30 Días: Cuando el amor duele y hiere.

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30 Días:  Cuando el amor duele y hiere

DÍA 1
 
Me quedé sin habla y casi sin respiración cuando lo vi sentado frente a mí en aquella cafetería del centro, la habitual, la de siempre, con una de sus maravillosas sonrisas que le iluminan el rostro, en conjunto con el brillo de sus ojos que hoy parecían resplandecer más que nunca.  Estaba radiante, feliz, emocionado.  Parecía fuera de sí y eso de alguna manera me asustó.
Lo observé una y otra vez mientras me acomodaba en mi silla.  Esperé pacientemente a que comenzara a hablar, pero no lo hacía, estaba nervioso.  Lo conocía perfectamente como para notarlo.  Diego no era precisamente una "caja de sorpresas", sino más bien alguien demasiado predecible, tanto en sus actos como en sus emociones.  Hubiera querido adelantarme a sus palabras, como tantas otras veces lo hice, pero hoy... no, hoy no iba a ser uno de esos días; hoy iba a ser... aterradoramente especial.
Tosí una, dos, tres veces mientras me observaba.  Le di tiempo a esos ojos azules que ahora parecían nostálgicos junto a esa sonrisa inquieta que le brotaba de los labios naturalmente... Diego me estaba sacando de quicio.
-¿Y?-, me atreví a expresar al ver que no formulaba palabra alguna.  -¿Vas a decirme qué sucede o tendré que adivinarlo?
Se mantuvo en silencio, sólo jugueteó con sus manos entrelazadas mientras sonreía exquisitamente, tanto como me gustaba.
-No tengo mucho tiempo-, le advertí.  -Así que si quieres jugar a las adivinanzas, será mejor que lo hagas en otra ocasión.
Diego suspiró profundamente mientras dejaba caer una de sus manos sobre las mías.
-Espera-, me detuvo.  Acto seguido, buscó algo dentro de uno de los bolsillos al interior de su traje.  No demoró más que un par de segundos en dejar frente a mi pálido rostro una cajita gris aterciopelada.
-¿Y?-, volví a expresar, pero esta vez con una rara sensación en el estómago.
No pudo ser peor.  No sé si fue mi reacción de pánico al ver el hermoso anillo de diamantes que allí se encontraba frente a la altura de mis ojos o su cara de emoción al ver mi rostro totalmente desencajado.
-¿No vas a decir nada?-, me preguntó casi al instante, aún con la mano extendida y sobre ella la caja y el anillo.
¿Qué se suponía que iba a decir?  ¡Oh, es maravilloso, gracias!  Pero no, ese anillo tenía otra dueña..., pensé. Suspiré y comencé a despejar mi mente de tantas interrogantes que rondaban desequilibradamente dentro de mi cabeza.  ¿Por cuál de ellas iba a comenzar?
-Es un poco ostentoso, pero es... bonito y una broma, ¿cierto?-, dije sin más, sin saber a ciencia cierta por qué había elegido esas palabras.
-No-,me respondió.  -Me caso con Sarah.
¿Casarse?  ¿Estaba oyendo bien?  ¿Había dicho "casarse" con todas sus letras?  ¿Y con Sarah?  Guardé silencio mientras sentía como mi estómago estaba conteniéndose.  Si en un primer momento consideré mariposas revoloteando dentro de él (eso era lo que Diego me causaba desde... ¿siempre?),  ahora estaba siendo devorada por diminutos murciélagos asesinos.
-Siempre te adelantas a los hechos y a todo lo que tiene que ver con mi vida.  ¿Tan bien me conoces, Emma?-, expresó clavando sus intensos ojos azules sobre los míos.
-Sarah... Vas a casarte con ¿Sarah?-, logré pronunciar sin ningún tipo de entusiasmo, pero en realidad deseaba, anhelaba decirle: ¡Maldición, Diego! ¿Para esto me hiciste venir hasta aquí?  ¡Eres un...!  Tuve que morderme la lengua.
-Sí, ¿no es una locura?  Fue todo tan precipitado... Ella se marcha a la India... No quiero perderla... Ella y yo...
-Con que ella y tú...-, fue lo único que pude decir, después que apreté mis labios uno contra otro para evitar soltar alguna que otra estupidez de la cual, obviamente, me arrepentiría.  No es que estuviese en desacuerdo, no es que no me agradara la noticia, pero... ¿casarse?  Diego, mi mejor amigo ¿iba a casarse?
-Emma-, me llamó atrayendo toda mi atención de regreso a la realidad.  -¿Emma?  Aún estoy aquí-, dijo colocando una de sus poderosas manos sobre mi mentón.
-Sí, creo que... es un... seguro va a agradarle muchísimo-, logré al fin exclamar.
-¿Te sucede algo?-, me interrogó mientras dejaba la cajita sobre la mesa.  -¿Dije algo malo?
-No-, mentí.  -Me pillaste por sorpresa.  Es una gran... noticia, sin duda-.  Y una gran mentira la que acabo de decir.  Bajé la mirada hacia la caja aterciopelada y la observé por un par de extensos segundos.  El rostro de Sarah se vino a mi mente riendo de alegría, incluso llorando patéticamente.
-¿Seguro que no vas a decir nada?-, volvió a preguntar.
-¡Te felicito!-, opiné con una de mis mejores frases llenas de sarcasmo.
-Creo que no es eso lo que realmente me quieres decir-, se anticipó sin dejar de quitarme la vista de encima.  -Tus ojos...
Se suponía que mis ojos no debían decir nada.  Debían estar neutrales sin atisbo de sentimiento alguno.  Él no podía notar lo que en este momento estaba pasando por mi mente y por mi corazón.  Debía ser su amiga, su mejor amiga como lo habíamos sido desde los doce años, cuando nos conocimos un verano en la playa.
-No me hagas caso-, le pedí mientras movía mi cabeza de lado a lado.  -Estoy algo...-, intenté explicarle mientras buscaba la definición a cómo me sentía.  -¿Impactada?
-¿Impactada?  ¡Vaya!-, se sorprendió.  -No era el adjetivo que esperaba oír.
¿Y qué deseabas escuchar?  ¿Estoy feliz?  ¡Ja!
-Pero viniendo de ti está bien.  Lo siento, Emma.
-¿Lo sientes?  ¿Por qué?
¿Al fin un poco de cordura?
Diego suspiró antes de hablar y tomó la cajita entre sus manos para luego guardársela definitivamente dentro del bolsillo del cual la sacó.
-Es que todo ha sido tan...
-¿Inesperado?-.  Estaba acostumbrada a terminar alguna que otra de sus frases.  Sí, lo sé, una maldita manía.
-Sí-, dijo tras una cálida sonrisa.
¡Entonces deja que se vaya a donde quiera y date el tiempo necesario para saber si es ella realmente a quien quieres en tu vida!, pensé.
-Sarah es una estupenda mujer, es dulce, cariñosa...
¿Y qué más?  ¿Te comprende, te entiende?
-Y vas a casarte con ella sólo por eso o por que se va?
Por un momento Diego borró todo atisbo de felicidad de su rostro. Fue como si hubiese dado en el clavo con aquella tan insignificante pregunta que le había formulado.
-Lo siento, suelo hablar de más-, me disculpé prontamente.  -No me hagas caso-, intenté excusarme sabiendo que había metido la pata hasta el fondo.  Bajé la miraba hacia el piso para no tener que cruzarme con la suya otra vez.  Quizás la pregunta no había sido tan insignificante después de todo.
-¿Por qué lo dices de esa forma, Emma?  Pareces molesta.
-¿Decir qué?  Me parece lo más adecuado en este momento.  Tengo derecho a cuestionarme ciertas cosas con respecto a ti.  Somos amigos desde hace bastante, Diego.
-Sí, pero por lo mismo creí que te agradaría la noticia que acabo de darte.  ¡Voy a casarme, mujer!
Sí, lo sé, ¡pero ella no es para ti, hombre!
-Sí, pero ella...-.  Tuve que contener mis palabras que osaban salir de mi boca como fieros latigazos.
-¿Pero ella qué?  Sé que Sarah y tú nunca han congeniado del todo, pero eso no es lo más importante ahora.
¿Qué no es lo más importante?  Estaba escuchando bien o ¿ni siquiera le importaba que ella y yo hiciéramos buenas migas?
-De acuerdo... No soy yo quien va a cometer semejante locura.  O.K-, atreví a señalarle con total ironía, cosa que se me daba de lo más natural.
-No es una locura, Emma, es mi vida-, me sentenció.
-¿Sarah es tu vida?  ¡Wow! ¡Entonces, déjame felicitarte!
Nos estábamos enfrascando poco a poco en una singular discusión.
Diego se acomodó en su asiento mientras suspiraba otra vez.
-¿Por qué tienes que cuestionar todo lo que hago? ¡Ya no tenemos 12 años!
-No cuestiono tu vida o tus decisiones, sólo me aseguro de que ellas sean las mejores.  ¡Quiero lo mejor para ti!  ¿Qué no lo entiendes?
-Claro que lo entiendo, pero ¡es mi vida, Emma!  ¡Mi vida!-, recalcó alzando un poco la voz.
Con ese tono me di cuenta de lo que realmente estaba pasando.  Él tenía toda la razón y me lo estaba dejando más que claro.  Era su vida y podía hacer con ella lo que quisiera.
-Pues...-, medité bien antes de decir una o que otra estupidez.  No sabía si la opresión que sentía en el pecho era por su "fantástica noticia" o saber realmente que no formaba parte de ella.
-¡Déjalo ya!-, me dijo mientras comenzaba a levantarse.  -No quiero discutir, menos contigo.
-Tampoco yo-, insinué con la mirada perdida en algún punto distante de aquel lugar.
-Creí que esta conversación me daría el empuje necesario como para pedírselo, por eso te cité aquí.
¿Y me había elegido a mí como su fuente de inspiración y valentía?  ¡Maldición!  Suspiré, tenía que decir algo, pero no sabía qué.
-Lo siento, creo que no te seré de mucha ayuda-.  Necesité de toda mi fortaleza para levantarme de la silla.  Los murciélagos comenzaban a subir por mi pecho e iban directo a devorar mi pequeño corazón.
Diego estaba dispuesto a marcharse.
-¿Por qué?-, quiso saber algo intrigado.  -¿Por qué de pronto siento como si hubiese dicho o hecho algo malo?
-No hiciste nada malo y... lamento mucho mi exagerada reacción, pero... te quiero y... también deseo que seas feliz.
-Soy feliz con Sarah, Emma.
Primera mordida, ¡ouch!
-Entonces... ¡qué rayos estás haciendo aquí conmigo!  Ve... por ella-, expresé luchando por no decir aquellas palabras, pero hoy mi boca no estaba en pleno contacto con mi cerebro.
-¿Estás hablando en serio?-, me preguntó.  Sus ojos comenzaban a brillar.
Segunda mordida, ¡te desangras, Emma Del Real!
Traté de sonreír mientras no me quitaba los ojos de encima.  Luego, depositó cariñosamente una de sus manos sobre mi pálida mejilla que al contacto con su piel tibia se sonrojó inevitablemente.
-Gracias-, formuló casi en un murmullo.  -Eso es lo que esperaba de una gran amiga.
Tercera mordida.  Estás muerta.
Me besó en la mejilla y se alejó de mi lado dejándome de pie frente a todas aquellas personas que a esa hora de la mañana desayunaban en aquel café, en el habitual, en el de siempre.  Tuve que volver a sentarme mientras que en mi mente divagaban todo tipo de recuerdos... ¿Estaba siendo egoísta?  ¿Podía ser tan estúpida como para creer que alguna vez Diego...?  No, eso no iba a suceder.  Por como iban las cosas obtuve un rotundo "no" como respuesta.  Sólo era para él su "gran amiga" y eso no facilitaba para nada las cosas.
-Sarah, ¡felicidades!-, exclamé algo emocionada y llena de ira a la vez con los ojos un tanto humedecidos, con el pecho oprimido y ,obviamente, con ganas de salir huyendo a toda prisa.
                                                                                                                                       Continuará...
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Domingo, Febrero 25, 2018

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