando la fórmula y ha dado el resultado que yo esperaba —le decía muy contento a ojos grandes.
— ¿Pero no tendrá algún efecto secundario, que tú desconozcas?
—Es una combinación de plantas del bosque y no tiene ninguno.
—¿Se lo piensas decir al pequeño lince?
— Sí, se lo diré en cuanto lo vea. Estaba muy interesado en todo esto y pienso que él puede ser, el que mayor provecho le saque a todo esto.
—Pues si tan claro lo tienes, vayamos en su busca, que yo sé donde vive.
Iberi había crecido y se había convertido en un joven muy apuesto, su madre se había hecho muy amiga de Curro y habían salido a dar una vuelta por el monte.
—¿Hola Iberi, cómo te encuentras? —le dijo Ojos Grandes, que se había posado cerca de donde estaba él.
Este estaba soñando con los ojos abiertos, encima de un árbol y al sentir que lo llamaban, lo pilló de sorpresa y un poco más, se cae al suelo.
—Hola amigos, qué alegría me dais.
—Nosotros también estamos muy contentos de poderte ver.
—¿Dónde está tu madre? —le preguntaba Ojos Grandes.
—Ha salido a dar una vuelta con Curro. Mi madre y él, se han hecho muy buenos amigos.
—¿Sigues estando interesado en probar el potingue? —le preguntó Ojos Mágicos.
—Ya lo creo que estoy interesado en probar el potingue —le respondió Iberi, sin vacilar.
—Ya no hay ningún peligro, la he probado con ratones y es fantástica, está a punto para ser probada, cuando tú quieras.
—¿Pero tendré que ir a tu casa?
— Sí, claro, es donde la tengo.
— Cuando venga mi madre, se lo diré y si ella dice que sí, nos iremos enseguida a tu casa.
Había pasado una hora más o menos, cuando apareció la madre y Curro.
Estos se llevaron una gran sorpresa, cuando vieron a Ojos Grandes y a Ojos Mágicos.
Se estuvieron saludando y hablando de sus cosas un buen rato.
—Mamá, me dejas que vaya con Ojos Mágicos, quiere probar su fórmula y piensa que yo puedo ser el más idóneo para hacerlo —le dijo Iberi a su madre.
—¿No será peligroso, probar ese potingue?
— No, mamá, ya ha sido probada con ratones y ha dado un resultado satisfactorio.
—Señora, si yo pensara que pudiera estar en peligro su hijo, jamás lo dejaría probarla.
—Estoy completamente de acuerdo contigo, pero hasta que el potingue no sea probado con más especies, mi pequeño no lo hará.
—Como usted quiera, Señora, la probaremos primero nosotros.
—Nunca ha sido probada por ningún lince y cada especie tenemos diferentes genes. Pruébenla primero ustedes y si va bien, no tendré inconveniente en que mi hijo la pruebe.
Ojos Mágicos, acompañado por Ojos Grandes, se despidió de sus amigos y ambos se fueron hacia la casa de ojos mágicos.
Episodio 2 La fantasía
—Tiene razón la madre de Iberi —le decía Ojos Grandes a su amigo, mientras iban de camino.
—Sí, que tiene razón, la probaremos primero nosotros —le confirmaba Ojos Mágicos.
—La probaremos en mi cuerpo, que tú tienes que controlar la operación, para que todo salga bien —le decía Ojos Grandes a Ojos Mágicos, cuando llegaron al chaparro.
—No, tú no quiero que lo hagas, si sale algo mal, no me lo perdonaría nunca.
—Si tienes fe en tu invento, no tienes por qué preocuparte, ¿o es que no estás seguro de tu invento?
—No es eso, es que no quiero que te pase nada.
—Si sale todo como lo tienes pensado, no debe haber ningún problema.
—Te daré el potingue y que sea lo que tenga que ser. Así me gusta, que tengas fe en lo que has inventado.
Ojos Mágicos sacó el potingue, en un pequeño recipiente de madera y le dio a ojos grandes la cantidad que pensaba y que sería suficiente para un búho.
Ojos Grandes se tomó el potingue y se quedó unos minutos tumbada y muy relajada.
De golpe dio un salto y se incorporó al lado de Ojos Mágicos, que no le quitaba los ojos de encima.
—Salgamos de aquí —le dijo con energía Ojos Grandes y los dos abandonaron el tronco del chaparro.
Cuando abandonaron el tronco del chaparro y como por arte de magia, hubo un destello blanco y Ojos Grandes se convirtió en una hermosa mujer, con una larga melena negra.
Ojos Grandes se miraba las manos y con cara de sorprendida, se acercó a un riachuelo que pasaba cerca de allí, para verse reflejada.
Ojos Mágicos revoleteaba cerca de ella, todo contento.
—¿Cómo te encuentras, Ojos Grandes? —le preguntó, satisfecho por su invento.
—Muy bien, un poco asustada por tan impresionante transformación, pero me encuentro muy bien —le respondía Ojos Grandes.
—¿Habías dicho que con el potingue tendríamos poderes?
— Y los tienes, intenta hacer algo que pienses y se hará.
—El potingue (aparte de la transformación humana), desarrolla al máximo las virtudes de cada individuo.
—No te entiendo.
—Me explicaré. Si tu virtud es la de volar, volaras rápida como el viento, si tu virtud es que ves mucho, veras mil veces más, si corres, correrás como el rayo. Eso quiere decir, que aunque tenga el aspecto de un humano, sigo teniendo la virtud de volar.
—Inténtalo y lo veras —le dijo Ojos Mágicos, convencido de lo que le decía.
Ojos Grandes empezó a elevarse y a dar vueltas por la zona, acompañado por Ojos Mágicos. Mientras daba vueltas por el aire, Ojos Grandes puso en prácticas la virtud de la vista y se dio cuentas, que también se había desarrollado mucho.
—Ostras, veo las cabras saltando en la montañas, como si estuviera yo allí y hay unos cuantos kilómetros; a ver si veo a Hispa, que anda por esa zona.
—¿Y esto durará mucho tiempo? —decía la bella Ojos Grandes, toda contenta.
—No sé, a los ratones les duró cuarenta y ocho horas, más o menos. Pienso que a ti te durará lo mismo, o puede que un poco menos.
—Se lo diremos a la madre de Iberi, que esto funciona de maravillas y que no se preocupe por su hijo —decía la bella Ojos Grandes, muy contenta por el experimento.
—Esperaremos a que te pase el efecto y entonces se lo diremos.
—Sí, es mejor hacer las cosas sin prisas —le contestaba la bella Ojos Grandes.
Acompañada por Ojos Mágicos, que estaba asombrado del resultado de su invento, fueron al pueblo para conseguir ropa para ella.
Estaba completamente desnuda y cuando se hizo de noche y aunque era verano, le entró un poco de frío.
Entraron en una tienda de ropa por la ventana y cuando más tranquilos estaban, probándose la ropa, sintieron pasos humanos. La bella Ojos Grandes, que también había desarrollado el sentido del oído, en unos segundos salió de la tienda, con una bolsa repleta de ropa.
Se había puesto un vestido blanco, que había sacado de la tienda y estaba guapísima, parecía un ángel.
—Caramba, que bien te sienta la ropa, tendré que tomar potingue yo también, para estar a la altura —decía Ojos Mágicos, que se había quedado prendado de su belleza.
Pasaron treinta y seis horas, y Ojos Grandes volvió a su estado natural.
—Se lo diremos a Iberi y a su madre y que no se preocupen, que la he probado yo y es fantástica.
Ojos grandes y Ojos Mágicos fueron a casa de Iberi y le estuvieron explicando lo bien que había ido el invento.
La madre de Iberi, aunque no estaba muy convencida de que su hijo probara el potingue, al final dio el permiso, tan deseado por él.
Iberi, durante el camino, no paraba de hacerle preguntas a Ojos Grandes, acerca de los efectos que había sentido, durante el tiempo que había durado la transformación.
—Es fantástico, todo parece más sencillo y se siente una sensación de poder infinita.
—Me estas dejando perplejo, con lo que me dices.
—Pues aunque no te lo creas, realmente es todavía más impresionante la sensación que se siente.
—Más todavía.
—Como te lo estoy diciendo.
—Pues ahora si que tengo ganas de probar ese potingue.
—Ya falta poco, para que lleguemos al chaparro —dijo Ojos Mágicos, que escuchaba atentamente la conversación.
Cuando llegaron al chaparro era de noche, estaban cansados y lo dejaron para el día siguiente.
Eran las seis de la mañana (del día siguiente) y ya estaba Iberi dando vueltas por el chaparro. Había estado toda la noche sin pegar ojo, pensando en los poderes del potingue. Y cuando los primeros rayos de sol se empezaron a entrometer entre las verdes hojas del chaparro, no se pudo aguantar y se levantó.
Sobre la siete de la mañana, se levantaron Ojos Grandes y Ojos Mágicos.
—Buenos días Iberi —le dijeron los dos a la vez.
—Buenos días, amigos —respondió Iberi, muy contento.
Episodio3 Iberi se toma el potingue
Sobre las diez de la mañana, Iberi con cara de entusiasmo, se estaba tomando el potingue.
Ojos Grandes y Ojos Mágicos, contemplaban como Iberi se la estaba bebiendo, sin poner pero alguno.
Pasaron unos minutos y empezó la transformación. Iberi se iba transformando en un apuesto joven.
Cuando se hubo transformado, se acercó al riachuelo que pasaba cerca de allí, para igual que había hecho Ojos Grandes, ver su imagen reflejada en el agua.
—Según dices, esto desarrolla todas las virtudes positivas, que tiene el animal que lo haya tomado.
—Sí, tú prueba las virtudes que creas que tengas y veras que cambio más sustantivo obtienes.
—Es cierto lo que dices, la vista es una de nuestras mayores virtudes y estoy mirando las montañas que se ven a lo lejos y parecen que estén aquí al lado.
—La agilidad es otra de nuestras virtudes, espero poderla probar pronto.
—Los humanos al no tener plumas, deben pasar frío, por que me estoy quedando helado.
— Si tienes frío, ponte algo de ropa, de la que traje el otro día.
—¿Donde está, que veré si me sirve algo?
— Espera un poco, que la sacaremos de dentro del chaparro.
Ojos grandes bajo del chaparro un vestido de mujer.
—Pero esto no me servirá, es un vestido de mujer —decía Iberi.
—Ya se que es un vestido de mujer, pero es todo lo que tenemos.
— ¿Está muy lejos el pueblo?
—No mucho.
— ¿No te importa, si lo transformo en algo de chico?
— No, puedes hacer lo que quieras con él.
El vestido era color marrón claro y se había hecho unos taparrabos con él.
Iberi estuvo durante el verano haciendo todo tipo de pruebas y probando todos sus poderes. Uno de los poderes del potingue que había descubierto, era el poder transformar a otros animales, o personas.
Había transformado a un lobo, que merodeaba cerca de ellos, en un simpático perrito.
—Cuando no haya peligro, te devolveré a tu estado natural —le decía Iberi al lobo.
Había pasado el verano y estaban llegando los fríos del invierno.
—Iré al pueblo y cogeré alguna ropa para cuando me transforme, que empiezo a tener frío.
—Vale Iberi, te acompañamos al pueblo.
Llegaron al pueblo y se encontraron con todos los establecimientos cerrados. Era festivo y estaban todos los del pueblo escuchando un discurso político. Faltaban varios días para la campaña y algunos políticos ya estaban haciéndola. Hablaban de lo buenos que eran sus programas y lo malos que eran los de los demás partidos.
Iberi estaba detrás de todos y no se pudo aguantar, al escuchar decir tantas mentiras al político que estaba hablando.
—Perdone señor, pero eso que usted está diciendo, sobre la mejora del medio ambiente, no se lo cree ni usted —le dijo Iberi, con voz firme y rotunda.
La gente, al oír con la firmeza que fueron pronunciadas aquellas palabras, se dieron medía vuelta y vieron a Iberi, que con unos taparrabos y una especie de capa que se había hecho, para taparse la parte de arriba del cuerpo, era el que había hablado.
—¿Usted con esa extraña pinta, quien coño es, para tratarme de mentiroso? —dijo el político, quitándose unas gruesas gafas que llevaba puestas.
—Me llamo Iberi y se lo puedo demostrar cuando usted quiera, que el medio ambiente está ahora peor que hace cinco años, que fue cuando usted cogió el poder y no, como usted está diciendo.
—¿Usted a qué partido político pertenece, al de los mendigos desheredados? —le preguntó el político, con una triste sonrisa.
—No pertenezco a ningún partido, ni de mendigos, ni de nada, sólo que cuando la gente como usted, no dice la verdad, me sienta muy mal.
—Joven, si no le importa, ¿puedo seguir con el discurso? Gracias, y si digo la verdad o no, ya lo aclararemos en otro momento—le dijo el político un tanto desorientado y tartamudeando, ante la firmeza del joven.
Cuando el político llevaba unos quince minutos hablando, fue nuevamente interrumpido por Iberi.
—Lo que usted está diciendo, sobre la conservación de los animales, no se ajusta a la verdad. Le digo eso, porque en los últimos años ha empeorado todo lo relacionado en la conservación de los animales y usted, está diciendo lo contrario. Hay especies en vías de extinción, que hace unos años no estaban y hoy sí —le dijo Iberi con firmeza.
El político, viendo que estaba perdiendo credibilidad antes sus posibles votantes, de muy mal humor, dio el mitin por concluido.
Minutos más tarde y fuera de la tribuna, entabló una fuerte pelea dialéctica con Iberi.
La gente al oír la fuerte discusión, fue haciendo un círculo alrededor de ellos. El político, viendo que Iberi se lo estaba comiendo políticamente (como vulgarmente se dice), optó por marcharse y dar la pelea por perdida. Luego, un gran grupo de gente, entusiasmada por las palabras que Iberi le había dicho al político, lo animaban para que se presentara como independiente, a las próximas elecciones.
—¿Cuantos días faltan, para que acabe el plazo de la inscripción?
—Faltan dos días —le respondía uno de los presentes y futuro votante, en caso de que el se presentara.
—Son muy pocos días, para preparar una candidatura. En las próximas elecciones si no hay problemas, me presentaré —respondía Iberi, a las preguntas de los vecinos.
El político que había sido ridiculizado por Iberi, era don Bernardo, un señor de unos cincuenta y cinco años de edad, más o menos, con el pelo blanco y de contusión gorda. Era el presidente del partido que estaba gobernando en el pueblo y dueño de varias empresas dedicadas a la construcción. Se presentaba de nuevo a las elecciones y aunque faltaban varios días para poder hacer campaña electoral, se estaba aprovechando de su condición de gobernante en funciones y bajo justificación que no se lo creía ni el mismo, ya estaba haciendo campaña electoral.
Iberi, que una de las virtudes que había desarrollado era el oído, al pasar por delante de la sede del partido gobernante, escuchaba al presidente muy enfadado, hablando de lo que había pasado en la plaza.
Unas horas más tarde, el presidente había reunido a todos los pesos pesados de su partido y estaban examinando, el revés que había recibido durante el discurso de la plaza.
—Si no se presenta ese joven y no creo que pueda hacerlo nunca, no hay porque preocuparse —le decía el segundo de la lista, al presidente. Un tal Francisco Olivares, de unos sesenta años de edad, con el pelo blanco, igual que lo tenía don Bernardo. Dueño de una de las mayores fincas de la región y donde había uno de los mayores cotos de caza del país.
—No me preocupa ganar las elecciones, de hecho, pienso que las ganaremos; lo que me preocupa, es cómo he quedado delante de mis electores —le respondía el presidente, con un cabreo de mil demonios.
—No pensaba que te hubiera afectado tanto lo de ese joven —le decía otro de su partido, el tercero de la lista, un tal José Peinado, dueño de varios hoteles en la costa y uno en la ciudad, en la cual el vivía. Soltero, también de cincuenta y pico de años de edad y como los otros dos compañeros del partido, también con el pelo blanco.
—Mañana habíamos quedado en ir de caza a tu finca —le preguntaba el presidente, al segundo de la lista, que era Francisco Olivares.
—Sí, y además te irá muy bien, que sea mañana cuando vayamos de caza, para que te despejes y se te aclaren esas ideas tontas que tienes metidas en la cabeza —le contestaba el dueño de la finca.
Serían las cinco de la mañana, cuando el presidente era recogido en la puerta de su casa, por don Francisco en un todo terreno.
Iberi lo había estado escuchando todo lo que habían estado hablando y a la mañana siguiente, los fue siguiendo al coto de caza.
La finca estaba del pueblo a unos doscientos cincuenta kilómetros más o menos y llegaron a ella sobre las ocho y media de la mañana.
Habían llegado a la finca en tres todo terreno, con cuatro personas en cada uno y todos eran compañeros del partido.
Los estaban esperando el capataz y varios jornaleros, que tenían encendido un gran fuego, en medio de una plazoleta que había en la puerta del cortijo.
—Buenos días, don Francisco —le dijo el capataz.
—Buenos días, Juanito, ¿todo en orden?
— Si, don Francisco, está todo preparado.
—¿Los perros qué tal?
—Muy bien, he incorporado tres más, que son muy buenos.
—Bien, bien, Juanito.
—Si no le importa, hoy desayunaremos primero.
—Como usted diga, don Francisco, lo tenemos todo preparado.
El capataz, ayudado por su mujer y varios jornaleros, trajeron la carne y la fueron asando en el fuego que habían preparado en el centro de la plazoleta.
Las botas de vino no paraban de dar vueltas y los huesos y desperdicios, estaban llenando un barreño, que había puesto el capataz para tal fin.
Sobre las nueve y medía de la mañana, de un nublado día y, bajo una espesa niebla, se pusieron en movimiento.
Cuando llegaron a la cima de aquella loma, que estaba del cortijo a un kilómetro aproximadamente, se fueron distribuyendo los puestos.
Don Francisco y don Bernardo se pusieron juntos, en el puesto más privilegiado del coto. Desde allí, eran los primeros que veían llegar, a los asustadizos animales.
Los jornaleros habían bajado a un riachuelo que estaba a unos dos kilómetros del cortijo y venían haciendo ruido hacía arriba, asustando a todos los animales que había. Estos, ajenos al peligro que corrían, se iban acercando a los puestos, donde estaban los cazadores camuflados entre los arbustos, que sin contemplaciones, los irían matando.
Don Francisco y don Bernardo estaban muy entusiasmados esperando que le llegaran dichos animales, cuando Iberi se dirigió a ellos.
—Buenos días, Señores —les dijo con voz firme y seca.
Estos, que estaban viendo cómo se iban acercando los animales, se llevaron un susto de miedo, al sentir la voz de Iberi.
—Buenos días —respondieron los dos sobresaltados—¿Y que coño haces tú aquí? —añadió don Bernardo, cuando lo reconoció.
—He querido venir para ver como se divierten ustedes y por lo que estoy viendo, pienso que vuestra diversión es muy triste. Si esto lo hacen como deporte, pocas grasas perderán ustedes, sentados en esos taburetes, y si la hacen como diversión, poca diversión es matar a indefensos animales.
—Cada uno se divierte como le da la gana, no creo que te importe mucho como nos divertimos nosotros.
—No, ni mucho menos me importa, como se divierten ustedes. Lo que si me preocupa, es que para que ustedes se diviertan, tienen que morir indefensos animales.
—¿Usted no será un ecologista de esos, que todo le molesta y que si por ellos fuera, estaríamos todavía en la edad de piedra?
—No, no soy ecologista, pero gracias a personas como ellos y a la lucha que llevan contra los gobiernos por conservar la naturaleza, está usted respirando aire puro en el bosque y sus hijos pueden contemplar la casi totalidad de animales vivos de la tierra. Digo la casi totalidad y no la totalidad, por que hay muchas especies en vías de extinción, por culpa de gente sin escrúpulos como vosotros. Que solo piensan en ellos mismos y en amasar la mayor cantidad de dinero posible, aunque para ello hagan desaparecer especies, que llevan viviendo en la tierra millones de años.
—Váyase con el rollo a otra parte y déjanos tranquilos, si no quieres que haya un accidente de caza.
—Don Francisco, si usted quiere, se me puede escapar un tiro a mí —le decía uno de su partido, que viendo a Iberi hablar con ellos, se había acercado y había escuchado lo que Iberi le había dicho.
—No hace falta, aunque si no se marcha pronto, me lo pregunta de nuevo —dijo don Francisco con una sátira sonrisa y añadía—: No estamos infligiendo ninguna ley, estamos en época de caza y podemos cazar lo que nos venga en gana. Por lo tanto, déjenos tranquilos y lárguese de aquí de una puñetera vez, que está usted en una finca privada, mi finca. Porque donde usted esta pisando es mío, a ver si se entera de una vez —le decía don Francisco, alzando la voz y con tonos desagradables.
Varios de los compañeros del partido, cuando escucharon que don Francisco estaba pegando voces, fueron acercándose a donde estaba Iberi
—Hombre, si es el jovencito charlatán del otro día —le decía uno del partido, que se estaba acercando.
En pocos minutos se habían reunidos todos alrededor de Iberi, los cuales al estar todos juntos y en mayoría, se fueron envalentonando.
—Ahora jovencito sabiondo, si eres tan valiente, dime lo que me dijiste en la plaza, eso de que soy un mentiroso —le dijo el presidente con ironía, como queriendo limpiarse la mancha intelectual que le había propinado Iberi, delante de su gente.
Los doce estaban alrededor de Iberi insultándole y haciendo simulados con las escopetas de caza, contra él.
—Dejarme marchar, si no queréis tener serios problemas conmigo, que todos sois escoria humana. Si supieran la clase de gente que sois, no os votaría nadie, aunque os presentarais un millón de veces.
Uno de los más exaltados del grupo, no se pudo aguantar y le pegó a Iberi con las culatas de la escopeta en la boca del estomago y este cayó al suelo dando un fuerte grito de dolor.
—Si quiere usted don Bernardo, le pego un tiro y me lo cargo, así se acaban los problemas. Luego, con decir, que ha sido un accidente de caza y poniéndose todos de acuerdo, en contarle la misma historia a la policía, no os pasará nada. ¿Que me responde usted, don Bernardo, le atizo?
—No, matarlo no, que eso puede traernos serios problemas, le pegáis una buena paliza, pero sin pasarse; luego le recordáis, que si lo vemos de nuevo por el pueblo, entonces si que acabaremos con él.
Episodio 4 El baile de las perdices
Tres de los más violentos del partido, se disponían cumplir las órdenes que había dado don Bernardo, cuando fueron transformados por Iberi, en unas bonitas perdices. El resto del grupo, que caminaba hacía sus puestos de caza, al percibir un fuerte destello de luz blanca, se dieron media vuelta, siendo también transformados en perdices.
—Habéis visto, lo insignificante que puede ser una persona y cómo le puede cambiar en cuestión de segundos, el signo de la vida. Lo pronto que a una persona le puede atropellar un coche y matarlo, lo pronto que le puede dar un infarto y morirse, lo pronto que le puede entrar una enfermedad incurable, lo pronto que puede perder su persona, como vosotros la habéis perdido. Nunca se debe ser tan arrogante en la vida, como lo habéis sido vosotros, hay que pensar un poco más en los demás. Vosotros hasta ahora, sólo habéis pensado en vosotros mismos y nunca os ha importado nadie, ni votantes, ni animales, ni medio ambiente, nada, sólo os ha importado vosotros y sólo vosotros. El mundo es muy grande y nadie por mucho que coma, se lo comerá nunca, aunque hay mucha gente, que si por ellos fuera, solo comerían ellos. Ahora os voy a dejar aquí en el bosque unos días y solo estaréis acompañados por sus peligros, con los cuales muchos animales, por desgracia, tiene que convivir toda su vida. Hasta tres días antes de las elecciones, estaréis aquí en el bosque, como perdices a todos los efectos, yo os vendré a buscar ese día y los que hayáis sobrevivido hasta entonces, seréis devueltos a vuestro estado natural. Os quiero dar un consejo antes de irme, la veda de la perdiz esta abierta y aquí suelen venir muchos cazadores furtivos, aparte los depredadores naturales vuestros como las águilas, zorros, búhos, linces, gatos monteses, etc. etc. ¡Ah!, se me olvidaba lo de la comida. Tendréis que preguntarles a vuestras compañeras las perdices, y que os digan, qué se suele comer por esta época del año y así sabréis lo difícil que es conseguir comida, cuando se tiene tan poco.
Bueno os dejo, suerte y hasta el día señalado.
Todas las perdices tenían la cabeza negruzca, menos don Bernardo, don Francisco y don José, que las tenían blancas.
Los jornaleros que habían sido contratados para acercarles las piezas a los cazadores, subían la loma bastante desorientados, al no sentir ningún disparo, cuando estaban viendo subir muchos animales.
—Manuel, no sé qué le habrá pasado a esos señoriítos, pero todavía no han pegado ni un tiro —le preguntaba Juan, que era otro jornalero de unos cuarenta años de edad.
El ruido de los jornaleros se hacía cada vez más intenso y el ladrido de los perros cada vez más insoportable, para don Bernardo y demás compañeros.
—Don Bernardo, si no salimos pronto de aquí, seremos comidos por esos hambrientos perros, que se nos están acercando.
—Nunca me han dado miedo los perros.
—Ya se don Bernardo, pero ahora no somos humanos, somos perdices a punto de ser cazadas, si no espabilamos —le contestaba don José.
Don Bernardo intentó levantar el vuelo, pero estaba muy gordo y no pudo. Todas las perdices salieron volando, menos las tres de la cabeza blanca, que por un motivo u otro, no pudieron levantar el vuelo.
—Si no podemos volar, tendremos que salir corriendo y escondernos en algún sitio que sea seguro —les decía don Bernardo a sus dos compañeros.
—Iremos al cortijo, allí hay sitios donde podremos escondernos —decía don Francisco.
Los tres asustados por los ladridos de los perros y por algunos depredadores que pasaban corriendo cerca de ellos, emprendieron el camino hacía el cortijo.
—Iremos al granero, así tendremos comida —decía don Francisco, cuando llegaron a las inmediaciones del cortijo.
—Vaya usted delante, que sabe donde está el granero —decía don José.
—¿Viene una mujer?
— Si, es la señora Josefa, la esposa de Juanito, el capataz que tengo en el cortijo. ¿Le podemos decir quienes somos y el problema que tenemos?
—No creo que resulte; pensar lo que hacíamos nosotros, cuando veíamos una perdiz cerca —decía don José.
—Es verdad, no creo que nos diera tiempo explicarnos —decía don Francisco.
—Si nos ve la señora Josefa, intentará cazarnos, como haríamos nosotros —le respondía don Bernardo.
—Vigilar, que no nos vean los perros del cortijo, que hay varios pastores alemanes muy grandes —decía don Francisco.
No acabaron de decir lo de los perros, cuando fueron sorprendidos por uno de ellos, que de un fuerte ladrido, les metió el susto en el cuerpo.
Los tres salieron corriendo, metiéndose por una gatera que había en la puerta del granero.
El perro se quedo fuera del granero, ladrando en la puerta.
—Deja tranquilo a los gatos, Columpio, que si no fuera por ellos, los ratones se comerían todo el grano.
El perro, haciendo caso sumiso a su dueña, dejo de ladrar y se marchó hacía la puerta de la entrada.
La señora Josefa (era una señora de unos cincuenta años de edad, con el pelo negro canoso y bien metida en carnes, (es decir gorda). Era de aquellas mujeres que llevan siempre puesto el delantal, aunque esté de fiestas. Estaba dando de comer a las gallinas, cuando llegó su marido con varios jornaleros
—Josefa, Josefa.
—Qué pasa, Juanito, con tantas voces. (Juanito en cambio, era delgado, con cara de aniñado, también de unos cincuenta y pocos años de edad)
—No sé qué habrá pasado Josefa, pero han desaparecido todos los señoriítos.
—¿Cómo que han desaparecido todos los señoriítos? ¿No habrás estado levantando el codo otra vez?
— No, Josefa, que ahora me he convertido en un abstemio y solo bebo agua y leche.
—Acércate que te huela el aliento, a ver lo abstemio que te has convertido.
—Hay que ver lo pesada que llegas a ser, siempre con lo mismo.
—No lo dirás con segundas, lo de pesada.
—Como te voy a decir eso Josefa, con lo que me gustan a mí, las mujeres rellenitas —le dijo Juanito dándole un palmetazo en el culo.
—No me seas tan zalamero, que te conozco Juanito, y explícate un poco mejor, que no te entiendo ni papa —le contestó Josefa, riendo un poco.
Es decir, le había gustado el palmetazo que le había dado Juanito en el culo.
—Si Josefa, como te lo estoy diciendo, han desaparecido todos, como por arte de magia. Y lo más raro de todo, es que han dejado las escopetas en los puestos, Josefa, porque aquí en el cortijo, no estarán.
— No, no, aquí que yo sepa, no ha venido nadie.
—¿Josefa, tendremos que llamar a la policía?
— Juanito, si es verdad lo que me dices y por la cara que traes, debe ser verdad, lo mejor será llamarlos y pronto.
—¿Qué ha sido ese ruido?— exclamó don Bernardo.
—Me ha parecido un ratón, don Bernardo —le contestó don José.
—Si, son ratones que están comiendo trigo —verificó don Francisco.
—Esos roedores no me preocupan, los que de verdad me preocupan son los gatos, que esos si que cazan perdices —decía don Bernardo, levantando la cabeza y mirando para los lados.
—Se siente ruido de coches —dijo don Francisco.
—Sí, miremos por la ventana a ver quien viene —dijo don Bernardo.
Los tres se subieron a la ventana del granero, que estaba a unos dos metros del suelo. Desde allí pudieron contemplar como llegaba un coche de la guardia civil, del cual bajaron cuatro guardias civiles. Al mando del grupo venía un sargento, que bajó por la parte derecha del coche.
Cuando más distraídos estaban, contemplando a los guardias civiles, se presentaron dos enormes gatos negros, que al verlos en la ventana, intentaron cazarlos.
Uno de los gatos dio un fuerte salto, alcanzando el bordillo de la ventana. Este cayó al lado de don Bernardo y compañía. Estos, que se llevaron un susto de muerte, al ver tan cerca de ellos los bigotes del gato, emprendieron el vuelo como pudieron.
Era la primera vez que volaban, e iban sin control alguno. Pasaron cerca de donde estaban los guardias civiles, hablando con Juanito y Josefa.
—Qué perdices más raras, nunca había visto esta clase, de cabeza blanca —dijo Juanito, que veía como las perdices pasaban junto a su cabeza.
—Parece que tengan daño en las alas.
— Sí, eso parece, porque van volando con dificultar —dijo el sargento.
—A lo mejor están enfermas y por eso tienen la cabeza blanca —dijo Juanito.
—Si, es posible que sea eso —le respondió el sargento.
Después de haberles explicado al sargento todo lo que sabían del asunto, este les dijo que les acompañasen, hasta donde decían que habían desaparecido los señoriítos.
—Tú, Josefa, quédate aquí, por si vienen los señoriítos, mientras nosotros los buscamos por el bosque.
Juanito y dos jornaleros se subieron en el Land Rover de la guardia civil y el resto se quedó en el cortijo, acompañando a Josefa.
—Aquí en este puesto estaba don Francisco y don Bernardo. Siempre que vienen suelen coger este, porque dicen que es el mejor de todos; el resto estaban a continuación, en esos puestos que se ven más adelante, que es de donde hemos cogido sus escopetas.
La noche estaba llegando y la guardia civil dejó la búsqueda para el próximo día. El día había sido bastante fresco y la noche cuando desapareció el sol, convirtió en una nevera, todo el bosque.
—Tenemos que estar vigilantes y no ser sorprendido por ningún depredador —decía don Bernardo, con el pico tembloroso por el frío.
—Si no nos come algún depredador, moriremos de frío —le respondía don José, que además del pico, también le temblaba todo el cuerpo.
—Tendremos que volver al cortijo, allí estaremos calientes y sólo tendremos que vigilar a los gatos —decía don Francisco.
Los tres, además del frío que estaban pasando, estaban asustados y todos los ruidos que sentían, les parecía que era de algún depredador que se les acercaba.
—No sé si será falta de costumbre, pero si las perdices viven toda su vida, como nosotros estamos pasando esta noche, no me gustaría ser una de ellas —decía don Bernardo.
No había luna y la noche era tan oscura, como la boca de un lobo.
—No lo pensemos más y regresemos al cortijo, allí tendremos más posibilidad, de llegar al día en que de nuevo seamos humanos —decía don José, que como sus compañeros, estaba temblando y asustado.
—¿En qué dirección está el cortijo?, porque con lo oscura que está la noche, no se ve ni torta —decía don Francisco.
—Pues si tú no lo sabes, que eres el dueño del cortijo, pregúntamelo a mí, que yo, sí que no tengo ni idea —le respondía don Bernardo, preocupado.
—Yo pienso que es por ese lado —sugería don José.
—No, no, por ese lado nos alejaremos más —le respondía don Francisco.
Estuvieron un rato hablando, para no equivocarse en la decisión del camino a seguir y cuando los tres estuvieron de acuerdo, en que elegían el mejor, emprendieron la marcha.
Llevaban un rato andando a oscuras y tropezando con todo, cuando fueron sorprendidos por un gato montés, que de un zarpazo le peló un poco la cabeza a don Bernardo. Los tres, con el susto en el cuerpo por el zarpazo del gato y sin saber a donde iban, emprendieron el vuelo a oscuras.
Habían volado unos doscientos metros, cuando chocaron con las ramas de un chaparro, cayendo los tres al suelo.
—Vaya tortazo que nos hemos pegado —decía don José, sacudiéndose las plumas.
—Y que lo digas —confirmaba don Francisco, que hacía lo mismo.
—No sé si me lo hizo el gato, o la caída que hemos tenido, pero me siento la cabeza pelada —decía don Bernardo.
—Espero que no haya ningún depredador cerca y podamos descansar un poco —exclamaba don Bernardo, que se sentía agotado.
—Hay que ver lo oscura que está la noche, no se ve ni torta —decía don José, que intentaba orientarse.
—Lo mejor será no moverse en toda la noche, por que igual, nos estamos separando cada vez más del cortijo —respondía don Francisco.
—Podemos turnarnos durante la noche, dos duermen y uno vigila, así podremos descansar un poco —decía don Bernardo.
Envuelto en una blanca niebla, llegaba el día y el cantar de los pájaros, con sus bonitas melodías, despertaba los corazones que aún dormían.
—Despertar, que ya es de día —decía don Bernardo, que le había tocado el último turno.
—Caramba, qué niebla más espesa, no se ve ni torta —decía don Francisco. —
—Con la noche tan oscura que hemos tenido y ahora esta espesa niebla, no encontraremos el cortijo nunca —decía don José.
—Tendremos que esperar, hasta que se quite la niebla, para intentar ir al cortijo —decía don Bernardo.
—Yo lo que tengo es mucha hambre, si pronto no como algo, me desmayaré —decía don Francisco.
—Busquemos comida —decía don José.
—Si no sabemos lo que tenemos que comer—le respondía don Francisco.
—No, nos pongamos nerviosos, las aves comen semillas e insectos, por lo tanto si ahora somos aves, ya sabemos lo que tenemos que comer —les decía don Bernardo.
—Llevas razón, don Bernardo, pero con el hambre que tengo, se me está comprimiendo el cerebro —contestaba don Francisco.
—Dejémonos de habladuría y busquemos comida —les volvía a decir don José.
—Llevamos dos horas buscando comida y a menos yo, no he sido capaz de encontrar nada más que unos saltamontes —decía don José, que cada vez estaba más hambriento.
Los rayos de sol iban diluyendo la espesa niebla y la visibilidad del día, se estaba haciendo cada vez más nítida. El azul del cielo empezaba a predominar en el horizonte, salpicado por unos puntos blancos agrisados.
—¿Don Francisco, ahora que se ha ido la niebla, podemos saber dónde estamos? —Le preguntaba don José.
—Sí, espero que me sepa orientar, porque la finca la compré para ir de caza y sólo conozco algunos puntos de la misma —le respondía don Francisco.
—Pues lo tenemos claro, si no sabemos por donde está el cortijo —decía don Bernardo.
—Subamos aquel cerro, igual se ve el cortijo desde allí —decía don José.
Los tres emprendieron el viaje hacia el cerro y cuando iban llegando a la cima, se encontraron con dos cazadores furtivos, que habían subido por la parte opuesta y estaban bajando.
—Don Bernardo, escóndase bajo estos matojos, que vienen dos cazadores furtivos —decía don José, que se había percatado de la presencia de los cazadores furtivos.
—¿No traerán perros? —decía don Bernardo.
—No, sólo vienen ellos —afirmaba don Francisco.
Los cazadores, con las armas en la mano, pasaron a unos tres metros de ellos.
—Si fuéramos perdices, hubiéramos salido volando y los cazadores nos hubieran acribillado a tiros —decía don José.
—Ya lo creo que nos hubieran acribillado, esos desgraciados —le respondía don Bernardo.
—Gracias a dios que nosotros tenemos inteligencia y podemos ver esos peligros —decía don Francisco, en un tono de preocupación.
Los tres subieron a la cima del cerro, con la intención de poder ver el cortijo, o algo conocido, para poderse orientar.
—No se ve vivienda alguna y el único que puede reconocer la zona en la que estamos, es usted, don Francisco —le decía don Bernardo.
—Ya sé que me haríais esa pregunta, pero ya os dije antes, que la finca la compré para ir de caza y sólo conozco los lugares donde nos lleva Juanito, que son los mejores para dicha actividad ¿Qué donde estamos? la verdad, no sé si esto es de mi finca, o no.
—Pues lo tenemos claro, como nos tenga que sacar de aquí, el dueño de la finca —le decía don Bernardo, con una poquita guasa.
—No me lo diga usted de esa manera, que bastante tengo ya —le respondía don Francisco, que se había mosqueado, por lo que había dicho don Bernardo.
—No se mosquee Francisco, que lo digo de broma.
—Pues no me gusta que hagas bromas con esas cosas.
—Perdona, Francisco, no era mi intención hacerte enfadar.
—Pues si no era tu intención, lo has disimulado muy bien.
—Veo que te ha sentado muy mal, lo que he dicho.
—La verdad que sí. Estamos todo el año viniendo a la finca y porque no la conozco bien, fuera de los cotos, casi me has tratado de gilipollas.
—Perdona chico, pero si no cambias el chip, el que se cabreará de verdad, seré yo —le respondía don Bernardo.
—Dejar las peleas para otro momento, que ahora lo que hay que intentar, es encontrar el cortijo —les decía don José.
Estuvieron analizando la zona, intentando ver algo conocido, pero después de haber estado un buen rato, no consiguieron ver nada.
—Yo creo que el cortijo, está en aquella dirección —decía don José.
—Yo diría que sí —le confirmaba don Bernardo.
—Yo creo que no, pero os haré caso y cogeremos ese camino —decía don Francisco.
El día cada vez se estaba poniendo más frío y el cielo se estaba cerrando con nubes blancas.
—No me gusta como se está poniendo el día, si sigue haciendo tanto frío, seguramente nevará —decía don José.
No había pasado mucho rato, cuando empezaron a caer pequeños copos de nieve, que se fueron haciendo cada vez más grandes.
El bosque se estaba volviendo blanco y el camino imposible para seguir andando.
—Tendremos que buscar un refugio, para pasar la noche —dijo don Bernardo.
—Sí, y comida, que estoy hambriento —le respondió don Francisco, que todavía no había conseguido quitarse el hambre.
—Sí, que yo también tengo mucha hambre —decía don José.
—Pues si no hemos encontrado comida, con todo descubierto, ahora que está tapado con la nieve, lo veo muy difícil que encontremos —les contestaba don Bernardo y añadía—: Si no encontramos pronto el cortijo, con lo torpes que somos los tres, moriremos de hambre, o de frío.
Se había quedado todo el bosque blanco y un fino viento soplaba las copas de los árboles. Los tres buscaban comida y un lugar donde pasar la fría noche, que se acercaba. Habían elegido el resguardo de una vieja encina y buscaban bellotas junto a su enorme tronco.
Tuvieron suerte al encontrar bellotas junto al tronco, que se mantenía sin nieve y así pudieron saciar el hambre.
Nunca lo hubiera pensado, que me saldría tan buenas, unas bellotas —decía don Francisco, que saciaba el hambre acumulado.
Habían saciado el hambre y acurrucados junto al tronco, se disponían pasar la noche, cuando fueron sorprendidos por una culebra.
Había cogido por un ala a don Francisco, que revoleteaba fuertemente, sin poderse escapar de ella. Don Bernardo y don José, del susto que se llevaron, emprendieron el vuelo, cayendo a unos treinta metros de distancia.
—Tenemos que ayudarlo y tiene que ser pronto —decía don José, que se le había puesto el corazón a doscientos.
—Vayamos rápido en su ayuda —dijo don Bernardo y dando un pequeño vuelo, los dos cayeron al lado de don Francisco, que le empezaba a faltar aire, al tenerlo la culebra completamente envuelto.
Los dos en un ataque de algo, que pocas veces habían tenido, empezaron a picotear a la culebra, que poco a poco fue soltando a don Francisco, gracias a la insistencia y valentía que pusieron. Este fue recuperando el aliento y de un fuerte tirón, consiguió soltarse de la culebra.
Con el ala derecha mal herida y dando pequeños va y vienes, don Francisco consiguió alejarse unos metros de la culebra.
Esta con la valentía que había sido atacada, por don José y don Bernardo, se vio derrotada y se marchó entre la maleza, en busca de una presa más fácil.
—Aún es de noche y con la nieve que hay, no podremos alejarnos mucho —decía don José.
—Es verdad, y aparte de la nieve que hay, no se ve ni torta. Creo que lo mejor será quedarse aquí, hasta que amanezca —le respondía don Bernardo.
Don Francisco estaba mal herido física y anímicamente y lo de quedarse bajo el árbol, no le hacía mucha gracias.
—Pienso que donde correremos menos peligro, es aquí bajo el árbol. Aquí al menos no pasaremos frío y no creo que tengamos tan mala suerte, de que esta noche, nos visite otro depredador —decía don José.
Aunque don Francisco estaba muy reacio a quedarse y seguía con el miedo metido en el cuerpo, al final se pusieron de acuerdo, en terminar de pasar la noche bajo el árbol y acurrucados entre ellos al lado del tronco, fueron pasando la fría noche en calma.
A la mañana siguiente, todo amaneció blanco y al estar don Francisco con el ala herida decidieron quedarse en aquel lugar, hasta que el tiempo mejorase.
Llevaban cinco días sin poder abandonar el árbol y estaban desesperados.
—Si el tiempo no mejora, nos tendremos que marchar como sea —decía don Bernardo.
—¿Aun te duele el ala? —Le preguntaba don José a don Francisco.
—Si, aunque mucho menos, si hay que salir volando, estoy preparado.
—Hoy no ha nevado y ha hecho buen día, mañana saldremos, pase lo que pase—decía don Bernardo.
A la mañana siguiente el día amaneció despejado y los rayos de sol poco a poco, fueron iluminando y calentando aquel frío bosque, que llevaba varios días con aquel bonito manto blanco.
—Eh, despertar, que tenemos que irnos—decía don José, que llevaba un rato despierto.
—¿Que tal esa ala, don Francisco? —le preguntaba don José.
—Aún me duele un poco —le respondía don Francisco.
—Si tenemos que ir andando, será mejor irnos ya —decía don Bernardo.
Los tres, sin saber el rumbo que tenían que coger, emprendieron el camino a través de la nieve. El día era bastante agradable y el sol se reflejaba en la blanca nieve, a la cual iba derritiendo lentamente.
Los claros sin nieve se iban haciendo cada vez más grandes y el poder caminar por el bosque, cada vez era más agradable.
—Tengamos cuidado con las águilas, que por esta zona suelen haber muchas—dijo don Francisco, mirando hacia el cielo.
—¿Pero si no sabes por dónde estamos, cómo sabes lo de las águilas? —le respondió don Bernardo
—Toda la zona, está habitada por águilas —le respondía don Francisco.
Las palabras de don Francisco, les había puesto la mosca en la oreja y no dejaban de mirar hacía arriba.
Tanto vigilar la parte de arriba, que habían descuidado la parte de abajo y fueron sorprendidos por un joven zorro, que sólo su inexperiencia evitó coger alguno. Estos iban bajando un cerro mirando hacia arriba y al ver el joven zorro tan cerca, alzaron el vuelo como pudieron. Don Francisco, que aún llevaba un ala herida, mantuvo el tipo y aterrizo junto a sus compañeros.
—No ganamos para sustos. Pobre vida la de los animales, que están siempre rodeados de tantos peligros — decía don José.
—Y que lo digas— decía don Bernardo.
—Mirar, esto lo conozco, el cortijo está tras esos cerros —decía don Francisco.
Cuando iban llegando a las inmediaciones del cortijo, se encontraron con el resto de compañeros, que habían pasado todo el tiempo camuflados en un riachuelo, donde había agua y bastante comida.
—¿Estáis todos bien? —les preguntó don Bernardo.
—Sí —le respondía uno del grupo.
—Nosotros lo hemos pasado muy mal, hemos tenido de todo, frío, miedo, hambre —decía don Francisco —. Nosotros, los primeros días también lo pasemos muy mal, fuimos atacados por varias águilas, que estuvieron a punto de cogernos y también por un lince, que después de haber pillado a don Carlitos, lo soltó. No le debió gustar la carne gay —dijo en un tono despectivo.
—No se meta usted con las inclinaciones sexuales, Señor Alberto, que tiene todas las de perder —le decía don Bernardo —.
—Nosotros queremos ir al cortijo, allí estaremos protegidos del frío y de los depredadores. Bueno, no de todos los depredadores, que allí están los gatos —decía don Francisco.
—Siempre será mejor tener un enemigo, que varios —decía don Bernardo.
—Nosotros hemos estado todo este tiempo, muy tranquilos aquí. Desde que Carlitos fue atacado por el lince, no hemos visto depredador alguno—decía don Alberto.
—Nosotros lo intentaremos en el cortijo; falta una semana para volver a ser humanos y si vemos que los gatos no nos dejan vivir tranquilos, nos vendremos con vosotros —decía don Francisco .
Se despidieron de sus compañeros y de fueron para el cortijo.
—¿Qué hacemos, volvemos al granero, o intentamos meternos en otro sitio?—decía don José—. Podemos meternos en el gallinero, allí no pueden entrar los gatos.
—Buena idea don Bernardo, buena idea — le respondía don Francisco.
Dieron un pequeño vuelo y se metieron en el gallinero, por encima de la valla metálica. Había unas treinta gallinas ponedoras y tres gallos. Estos, al ver entrar a los intrusos, se pusieron en alerta.
Las gallinas con su típico cacareo, denunciaban donde se habían escondido los tres. Los gallos, muy flamencos ellos, y con actitud de defender su harén, no dudaron en atacarles.
—Tendremos que salir de aquí, estos gallos deben pensar que les queremos quita el harén y son capaces de matarnos—decía don José .
—Sí, y de prisa, que mira cómo se han puesto —le respondía don Bernardo.
Los tres, lo mismo que entraron, se marcharon del corral de las gallinas.
—La idea era buena, pero no contábamos con los gallos—decía don Francisco. —¿Y dónde nos metemos, que estemos tranquilos?—decía don Bernardo —.
—Podemos escondernos en las golfas, allí tampoco dejan entrar a los gatos, porque suelen secar jamones y todos los embutidos. Las ventanas las suelen dejar abiertas, para que se ventilen bien los jamones.
—Pues vayamos, que se hará de noche, y si no nos espabilamos, tendremos que pasar la noche a la intemperie —decía don José .
Las ventanas estaban abiertas como había dicho don Francisco, pero tenían mosquiteras.
—La hemos cagado, las ventanas tienen mosquiteras—decía don Francisco —. —¿Y qué hacemos ahora?—le respondía don Bernardo.
—No sé, pero algo tenemos que hacer—le contestaba don Francisco.
—Ya he visto el sitio donde pasar la noche—dijo don José.
—¿Dónde, dónde?—le preguntó don Bernardo.
—En ese palomar, las palomas suelen ser pacificas y no creo que tengamos problemas con ellas.
—Llevas razón, ese es el mejor sitio de todos—le respondió don Bernardo.
Los tres, con algún trabajo que otro, para poder aterrizar cerca del agujero del palomar y como pudieron fueron entrando por dicho orificio, que estaba lleno de palomas, que los miraban sin moverse.
Allí fueron pasando los días, hasta que vino Iberi, para liberarlos de aquel embrujo.
Episodio 5 El baile de los humanos
Los compañeros que estaban cerca del riachuelo, se presentaron en el cortijo con sus aspectos humanos, igual que ellos, que habían salido a comer algo.
A don Bernardo, el manotazo que le había pegado el gato, le había pelado un buen trozo de la cabeza. Le había pelado la parte de atrás y aunque no muy redonda, le había hecho una gran coronilla.
Juanito y su mujer estaban almorzando, cuando los perros con sus ladridos, avisaban que alguien llegaba.
Con los ojos desencajados y la mirada perdida en el horizonte, hacían acto de presencia en el cortijo, los doce compañeros.
Juanito al oír los perros que ladraban sin cesar, salió al patio del cortijo para ver que pasaba. En ese momento se llevó la sorpresa de su vida, al ver llegar con aquellos aspectos, los señoriítos que tanto habían buscado.
—Josefa, Josefa, sal al patio—decía Juanito, una y otra vez.
—¿Qué pasa, Juanito, con tantas voces?
—Los señoriítos, los señoriítos, Josefa—le respondían, con la voz entrecortada
—¿Qué les ha pasado, señoriítos, que parecen que vienen del infierno? —les preguntaba Juanito.
—No se equivoca usted mucho; si no era el infierno donde hemos estado, era algo muy parecido—le respondía don Francisco.
—La policía y nosotros, os hemos estado buscando por todas partes, sin obtener resultado alguno. La policía desde el primer día de la desaparición, ha estado barajando hipótesis sobre vuestro paradero. La más firme según ellos, era que habíais sido secuestrados por alguna organización terrorista y que en breves días, se pondrían en contacto con nosotros.
—No hemos sido secuestrados por ninguna organización terrorista, ni nada parecido, Señor Juanito, y prepare toallas secas, que nos bañaremos todos —le decía don Francisco, con aspecto cansino.
—Como usted diga, señoriíto—le respondía Juanito.
La señora Josefa, mientras los señoriítos se bañaban, había preparado unos embutidos, jamón y abundante vino en la mesa de la cocina, que era de unas dimensiones poco común.
Los primeros platos de embutidos fueron consumidos en cuestión de minutos y el jamón empezó a enseñar el hueso, a una velocidad alarmante.
—Parece que donde han estado, no les ponían muy bien de comer —le decía Juanito a Josefa.
—Yo diría que estos, no han comido en todo este tiempo—le contestaba Josefa.
Juanito y Josefa, viendo que todo lo que habían puesto había sido devorado, bajaron otro jamón y más embutido de las golfas, que era donde lo tenían colgado.
—¿Los coches dónde los han llevado? —le preguntaba don Francisco a Juanito.
—Se los llevó la policía. Dijeron que los tendrían en depósito y que lo registrarían por si hubiera algo que pudiera ayudar a la investigación—le contestaba Juanito a don Francisco.
—¿Usted qué coche tiene, Juanito?.
—Un todo terreno, don Francisco—le respondía.
—¿Me lo puede dejar, para ir al pueblo?
—Claro don Francisco.
—Gracias Juanito.
Sólo cogemos seis, el resto se tendrá que esperar a que volvamos con los coches.
Se subieron seis en el todo terreno y se marcharon al pueblo.
Don Bernardo, que era uno de los que iba en el coche, no sabía cómo contar lo que les había pasado.
—¿Y que contamos, que durante todo este tiempo que hemos estado desaparecidos, hemos estado como perdices, o mejor dicho, hemos sido perdices? — decía don Bernardo .
—Lo mejor será contar la verdad—decía don José, que también iba en el coche.
—¿Entonces qué hacemos, vamos a la policía? —decía don Francisco.
—¿Ustedes, que opináis? —les preguntaba don Bernardo, a los otros tres compañeros.
—Yo pienso, que, aunque nos traten de locos, lo mejor será contar la verdad —le respondía uno de los tres —.
—Podemos decir, que nos han secuestrado unos terroristas y que hemos podido escaparnos—decía otro de los tres.
—No creo que eso diera resultado. Nos preguntarían donde hemos estado, si hemos visto las caras de los secuestradores y muchas más cosas y todo esto con el agravante, de que digamos todos lo mismo, para que no nos traten de mentirosos —decía don José.
—Lo mejor será ir con la verdad por delante y que pase lo que tenga que pasar—decía don Bernardo .
La primera parada que hicieron fue la policía.
El teniente que le atendía, junto con un sargento y dos agentes, estaban perplejos, escuchando lo que decían.
—¿Y dicen ustedes, que un joven de unos veinte años de edad les convirtió en perdices, y que han estado todo este tiempo divagando por el bosque? —les preguntaba el teniente.
—Sí, tal y como se lo hemos contado—le respondía don Bernardo.
—Cuesta creerlo, don Bernardo, pero creo que estáis diciendo la verdad—decía el teniente.
—Teniente, ¿le puedo pedir un favor? —le decía don Bernardo.
—Sí, claro.
—Sabe usted, que dentro de tres días, son las elecciones.
—Si, claro.
—¿Hay alguna posibilidad que esto que nos ha pasado, no llegue a los medios informativos, hasta que pasen estos tres días?
—Son muchos días, don Bernardo, para tener una cosa de este calibre silenciada.
Los periodistas tienen un sexto sentido, para oler este tipo de información, en cuanto os vean, nos os dejarán de hacer preguntas y luego, el primer lugar que suelen frecuentar, para ampliar el tema, ya se pueden imaginar ustedes, cual es.
—Le puede usted decir que durante todo este tiempo, hemos estado perdidos en el bosque y que gracias a la policía forestal, hemos sido encontrados.
—Es que diez días perdidos en un bosque tan pequeño, no se lo creerá nadie —le decía el teniente, a don Bernardo.
—Ya sé, teniente, pero siempre será más favorable para las elecciones contarle es que decirle, que durante diez largos días hemos sido unas hermosas perdices —decía don Francisco.
—No le aseguro nada, don Bernardo, pero por la amistad que siempre hemos tenido, lo intentaremos.
—Gracias teniente, se lo tendré en cuenta —le decía don Bernardo en voz baja, cuando salían del despacho
—Vosotros dos, coger vuestros coches, y tú, Ramírez, coge este que hemos traído y vais a recoger al resto de compañeros, que nosotros iremos a la sede del partido. Ramírez, le llenas el depósito y le das las gracias de mi parte, al señor Juanito—le decía don Francisco.
—Antes de ir al la sede, iremos a visitar nuestras familias—decía don José.
—Sí, sí, antes iremos a verlas—le respondía don Bernardo.
—¿A qué hora quedamos, en la sede? —decía don Francisco, cuando se despedían
—¿Qué os parece las ocho de la tarde? —decía don Bernardo.
—Por mí, estupendo, y por mi lo mismo—le respondieron los dos.
Eran las ocho de la tarde y los tres hacían acto de presencia, en la sede del partido.
—Buenos días—decía don Bernardo.
Dentro del local había un gran número de gente, preparando la actuación a seguir, en los últimos días de campaña. Estos, al verlos llegar, se llevaron una gran sorpresa.
Ellos se llevaron también una gran sorpresa, cuando vieron que en los carteles de la propaganda, la imagen no era la de don Bernardo.
—¿Qué ha pasado aquí, si el candidato soy yo?—les decía don Bernardo, con muy mal humor.
—No se enfade, don Bernardo, pero viendo que ustedes no daban señales de vida y el tiempo se nos echaba encima, hemos tenido que confeccionar una nueva candidatura —le decía don Luciano, que era el de los carteles.
—Es cierto lo que dice —le decía don Francisco
—No me digas eso don Francisco. Lo justo hubiera sido mantener las candidaturas nuestras y en caso que no hubiéramos vuelto, entonces sí que hubieran ocupado nuestros sitios. Eso hubiera sido lo justo y no hacer semejante chapuza. Tenías muchas ganas de ocupar mi sitio, ¿verdad, don Luciano?
—Las mismas que tenías tú, cuando no de muy buenas maneras, le quitaste la presidencia al pobre don Nicolás. El pobre no pudo asumirlo y cayó en aquella enorme depresión, que le causó la muerte.
—¿Está usted insinuando, que yo tuve la culpa de su muerte?
—Mientras usted ha tenido el control del partido, nadie se lo ha dicho por miedo a una represalia. Aunque todos siempre han sabido, que usted fue el causante directo de su depresión, por lo tanto el causante de su muerte.
—Eso que está usted diciendo, me lo tendrá que demostrar delante de los tribunales. Nadie me llama asesino y menos un mafioso como usted.
—Cuide usted sus palabras, que yo puedo demostrar lo que digo y usted sabe muy bien, que eso que dice de mí, no lo podrás demostrar nunca.
Don Bernardo, dando un fuerte portazo en la puerta, salió de la sede del partido, acompañado por sus inseparables compañeros.
—Ese cabrón se acordará de todo esto—decía don Bernardo entre dientes.
—Si quieres podemos acercarnos al bufé de don Todomiro, que está cerca de aquí—decía don Francisco.
—No creo que esté abierto, son casi las diez de la noche —le respondía don Bernardo.
—Será mejor acercarnos mañana y pensar durante esta noche, la estrategia a seguir —decía don José.
Serían las diez de la mañana del día siguiente, cuando los tres se presentaron en el bufé de don Todomiro.
Los tres entraron en el bufé y fueron saludados calurosamente, por don Todomiro.
—¿Y dónde coño habéis estado metidos, todos estos días?— les preguntaba el abogado, como insinuando que habían estado de marcha con algún grupo de chicas.
—No es lo que piensas, Todomiro, hemos estado perdidos en el bosque. El abogado al oír aquello, no lo pudo evitar y soltó una sonrisa, que le había salido de alma.
—Perdona Bernardo, pero eso que dices, no me lo puedo creer, que un grupo de doce personas, se pierdan en un bosque tan pequeño y estén diez días perdidos; perdonar, pero no me lo creo.
—Pues es la verdad Todomiro, pregúntale al teniente Baena y te lo confirmará. —No te preocupes Bernardo, que ya le preguntaré .Bueno, dejemos eso para otro día y díganme en que puedo servirles — les decía el abogado, que aunque sabía la clase de gente que eran, estaba contento por la visita de tres de sus mejores clientes.
—Tenemos un grave problema, Todomiro.
—Ustedes dirán.
—En los diez días que hemos estado perdidos por el bosque, han hecho una asamblea en mi partido y han elegido una dirección nueva y quisiéramos que nos dijeras, si hay alguna forma de anular todo eso.
Legalmente no hay ninguna forma de anular dicha elección y más pudiendo demostrar, que la hicieron con carácter urgente, para poder sacar un candidato a las elecciones.
—¿Y como sabes tú, que la hicieron con carácter urgente?
—Por que acudieron a mi bufé, para que les asesorara y les hiciera todo el papeleo. Y vosotros sabéis, que yo suelo trabajar bien. Eso quiere decir, que legalmente no tenemos nada que hacer. Me temo que no. Lo mejor que podéis hacer y por el bien del partido, es que apoyéis a la nueva dirección, para intentar ganar las elecciones.
Los tres se quedaron callados, mirándose entre ellos con los semblantes abatidos.
Después de unos segundos en silencio, habló don Bernardo.
—Todomiro, tienes toda la razón del mundo en lo que has dicho y creo que lo mejor para el partido, será sumar y no restar.
Los tres salieron del bufé y fueron a la sede del partido, para intentar hablar con los nuevos responsables y pedirle disculpas a don Luciano.
—No tiene importancia Bernardo, nos conocemos desde hace mucho tiempo y siempre hemos estado en el mismo barco. Ahora me ha tocado a mí dirigirlo, antes lo habías hecho tú y más adelante dios dirá—le decía don Luciano.
—Cuenta con toda mi experiencia, para lo que haga falta.
—Sé que lo dices de corazón, por lo tanto bien venido—le decía don Luciano y se daban un abrazo.
La policía no pudo mantener por más tiempo el secreto y el día antes de las elecciones, el día de reflexión explotó la bomba.
Todos los medios informativos se agolpaban en la puerta de sus casas, intentando obtener algunas primicias.
Don Bernardo era el más acosado por los periodistas, que desde muy temprano, no dejaban de telefonear, ni de tocar el timbre de su casa.
—Lo siento don Bernardo, pero no lo hemos podido evitar—le decía el teniente Baena, por teléfono.
—Es igual, de una forma u otra se hubieran enterado. Pero gracias por haberlo intentarlo—le contestaba don Bernardo.
Don Bernardo, asumiendo lo que le estaba pasando, llamó a sus compañeros y juntos hicieron una rueda de prensa, para explicar lo que les había pasado. Los doce estaban sentados en la tribuna, delante de un buen puñado de periodistas. Don Bernardo fue el primero en exponer todo lo que les había pasado.
—Aunque suene ha fantasía, la verdad ha sido esta que os he contado. Fuimos convertidos en perdices durante diez largos días y hemos sobrevivido todo ese tiempo, comiendo lo que comen las perdices. En una palabra, durante todo ese tiempo, hemos sido autenticas perdices a todos los efectos.
—¿Y dice usted, que fue un joven el que os convirtió en pájaros?
—Perdone, pero lo ha dicho usted con muy mala leche, eso de pájaros —le respondía don Bernardo y añadía—: Sí, por un joven de unos veinte años de edad. Hicimos cosas que nunca debimos hacerlas y fuimos duramente castigados. Una de las grandes lecciones que he aprendido con todo esto, es que hay que ser más humilde de lo que yo hasta ahora he sido. Los que tenemos la suerte de ser más ricos, debemos pensar más en los que no pueden llegar a final de mes. Los que son más inteligentes, deben pensar más en los que por desgracias no lo son tanto. Si pensáramos más en todas estas cosas, el mundo sería más feliz. También hay que pensar más en los animales y en su entorno; ellos como nosotros tienen sus necesidades y sus problemas son más parecidos a los nuestros, de lo que la mayoría de la gente se imagina. Cuando una persona pasa hambre, lo pasa mal, cuando un animal pasa hambre lo pasa mal, cuando una persona pasa frío, lo pasa mal, cuando un animal pasa frío, lo pasa mal, cuando una persona tiene dolor, lo pasa mal, cuando un animal, tiene dolor, lo pasa mal. Hay que ser más humano con los animales y menos animales entre nosotros. También pensar, que sólo somos humanos y que no vivimos una eternidad y que lo mismo que tenemos mucho, en un santiamén, nos podemos quedar sin nada.
Los periodistas soltaron sus blocks de apuntes y levantándose de sus asientos, le dieron un merecido aplauso.
Iberi, que estaba entre los presentes, se sentía contento y orgulloso escuchando a don Bernardo, que de gran parte de sus sueños había hablado.
Si se siembra trigo recogerás comida y alegría, si siembras dolor recogerás miseria y tristeza. Sembremos lo primero y vivamos en armonía todos los seres de la tierra.
Colorín colorado, de momento hasta aquí hemos llegado.
G. J. Pavón.
Una idea en acción.

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