El espejo de la vida

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el espejo de la vida

 

 

El espejo de la vida

 

Miguel desde la ventanilla del tren, veía a un chico jugar a la pelota, éste al sentir el ruido del tren, se paró y se quedó mirando el pasar de los vagones.

Miguel se había quedado sorprendido y se frotaba una y otra vez los ojos, al ver al chico, que era su misma imagen, de cuando él tenía doce años.

Preocupado por lo que había visto, y muy nervioso, quería bajarse lo más rápido posible del tren, que lentamente iba llegando a la estación.

Cuando paró, y sin perder tiempo alguno, saltó del tren y se dirigió hacia donde había visto al niño jugando a la pelota.

—Yo diría que ha sido en este sitio donde lo he visto, o quizá estoy confundido y no ha sido aquí. Iré un poco mas allá, a ver si estoy equivocado y hay otro campo igual que este —se preguntaba extrañado, al  no encontrarlo.                                                                                                                                                                                                                            

         Con semblante serio y angustiado por las circunstancias, estuvo dando vueltas por toda la zona, pero no consiguió ver al niño.

         Desilusionado y muy cansado, se sentó en un banco de una plazoleta para descansar, y por mucho que lo intentaba, no se le iba de la cabeza lo que había  visto desde la ventanilla del tren.

Miguel tenía toda la pinta de un mendigo, llevaba varios días sin afeitarse, el pelo lo tenía muy graso, la ropa sucia y desgarrada y unas viejas botas desteñidas. La suela de una de las citadas botas, la tenía despegada, y eso le dificultaba el caminar. Además, debería llevar mucho tiempo sin ducharse, porque le acompañaba un olor insoportable; un olor rancio de esos que cuando lo hueles, te mareas. Tendría unos cincuenta años de edad, pero parecía tener setenta o más.

Recordando lo nefasta que había sido su vida y con la mirada perdida en el infinito, se quedó dormido en el banco, y una vez dormido, les fueron viniendo, lo que tal vez, lo mantenía con vida: sus sueños.

De padres acomodados, Miguel había tenido una infancia donde todo lo que pedía, sus padres se lo daban. Su padre tenía un negocio de carpintería y hacían muebles de todas clases y los exportaban a muchos puntos del mundo. Su madre era decoradora y trabajaba para unos grandes almacenes.

Eran dos hermanos, Miguel y Félix. Miguel tenía cuatro años más que Félix y estudiaban en la mejor escuela del pueblo. Su madre cada mañana los llevaba al colegio en su coche (como los padres trabajaban, se quedaban a comer en la escuela) y luego su padre los recogía por la tarde.

 

Sus sueños.

— ¡Mamá! ¿Estos pantalones que me has comprado no me gustan nada? ¡No son de marca!

— Hijo, si la tela es de muy buena calidad y además te quedan muy bien.

— Mis amigos, toda la ropa que llevan, son de las mejores marcas, mamá, y yo no voy a ser menos que ellos —le contestaba a la madre, disimulando un lloriqueo.

—No llores hijo, que mañana te compraré uno de marca, de esos que te gustan —Le decía su madre.

         Él, con cara de haber conseguido lo que quería le decía a su madre:

—Gracias,  mamá, cuánto te quiero.

—Cuida de tu hermano y pórtate bien, Miguel —le decía su madre, mientras le daba un beso en la puerta de la escuela.

—Sí, mamá, no te preocupes por eso.

         Miguel cogió a su hermano de la mano y se fueron los dos para adentro.

—Qué lata, todos los días tengo que cuidar de este cabezón, con lo malo que es. A ver si aprendes a ir solo, que estoy harto de llevarte de la mano —le decía Miguel a su hermano, después de haberle dado un golpe en la cabeza.

         Este, que de malo el pobre no tenía nada, al ser más pequeño y más humilde, se callaba y no le contestaba nada.       

Como solía hacer siempre cuando llegaba a la escuela, dejó de mala manera a su hermano en el aula y luego se dirigió a la suya.

—Esto del colé es un rollo —se iba murmurando, mientras llegaba a su aula.

         Entró y se sentó en su pupitre, como quien se sienta en la silla eléctrica.

Daban clases de historia y el profesor se dirigió a él.

— ¡Miguel! Dígame en qué año Colón descubrió América.

         Miguel, con voz nerviosa y entrecortada (Esa voz que se suele poner, cuando no se saben las cosas), como pudo le contestó:

—En mil trescientos cuarenta y dos, no, no en mil cuatrocientos cuarenta y dos.

         Todos los compañeros lo miraban, y eso, a Miguel le daba mucha rabia. 

—Miguel, tienes que estudiar más, así nunca conseguirás nada.

— Sí, don Rafael.

—Se puede usted sentar —le decía el maestro.

—Siempre me tiene que preguntar a mí y además, me pregunta la que no me sé —se decía Miguel para sus adentros, con aspecto hostil.

—Chicos, hasta mañana, y hacer los deberes que os he puesto —les decía el maestro, mientras los chicos iban saliendo de la clase.

—Ahora a buscar al cabezón de mi hermano —renegaba una y otra vez.

         De malas maneras y como siempre, insultó a su hermano, luego lo cogió por la mano y se fueron a la puerta del colegio, donde su padre los estaba esperando.

— ¿Cómo os ha ido el día, chicos?—les preguntaba el padre.

         Muy bien, le contesto Félix y le dio un beso a su padre.

—Tú, Miguel, ¿no me dices nada?

— Esto del colé es un rollo, papá.

—No digas eso ni de broma, Miguel. Los hombres que de pequeños se sacrifican en aprender, de mayores son los que controlan las cosas y además ganan más dinero, es decir, viven mejor.

         Aunque no quería estudiar y sus padres sufrían mucho por su rechazo a los estudios, le compraban de todo y él, era feliz a su manera.

         En estos términos fueron pasando los años, hasta que cumplió los dieciocho.

— ¡Hijo! De qué poco te ha servido estudiar en los mejores colegios, y si no quieres estudiar, tendrás trabajar —le decía su padre, muy cabreado.

—Cariño no seas tan duro con él, ya trabajará cuando sea mayor —le  recriminaba la madre al padre.

—Ya es mayor de edad, por lo tanto, o estudias, o trabajas, por que fumar si que lo has aprendido bien.

—Papá, la mayoría de mi clase fuman.

— Qué bien, y encima me contesta el niño.

—Tú padre tiene razón, Miguel, en lo que te dice y el tabaco debes dejarlo, que es malo para la salud.

—Siempre me estáis echando broncas, por lo que hago, o dejo de hacer —les decía Miguel, lloriqueando como solía hacer siempre.

—Ya has hecho llorar al chiquillo, estarás contento —le recriminaba la madre al padre.

—Me voy, porque entre tu hijo y tú, me sacáis de quicio —le respondía el padre, bastante cabreado.

         Sin trabajar y sin estudiar, como él quería, tenia todo el tiempo del mundo, para divagar por los peores lugares del pueblo.

A los tres meses de no ir a la escuela, estaba metido en asuntos de drogas, vendiendo y fumando porros y a los nueve, ya se pinchaba y empezaba a necesitar cada vez más dinero para comprarla. Con el dinero que le daban por la venta de los porros, no tenía bastante para la heroína que su cuerpo iba necesitando y empezó a vender pequeñas cosas de su casa y a quitarle dinero a su madre.

— ¡Juan! ¿Tú me has cogido dineros de mi bolso?

— ¿Qué me dices, mujer? Eso ni lo pienses. ¿No lo habrás perdido?

—No cariño, no lo he perdido, estoy segura de que anoche los metí en mi bolso y esta mañana cuando iba salir para comprar, ya no los tenía.

— ¿Estás segura?

— Te digo que los metí en mi bolso, Juan, y menos mal que me di cuentas antes de ir a la tienda, si no, la cara de tonta que se me hubiera puesto a la hora de pagar.

         El padre movía la cabeza y sin pronunciar el nombre, se dirigió al cuarto de Miguel.

—No subas que no está.

— ¿Cómo sabes a donde voy, María?

—Porque pienso lo mismo que tú.

—El hijo que sale torcido, ya lo es de pequeño y este, nos ha salido bien torcido, cariño —Le decía Juan a María, que con un pañuelo, se limpiaba las lágrimas.

         Miguel llegó ya pasada la medía noche y su padre lo esperaba, sentado en un sillón del comedor.

—Miguel, espera un poco, que quiero hablar contigo —le dijo el padre.

         Este no se había dado cuentas de la presencia del padre y se sobresaltó al oír su voz.

—Qué susto me has dado papá, ¿pasa algo?

— Quiero que me contestes con la verdad, a una pregunta que te quiero hacer.

—Si papá, me puedes hacer las preguntas que quieras.

—Sólo te haré una, pero como te digo, contéstame con la verdad.

— ¿De qué se trata, papá, que me estás poniendo nervioso?

—Si supieras como estoy yo. ¿Tú le has quitado doscientos euros a tu madre, de su bolso? ¡Quiero que me digas la verdad, Miguel!

         Este se quedó callado unos segundos y luego con cara de avergonzado, le confesó la verdad a su padre.

—Sí, papá, he sido yo —le contestó a su padre con voz entrecortada y cabizbajo.

— ¿Por qué nos haces esto Miguel, no te hemos dado siempre lo que nos has pedido?

— Sí, papá, perdona, pero...

—Vas a matar a tu madre a disgustos. ¿Qué problemas tienes y por qué necesitas tanto dinero, Miguel?

—…Soy un drogadicto papá —le decía con la cabeza cabizbaja y llorando.

         El padre no sabía cómo ponerse, se sentía culpable de lo que le pasaba a su hijo, por no haber sabido solucionar el problema a su tiempo.

— ¿Llevas mucho tiempo con la droga? —Le preguntó el padre, con lágrimas en los ojos.

—Unos seis meses, papá.

— ¿Te pinchas?

—Sí, papá, hace dos meses que lo hago.

—Sabes que eso lo consideran una enfermedad —le decía el padre, con animo de ayudarle. ¿Lo quieres dejar?

— Claro que lo quiero dejar, papá.

— Entonces te llevaré a uno de esos sitios que curan la adicción a la droga.

         Al día siguiente, padres e hijo fueron a donde le había recomendado un médico amigo de la familia. Era una granja que estaba a las afueras de la ciudad, donde se curaban enfermos de esta clase. Les hicieron varias pruebas en el centro, mientras sus padres lo esperaban en una sala. Después de haber pasado varias horas esperando, una enfermera les dijo a los padres que pasaran; estos entraron a la consulta, donde un médico los estaba esperando.

—Su hijo, si de verdad quiere curarse, tiene que quedarse ingresado en el centro, lleva poco tiempo consumiendo cocaína y si se esfuerza un poco, se curará completamente.

— ¿Usted cree que mi hijo se curará?

— Sí, por supuesto.

         La madre se limpiaba las lágrimas y el padre la cogía por el hombro, intentando consolarla.

Miguel entró en la consulta acompañado por una enfermera y se sentó junto a sus padres.

—Nos ha dicho el doctor que tienes que quedarte ingresado, que te puedes curar si pones un poco de tu parte —le dijo la madre, con lágrimas en los ojos.

— ¿Qué te parece, Miguel? —le dijo el padre.

—Me quedo, papá, y no os preocupéis por mí, que pondré todo el interés que pueda de mi parte.

— ¿Cómo no nos hemos dado cuenta antes, que nuestro hijo es un drogadicto? —le decía la madre al padre, cuando regresaban en su coche.

—Nos ha pasado como al cornudo, que siendo el más interesado, siempre se entera él último.

         Habían pasado dos años y  los médicos le dijeron que ya estaba desintoxicado y completamente curado. Cuando salió del centro, fue a su casa, pero con la idea de marcharse; estaba tan avergonzado con lo que había pasado, que pensó sería lo mejor.

Se marchó a la legión, donde estuvo cuatro años y en todo ese tiempo, no supo casi nada de su familia.

Cuando se licenció, fue a visitar a su familia y se encontró con que su madre había muerto hacía seis meses.

Lo intentaron localizar cuando murió la madre, pero se había enrolado en la legión con un nombre falso y fue imposible encontrarlo.

—Se murió con tu nombre en los labios y la pobre cada noche rezaba y en sus rezos, siempre te mencionaba, Miguel— le decía el padre con lágrimas en los ojos y añadía —: ¿Ahora qué tienes pensado hacer?

— No sé, papá, lo más seguro, es que me vaya a la marina mercante, de hecho, ya tengo un contrato firmado. ¿Dónde está mi hermano?

—Está en la universidad, estudia derecho y sólo viene los fines de semana.

Estuvo dos días con su padre y se marcho.

         Se embarcó un barco mercante de nacionalidad francesa, de ayudante de maquinas y estuvo viajando por todo el mundo durante ocho años.

Un día lo cogieron con dos kilos de cocaína en su taquilla y aunque dijo que no era suya, no lo pudo demostrar y lo condenaron a cuarenta años de cárcel. Habían dado un chivatazo a la policía y en el registro del barco, se la encontraron en su taquilla.

Su hermano había terminado la carrera de abogado y aunque hizo todo lo que humana mente se podía hacer por él, lo único que pudo conseguir, fue que le rebajaran la pena a veinte años de cárcel, pero el sacarlo, le fue imposible.

Había estado encerrado en un país extranjero y lo había pasado bastante mal y cuando terminó la condena, estaba deteriorado, física y mentalmente. Se había convertido en una caricatura de sí mismo.

Había terminado la condena y saliendo por la puerta de la cárcel, aún no sabía a dónde ir; su padre hacía tiempo que había muerto y sólo tenía a su hermano por familia. Este había tenido un accidente de coche y aunque no estaba grave, lo habían tenido que ingresar en un hospital.

—Iré a ver a mi hermano, aunque no sé si vive todavía en el mismo sitio, porque hace un par de años que no se nada de él —se preguntaba para sus adentros, en la barra de un bar.

         Cogió el primer tren que pudo y se fue para su pueblo, para intentar encontrar a su hermano.

De repente se escucho el ladrido de un perro y Miguel se despertó de aquel dulce sueño y se frotaba los ojos.

—Qué sueño he tenido tan bonito, he visto a mi madre, a mi padre y a mi hermano, lo mejor que he tenido en mi vida. Ahora todo me parece un sueño, no supe apreciar lo que tenía y tenía tanto. Pensaba que era el más listo de todos y que lo sabía todo y la verdad era que no sabía nada, fui el más tonto de todos. Cuando eres joven, piensas que te vas a comer el mundo (crees que eres el más listo, que todo lo sabes y no escuchas a quien debes escuchar) y qué equivocado está uno, por no pensar como se debe, y en mi caso por no hacerlo, el mundo me ha comido a mí y bien que me ha comido. Lo feliz que hubiera sido, si no me hubiera equivocado de camino y hubiera escuchado los consejos de mis padres. Los errores se pagan y yo bien que los he pagado y aun los estoy pagando  —reflexionaba entristecido.

         De golpe Miguel se sobresalta al ver al niño del tren, que se le estaba acercando con la pelota bajo el brazo. Miguel se quedó mudo de la emoción y no podía articular palabra alguna; cuanto más se acercaba el niño, más se veía a si mismo de pequeño. El corazón se le iba acelerando y una expresión de pánico se le iba reflejando en su rostro.

—No puede ser, no puede ser, debe de ser un sueño —murmuraba con los ojos desencajados. Poseído por el miedo, escuchó unas palabras que le decía el niño.

— ¿Le pasa algo, señor mendigo? ¡Tiene usted mala cara! ¿Es que está usted enfermo?

         Miguel no aguantó más la emoción y se desplomó, al oír las palabras del chico. Aquellas palabras le sonaron en su cabeza como si las hubiera pronunciado él, y eso, le atormentaba.

Miguel sentía a la muerte que lentamente se le estaba acercando y desde el suelo con voz moribunda, llamaba al chico. Este se puso de rodilla y le preguntó.

— ¿Dígame señor mendigo, en qué puedo ayudarle?

— Me estoy muriendo, me estoy muriendo —le decía con lágrimas en los ojos y añadía —: ¿Cómo te llamas, muchacho?

— ¡Miguel! Señor Mendigo.

— ¿Y tus padres?

—Mi papá se llama Juan y mi mamá, María. Además tengo un hermano cuatro años más pequeño que yo, que se llama Félix.

         Miguel reflejaba en sus ojos la impotencia y sus lágrimas surcaban sus pálidas mejillas.

—Escucha siempre los consejos que tus padres te den, ellos siempre te darán los mejores y cuida a tu hermano. Mira siempre de ser inteligente y coger el buen camino, que yo por no hacerlo, en la cárcel me he visto, y hoy me estoy muriendo sin nadie a mi lado, solo, y como un sucio mendigo.

Aquí acaba la historia de uno de tantos, que no escucho cuando debía, lo que debía y a quien debía, y teniendo la gran suerte de poder elegir (por que hay otros que no tienen tanta suerte y no pueden hacerlo), eligió el mal camino.

 

GJPavón.  

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Lunes, Febrero 19, 2018

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