Espiritismo

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espiritismo

Espiritismo

 

Ocurrió en no sé que mes en el año 1971 en la Residencial San Felipe. El general Juan Velazco Alvarado regía el país con su junta militar revolucionaria. Las expropiaciones galopaban ante el descontento de un reducido grupo de ciudadanos, se trataba de los oligarcas y los burgueses, ellos, jamás comulgaron con las ideas socialistas, menos aún con el hecho de devolver al originario peruano su identidad y otorgarle la consciencia de que gozaba de los mismos derechos de quienes lo explotaban. Se echó del país a todos los consorcios y monopolios estadounidenses, se nacionalizó la producción del petróleo, las comunicaciones y se homologó la educación para que no existieran privilegios ni discriminación entre los estudiantes, Velazco, quiso instaurar el quechua como idioma oficial, devolviéndole a esa milenaria lengua la importancia ancestral en la población nativa en muchos lugares recónditos del país donde no se hablaba el castellano. Creó la reforma agraria en la cual la tierra pertenecía  quien la trabajara echando fuera a los terratenientes, a los gamonales que acaparaban la riqueza para sí mismos, extinguiendo para siempre al latifundista peruano. Los propietarios de las grandes haciendas sufrieron, muchos de ellos quedándose literalmente en la calle, sin saber que hacer, sin saber dónde llorar viendo cómo sus posesiones eran repartidas sin contemplación al trabajo que les había costado forjar sus fortunas; se les compensó con cantidades ridículas de dinero, y muchos de ellos terminaron suicidándose, o sencillamente, emigrando fuera del país. Fueron años de cambios, donde la consciencia y la reflexión funcionaban hasta en los niños, tiempos en los cuales los infantes, por más párvulos que fuesen, intercambiaban opiniones con sus padres y participaban en la vida política y los eventos que sacudieron esa década. Durante su gestión, Velazco también nacionalizó los medios de comunicación, detonante para que toda la comunidad de burgueses y oligarcas salieran a las calles enfurecidos a protestar. La reacción del gobierno fue rotunda y no cedió, sin embargo no existió la represión abusiva, ni tampoco planes de exterminio o sistemas paraestatales de desaparición forzada de disidentes como ocurrió en ese entonces en otros países latinoamericanos como  Chile, Uruguay y la Argentina. Esta historia no versa en la política, mucho menos pretendo hacer apología del socialismo, básicamente porque en ese entonces, tras los ingentes cambios sociales hubo tanto aciertos, como desaciertos. Ese año yo aún era un niño, y transcurría mis días jugando con los amigos del barrio, correteábamos por los jardines que hoy en día lucen inmensos árboles que en aquel entonces eran tan sólo pequeños arbustos. Bajo la Residencial San Felipe, yacía parte del antiguo hipódromo, quedando algo de su construcción en pie donde funcionaba el Ministerio de Marina. Las protestas obligaron a la junta militar a imponer el toque de queda, y a las nueve de la noche toda actividad se apagaba.

Ya desde niño siempre me sentí atraído por las historias que escuchaba de mis padres acerca de espíritus y fantasmas errantes, de la forma que tenían los muertos de despedirse, y como tratar de invocarlos. Los días de toque de queda, permanecíamos en casa jugando juegos propios de niños, mi hermano, con su juego de química marca Merit y yo con mi juego de magia de la misma marca.

Una de esas noches, mis padres no pudieron regresar a casa porque el toque de queda al parecer, los sorprendió en casa de unas amistades; llamaron por teléfono avisando que no debíamos preocuparnos, que nos quedáramos tranquilos y nos portáramos bien. Quedábamos a cargo de Angélica, la joven encargada de la casa y también de cuidarnos. Cenamos polenta frita con huevos, queso derretido y abundante mantequilla,  finalizando la cena, Angélica nos acompañó a nuestra habitación asegurándose que durmiéramos para levantarnos temprano e ir al colegio. En esa época teníamos una mascota, mi gata llamada Pepa, siempre me seguía y actuaba más como perro que como una gata. Una vez en la cama, apagadas las luces, el estallido de dos secas detonaciones nos sobresaltaron, de inmediato corrimos a la ventana: en la vereda caminaban dos soldados  de la marina de guerra aparentemente borrachos llevando cada uno un rifle de asalto FAL; observé el edificio las Moreras y vi una buena cantidad de vecinos que se iban asomando a hurtadillas, una tensa calma emplazó el ambiente, inesperadamente, uno de los soldados levantó el fusil y grito: ¡ Viva la revolución carajo! Y disparó una ráfaga de balas al aire, en ese instante bajamos la cabeza automáticamente. Seguimos espiando por la ventana hasta que se perdieron por los estacionamientos, sólo alcanzábamos a escuchar en la lejanía palabras que no podíamos entender hasta que desaparecieron tras otro edificio. Regresamos a la cama y mi hermano dijo: ahora te contaré algo que te ayudará a dormir: se lanzó con una serie de historias de fantasmas que había escuchado de las reuniones de mis padres:

- ¿Te acuerdas cuando estábamos viviendo en la Paz? – preguntó muy serio echado en su cama

Sacudí la cabeza afirmativamente. Esos días dormíamos en la misma habitación, y en la mesa de noche entre las dos camas, había una pequeña lamparilla. Lo observaba atento

- Sí, ¿qué pasa? – inquirí

- Te acuerdas que cuando regresábamos a la casa en la Paz, un par de veces encontramos los discos de Mercedes Sosa tirados por el piso, y las revistas médicas de papá también -

- Sí - respondí pues lo recordaba claramente

- Bueno, sabías que en esa casa habían matado a un señor que estaba en contra del gobierno de Paz Estensoro, que llegaron a esa casa y entraron y lo mataron a balazos

- ¿Verdad? – pregunté interesado

MI fantasía volaba e imaginé de inmediato la secuencia: dos hombres vestidos de negro entrando por la puerta de la casa y matando a balazos a un desconocido. Y luego, imaginé al espíritu del hombre salir de su cuerpo y sentarse en uno de los sillones de la sala para esperar que todo termine, También imaginé al hombre que no visualizaba, caminar entre nosotros y mirarnos con gesto ausente, impotente, con la tristeza empozada en su alma errante.

Dejamos La Paz por los principios de la revolución, por los muertos en las calles. Recuerdo que mi padre solía caminar armado, con un revolver calibre 32 que portaba en una sobaquera escondida bajo su traje, recuerdo los muertos en las calles y las protestas masivas de los mineros, han pasado más de cuarenta años, y en mi memoria, perduran aquellos recuerdos que no son realmente frescos pero si tienen el color de la pintura que queda en la pared de la memoria, y que se va descascarando con el paso del tiempo, con el embate de la intemperie de las mismas vivencias y el cambio de climas en la vida, y finalmente se descascara y terminará algún día opaca, perdiendo el color por todas las pintadas de nuevos colores que le irá dando la vida misma. Así es la vida, como una pared que va recibiendo todo tipo de tonos, se descascara, brilla, se ampolla, le cae el sol, la noche, la lluvia y hasta le escribe encima mensajes y epigramas que no quisiéramos que estén allí, y finalmente puede pasar alguien y hacerle un agujero, rasparla, rayarla, mientras que todo transcurre dentro de la exigüidad que posee la vida: se recuestan encima las personas, las mujeres, los amigos y amigas, a veces se mean en ella, puede pasar un perro y miccionar también encima de ella y no puede protestar, puede posarse un ave y cagarla desde arriba, o puede llegar un artista y pintarle un  bello mural e incluso aparece un subversivo y deja una consigna maldita que queda grabada encima y todos los que la lean, recordaran a la pared, y la pared está allí, siempre allí, esa es nuestra vida, una pared. A veces, le ponemos ladrillos encima, crece, se vuelve alta e imponente, otras veces, socavamos su base y la ponemos en riesgo de derrumbe, y un día, el que menos pensamos, se desploma y no queda más que el recuerdo de ella. Quizá sobreviva una foto, desteñida, tal vez alguien haya copiado esos epigramas, y todo se resuma en una epígrafe que nos recuerde: aquí yace fulano de tal, que vivió para cagarla, para joder al prójimo, o también puede decir: aquí yace sultano de tal, que hizo mucho por nosotros y nos dejo este importante legado: la pared, su vida, entonces, ese polvillo que se desprende de los ladrillos, de la pintura, del cemento que unió e imbricó todos los acontecimientos, se difumina con el viento, vuela con la brisa   convirtiéndose en un espectro errante que fue la pared.

MI hermano aquella noche me relató varias historias, acerca de unos parientes en la selva, y sí los teníamos. Me contó que eran padres de un niño, y que él niño una vez salió a pescar en una canoa por el río Perené, y la canoa se volteó y él y sus amiguitos cayeron al agua y fueron arrastrados por el temible caudal del río en crecida. El accidente fue a las dos de la tarde, y a las tres de la tarde, en casa de esos parientes, todo se hallaba calmo, tan sólo se escuchaba el rumor de los árboles que se sacudían por el viento, y nuestra tía, hacía algunas labores domésticas, de pronto, escuchó la voz de  su hijo que decía: - mamma, he regresado – y ella contestó: - Qué bien, regresaron bien temprano ¿ Vas a salir? –

Y la voz del niño respondió - No mamma, nunca más me voy a ir, aquí me voy a quedar para siempre – Ante esa extraña respuesta la madre salió a buscar al chico, y no lo encontró, entonces buscó con más afán, y nunca lo halló. Asustada corrió al pueblo para preguntar por él, y en ese instante traían en una vieja camioneta, en la tolva, el cadáver de su hijo que había perecido ahogado en las aguas del Perené. También me narró la historia de unos vecinos: hacía poco había muerto el padre de la señora Hilda, no recuerdo exactamente de que murió, vivíamos en el mismo edificio, éramos muchos niños, y las familias, en ese tiempo, eran todas jóvenes, ahora San Felipe está habitado por viejos, por familias que se dispersaron, y si existen niños por allí correteando, entre esos árboles inmensos y los bellos jardines, es porque los que habitaron esos departamentos murieron, se fueron, o son simplemente los nietos, los hijos de nuestros amigos visitan a los abuelos. Y mi hermano me dijo que todo el barrio acudió al funeral del padre de la señora Hilda y en la noche, uno de los inmensos candelabros que escoltaban el ataúd, cayó intempestivamente al piso, como si una fuerza invisible le hubiera empujado, los presentes exaltados, con el temor a lo desconocido se sobrecogieron y se miraron mutuamente: puede ser que hayan pensado que era el espíritu del padre de la señora Hilda que se despedía, pero no fue así, en ese preciso instante, la madre de doña Hilda, que era una señora ya mayor,  se descompuso, y, por el estrépito de la caída de los candelabros nadie se había percatado, de pronto, uno de los presentes advirtió que Hilda madre estaba desvanecida sobre su silla, se acercaron y no estaba desvanecida, acababa de morir en el funeral de su propio marido.  - Doña Hilda se había despedido – sentenció mi hermano con el rostro ensombrecido esperando asustarme. Sabes que ella siempre venía por aquí, de repente llega su espíritu caminando y empieza a penar en el edificio –

- Mentira – repuse

- Mira vamos a hacer algo para ver si hay algún espíritu por aquí - propuso

- ¿Qué cosa? –

- No sé cómo se llama, pero lo he visto en una revista -

Nos levantamos sigilosos, y mi hermano bajo de puntillas y sacó su cajón de herramientas: allí estaba el  juego de Mecano, sus formones, los alicates, desarmadores y todas las herramientas posibles, un par de tarros de pintura y un pedazo de madera triplay. Saco un serrucho y lo más lento posible cortó la madera dándole una forma triangular, acto seguido, extrajo una de sus brochas delgadas y escribió las letras del alfabeto, los números, un si y un no, y en cada lado de la parte baja dibujó un sol y una luna respectivamente.

¿Qué es esto? pregunté

- Es para invocar a los espíritus que se encuentran aquí –

- No seas mentiroso - reí

- De verdad huevón, es para eso. Ahora concéntrate que voy a prender una vela y voy a poner una copa sobre la tabla.

- ¿Aquí? –

- No mejor vamos a la sala de estar, allí hay una mesita de madera -

- Fuimos a la sala de estar y pusimos la tabla sobre la mesita, una copa encima, apagamos las luces, encendió las velas y quedamos en silencio.

- Ahora, concéntrate –

Empecé a reír

- No te rías imbécil, es en serio, con esto vamos a llamar a los espíritus, si lo crees de verdad, van a venir, y le podemos hacer preguntas.

La vela flameaba a nuestro lado, mi gata Pepa dormitaba sobre un televisor a un metro de distancia, entonces mi hermano en tono solemne dijo:

- Espíritus presentes, manifiéstense, den una señal, los llamamos, queremos hablar con ustedes- agravó su voz para hacer la cuestión más misteriosa. Comencé a tomarme en serio la sesión, y mi sonrisa se desdibujó. Mi hermano repitió nuevamente las palabras

- Espíritus presentes, los llamamos, vengan, y cerró los ojos - su voz modulada parecía de ultratumba

 Entonces extravié la concentración recordando una situación: unas semanas antes, junto con mi amigo Carlos jugando habíamos oscurecido la habitación colocando frazadas en las ventanas, con un cordel de pesca que nunca faltaba en casa, atamos las puertas de los roperos, una silla y una muda de ropa en el interior del guardarropa; entre nuestros amiguitos estaba Muya, un niño cuyo padre había muerto unos años antes, él tenía dos hermanos mellizos que en ese momento tendrían ocho años. Mientras mi hermano invocaba a los espíritus recordé lo que sucedió con los mellizos Omar y Mauricio a quienes les dijimos que íbamos a llamar a los muertos en mi casa, entonces vinieron, Carlos tenía los cordeles sujetos en la mano y yo me senté frente a una pelota de fútbol envuelta en plástico blanco al modo de adivino frente a su bola mágica, y Carlos con voz grave recitó:

- Espíritu presente si estás aquí manifiéstate – mientras yo me hacía el concentrado, Carlos jaló las cuerdas: las puertas se abrieron, la muda de ropa cayó al piso, el ropero también se abrió con un sonido seco seguido de un portazo, Omar se puso pálido, Mauricio estaba mudo

- ¡Es Alfredo mi padre! – alcanzó a gritar lívido antes de que salieran corriendo como atletas de los cien metros planos 

Al evocar la broma en mi recuerdo, perdí la concentración y rompí a reír

- ¡Qué pasa carajo! - Amonestó – acaso no te tomas las cosas en serio, esto es de verdad. La expresión de mi hermano era muy seria, y por lo visto deseaba comprobar si había espíritus en la casa. Le referí lo que le hicimos a los mellizos y la gracia le provocó risa

- Sí muy chistoso, pero esto es diferente, es de verdad, aquí no hay hilos, no es la tarde, son las doce de la noche y tienes que concentrarte

- Nada de lisuras y a ponernos serios - ordenó

Mi hermano se concentró, agravó la voz y repitió nuevamente las palabras de invocación, esta vez con un tono más sepulcral. Cerré los ojos mientras que pensaba firmemente en los muertos cuyas almas podrían caminar por las calles. Pensé en el mausoleo familiar, me transporte al interior del imponente mausoleo donde estaba enterrado mi abuelo, y aparecí al lado de mi nona observando la tumba de una tía que jamás conocí, Yole Quirina, su tumba estaba en la base del sepulcro, yo estaba rodeado por las paredes y las lápidas de mármol, el florero con las flores marchitas reposaba acompañando la eternidad de la muerte, las moscas zumbaban y percibía el olor extraño que desprenden los cuerpos inertes, el efluvio de la putrefacción filtrado a través del mármol, ese aroma dulce y extraño que no llega a repugnar, el anuncio que el cadáver se irá convertido en carne seca. Imaginé a esos parientes en sus ataúdes, mirando la tapa del cajón, reposando en aquella nave quieta en su nicho, los muertos fríos, sin labios esgrimiendo la sonrisa del final  Traje a mi mente las hormigas que entraban en un diminuto hoyo en la lápida donde habían depositado hacía poco tiempo el cadáver del nono Pietro. En el fondo de mis pensamientos, resonaba la voz de mi hermano llamando a los espíritus, y en ellos, caminaba por el cementerio El Angel, entre tumbas, nichos y lápidas. Un sonido desapacible me sacó del sueño en vigilia, de aquel viaje en la imaginación, qué sé yo... la copa sobre la madera empezó a moverse sola, y ante nuestra estupefacción marcó ocho letras, un nombre: Fernando, levanté la vista y mi hermano Oscar mostraba una palidez extraña, sus ojos miraban fijos a la copa, su mirada estaba clavada. La copa avanzó y se detuvo en el borde de la tabla. 

- Ya con voz entrecortada Oscar pregunto:

- Fernando ¿estás con nosotros? -

 La copa se movió hasta el SÍ. MI hermano me observaba desencajado, sus ojos         recorrían inquietos toda la habitación

- Pregunta pues - musite

Dudó, pensó y preguntó:

- ¿Cuándo has muerto? -

La copa se fue moviendo lentamente hasta marcar un uno, un nueve, un tres y un siete, 1937.

Observé a mi hermano y su frente se hallaba perlada de sudor. Por mi parte, estaba absolutamente desconcertado, trémulo, de pronto: mi gata Pepa saltó sobre un escritorio contiguo al televisor y se erizó totalmente lanzando el agudo maullido que caracteriza a los felinos cuando se ven amenazados, la gata, miraba fijamente un punto en la habitación, se mantenía erizada, indudablemente en ese instante había una presencia. Mi hermano se levantó bruscamente tomando la madera para arrojarla por ventana, se volvió, tomó la vela e hizo lo propio

Corrió, encendió la luz y se sentó en el sofá frente al televisor respirando agitado, tras un par de minutos solicitó:

- No le digas nada a la mamma ni a papá -

Unos días más tarde, jugaba solo en la habitación, eran aproximadamente las siete de la tarde. Angélica había salido a comprar el pan, mi hermano fue a casa de un amigo, de pronto, el toca discos que se encontraba en la sala, uno de esos de vinilo que funcionaban con aguja de diamante, en el primer piso, se encendió solo, y la música empezó a resonar en toda la casa. No me atreví a bajar las escaleras para apagarlo, quedé estático, con el corazón acelerado, cuando me dispuse a levantarme pues jugaba en el suelo, escuché los pasos tenues de alguien que subía la escalera, me puse más rígido aún, lo desconocido infunde un temor extraño, imprevisible, los minutos parecían eternos, hasta que escuché que Angélica abría la puerta, había regresado de la panadería. No  conté nada.

Días después, las luces de la habitación se apagaron dos veces mientras que  hacía mi tarea en el escritorio que teníamos en la habitación.

Creo que desde esa noche, nunca más fui el mismo. Algo cambió totalmente en mi, somos como la pared, o como el río que fluye y es siempre río que sin embargo cambia en su interior: todo sueño que tuve desde esa noche de espiritismo, se modificó, me proyectó a situaciones que difícilmente podrían creer, toda percepción de las personas varió, y la forma que empecé a observar este mundo miserable, ruin y bestial, tuvo que ser definitivamente diferente, como si aquel sujeto etéreo llegado de otra dimensión que estuvo en la sala de estar, me escoltara cada instante de la vida

 

Ivo Moran Albonico Gasparotto Buenos Aires 2011

Residencial San Felipe tiempos de infancia realmente feliz ¿existe esa felicidad?

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Martes, Junio 19, 2018

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