Teoría de la libertad

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TEORÍA DEL EGOÍSMO Y LA LIBERACIÓN DEL SER

 

¿Cómo podemos llegar a diferenciar la verdadera libertad de la sensación de libertad? Encontrando la definición en su contrario. En sus contrarios. La sed de más y mejores cosas que nunca se termina, los deseos inconformables, la necesidad de medirse con el otro, con soñar ser más que una simple persona que pasa por la vida sin dejar huella.

¿Qué es lo qué nos motiva? El deseo. El deseo de más. Quizás, pero todos los animales desean y, en teoría, el hombre es distinto. Entonces, ¿qué es lo que el hombre desea y que no lo desea ningún otro ser vivo? Ser el distinto, el elegido, el único, el triunfador, el héroe. Aquel que tenga valor por ser. Y eso motiva una reacción en cadena de necesidades que no son tales, de deseos sobre deseos que escalan, trepando hasta el infinito de la originalidad de los caprichos. De los “gustos”.

Diferenciarse en lo normal, en lo común. Sobresaltar en el mismo escenario que el resto, para poder mostrarse superior. Superior a ese resto que compitió con él en esa situación con iguales reglas. La necesidad de ser superior y que el otro sea inferior. Y eso tiene consecuencias. Vencedores y vencidos, ambos generan pretensiones, siempre de más. Ambiciones de venganza que generan sentimientos de ira, de odio y dolor que puede explotar en cualquier momento o reprimirse, de cualquier manera ese odio, esa energía negativa engendra los males consecuentes que derivan de ella misma: sus miedos, la falta de confianza en sí mismos, la agresividad o el aislamiento como forma de protección. El lado de los vencedores también sufre consecuencias negativas. Ganar es tan nocivo como perder, o más. Ganar genera una adicción, una necesidad constante de volver a medirse y volver a ganar. La sensación de satisfacción dura un tiempo determinado y después se diluye en el miedo de no ser capaz de perpetuar esa sensación, de no ser capaz de volver a ser victoriosos. Ese miedo genera ansiedades, dudas sobre la verdadera naturaleza del potencial que logró sacarlo victorioso la primera vez. El ganar no lo satisface a uno por estar supeditado a la mirada del otro, a la opinión del otro sobre la victoria. Entonces la sensación de libertad en la multitud se asemeja hasta reducirse a la sensación de libertad del vencedor. Por lo efímera, porque solo la roza, pero nunca llega a conocerla más que de rebote, de soslayo. Y tal vez, quien lea esto, piense que no es así, que a él ese tiempo libre no lo hace sufrir, porque lo utiliza para crear. Para el arte. Y es algo excelente, mientras esa creación sea solo por la creación en sí y no para sustituir todo lo que explicamos antes por una forma más refinada y elegante de introducirse en ese mercado que todo lo puede y todo lo valora. Una vez que ese arte, que esa forma de libre expresión se convierte en parte de ese círculo, pierde ese valor propio para tener el valor que el mercado quiere asignarle.

Ahora bien, llegado el caso de que no se tratase de ser parte, ese movimiento productivo para el ser en el arte rompería su influencia, ¿no? Si se dejara de perseguir un resultado y se creara el mero hecho de crear, ese movimiento dejaría de ser productivo. Y en eso los artistas hayan una sensación de libertad sin necesidad de producir. ¿Por qué? Porque al no importarles el resultado, al crear por crear, al hacer por hacer, se produce un abandono. Si el ser es movimiento productivo, esta instancia del arte sería una producción para no ser. En ese instante, es cuando la libertad está más cerca de revelarse: cuando uno abandona el deseo de ser para convertirse en un medio, un eslabón con esa sutileza, con esa sensibilidad que existe tras el aplacamiento del deseo. Al crear, al producir para no ser, se logra abandonar por un instante la definición mental de sí mismo, la autoimagen. Las ataduras del deseo de poseer o de mantener se sueltan, tanto como las de los deseos de escapar o evitar. Pero la creación es un medio para conocer esta noción, no una forma de eximirnos totalmente del deseo. Cuando no se está creando, todo lo negativo vuelve a formar parte de uno. Todo ese caudal de enajenación del ser por el deseo, que forjó una tradición y una ley en el centro de la humanidad es muy fuerte. Pero si descubrimos que somos una cosa constituida por el fetichismo al deseo inacabable de ser más que el otro, no tenemos que henchirnos de alegría y alabar a las ideas y a los objetos que nos constituyen… Nosotros mismos llevamos a las cosas y a esos ideales a reinar, fue nuestra propia libertad la que posibilitó nuestra enajenación. Y es esa precondición de libertad, la que nos permite la esperanza de que toda libertad pueda ser recuperada. Entonces la libertad verdadera, la que nace del interior de uno mismo y para uno mismo, es el abandono del ser, la planificación para uno mismo. Ningún hombre vive solo, aunque viva en soledad. Ningún ser humano es capaz de considerarse una isla, un creador de su propio mundo, aunque viva en la soledad más absoluta. Sencillamente, porque el mundo donde él vive se ve influenciado por los demás seres. Su vida depende e interactúa con todos los demás organismos vivos, con toda esa naturaleza que nos gusta pensar a nuestra disposición, pero que en la realidad nos afecta más de lo que creemos. Nos modifica los hábitos, nos exige atención. Nos exige una relación simbiótica o la destrucción de nuestra forma de existencia. Entonces ¿por qué no pensar al ser humano fuera de ese estándar de conquistador de la naturaleza, de dominador de los elementos, si aún con todo su poderío no está exento de depender de la misma? ¿Y si no somos otra cosa que otro eslabón en la naturaleza, que nos hace pensar que sus reglas no nos podrían afectar de la misma manera? ¿Por qué no se podría trasladar esa simbiosis a las relaciones entre humanos? Si debemos abandonar nuestra imagen mental para conseguir nuestra libertad, si debemos abandonarnos para encontrarnos, ¿por qué no trasladar nuestro centro de deseo al bienestar del otro? Trasladar nuestro centro de deseo al bienestar del otro, generaría una reacción en cadena que posibilitaría encontrar nuestra libertad sin pensar en nosotros mismos. Un ser vivo siendo por el ser de otro ser vivo.

Ya sé, a esta altura lo menos que piensan de mí es que soy un utópico, un fundamentalista sin posibilidad de expandirse en la realidad. Pero esta idea que me constituye puede llevarse a cabo. Se necesita valor, se necesita de la introspección de personas que estén cansadas de la vida que llevan, de las necesidades tanto económicas como espirituales por las que atraviesan. Todo cambio verdadero nace de uno mismo. Y todos los seres pertenecemos directa o indirectamente a la misma simbiosis. Entonces el verdadero cambio en uno puede traspasarse al otro, puede generarse en el otro. La cultura puede generar estas dudas en los demás, puede despertar este ideal. Y este ideal puede ser real, porque despertar esta duda seria dejar de lado el egoísmo del ser para transformarnos en una conciencia toda del ser por los demás. Y eso nos llevaría a una libertad definitiva, sin violencia, en una sociedad que se transforme no por el choque de sus componentes, sino por la influencia gradual de cada uno de sus integrantes hacia el otro.

 

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Sábado, Febrero 17, 2018

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