Malvada Locura - VIII

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Malvada Locura – VIII

(Octavo relato de la serie Malvada Locura)

 

            Me despierto en su cama pensando en fantasmas y en esa tía buena que no consigo ligarme sólo para no tener que detenerme a pensar una vez más en lo absurdo que es todo y en lo lejos que estoy de llegar a comprender por qué todavía hay por ahí gente que habla del amor como si acabarán de estar cara a cara con él, cuando yo sólo alcanzo a ver las ruinas que sobrepasan los sueños de los hombres, reducidos a una sombra mezquina que arde al otro lado de un espejo que bien pudiera ser la faz del mismísimo Dios, si no fuera porque el fin de la Eternidad fue ayer, cuando descubrimos la mentira de la Salvación apuñalándonos el corazón, que vuelve a latir, sí, como lo hacen las pesadillas en las noches de tormenta. En esas noches me siento como un niño con la Luna rota en pedazos en mis manos. Sé que es una ofuscación, una ilusión, pero de pronto me veo de chaval, corriendo calle abajo a toda velocidad, directo al parque que había al lado de mi casa para enterrar allí esas reliquias lunares que llevo apretadas contra mi pecho.

 

            De chaval tenía la costumbre de coger en la calle piedras pequeñas, fragmento de las calzadas que después enterraba en el parque. Las elegía con mucha cautela. Las observaba atentamente esperando que sucediera algo, pero sin saber exactamente qué tenía que suceder. De hecho ni siquiera sabía por qué estaba allí cavilando, observando aquellas piedras para luego enterrarlas, sólo sabía que tenía que hacerlo, como si una voluntad superior me forzara a ello, pero sin compartir conmigo su secreto. Podía pasar dos o tres horas de rodillas, sin moverme, como si yo mismo fuera otra piedra más, insignificante y desmemoriada sumido en un silencio interior más profundo y antiguo que este maldito mundo. No veía, no pensaba, no escuchaba, no me movía: y de repente volvía a la vida, o mejor dicho, al mundo de los vivos sabiendo exactamente que piedras tenía que enterrar y cuáles no. Las apretaba con fuerza en mis manos y salía corriendo lo más rápido que podía. Cuando terminaba de enterrarlas, me sentía como si hubiera estado a punto de perder la vida librándome de la muerte en el último instante. Esta sensación me golpeaba el pecho con fuerza produciéndome una mezcla de terror y regocijo que pronto degeneraba en un sentimiento de pánico que me retorcía por dentro como si estuviera hecho de papel alzándome a continuación en una espiral de terror. El cielo, el viento, los árboles, el trino de los pájaros, los críos que jugaban a mi alrededor, los coches que pasaban rugiendo, toda aquella gente que allá abajo se movía, todo cuanto sucedía a mi alrededor aparecía grotescamente ensamblado en un solo y único fotograma como si todo fuera una sola y única cosa. La ciudad entera era un Frankenstein con torso, miembros y vísceras acopladas, pero sin un rostro al que mirar, una voz con la que poder llamarlo o unos ojos que pudieran explicar por qué era otro, algo fuera de él. Por la noche, con los ojos abiertos en la oscuridad, sano y salvo en mi cama, pensaba en todo aquello, pero no lograba comprenderlo... y cuando por fin, mucho tiempo después pude comprenderlo, descubrí que no quería saberlo.

 

            Como tampoco quiero saber por qué todavía hay por ahí gente que todavía habla del amor, cuando sus vidas no han sido más que un comprar un poco de esto y poco de lo otro. Incluido el amor, sobretodo el amor, mal comprado en algún callejón sombrío del que extrañamente se olvidan al salir el Sol. Entonces se comportan como nunca hubieran estado allí, hablan como si nunca hubieran estado allí, piensan como si nunca hubieran estado allí, viven como si nunca hubieran estado allí y hasta podría creerles, pero entonces les miro a los ojos por un instante y de inmediato sé que sus vidas no son más que una mentira de noches interminables en alguna pensión barata.Eso puedo comprenderlo, lo que me jode es verlos indignados, paseando periódico en mano, hablando de la moral y la decencia. Los he odiado toda mi vida, no por ser unos depravados, no por lo que son, sino por lo que no son. Por esa parodia de virtud y honorabilidad en la que, después de todo, insisten una y otra vez. Pueden engañar a sus mujeres, a sus hijos, a sus jefes, a sus banqueros, pero no a mí. Yo soy el ojo escrutador del Diablo que todo lo ve porque ni siquiera el Todopoderoso podría salvar mi alma, o hacerme cerrar los ojos y así, al fin, descansar de una vez por todas.

 

            Eso es todo lo que necesito: cerrar los ojos, dormirme, olvidar que estoy vivo y que cuanto más vivo, más cerca de la locura total y absoluta que veo cabalgar hacia mí montada en un flamante caballo blanco que relincha en la noche cuando, insomne, deambulo borracho por las calles sucias y vacías de mi ciudad que nunca es como la recuerdo. Eso me da que pensar. Sé que hay algo fuera de lugar, sé que hay algo que hasta el día anterior estuvo allí y que ahora ya no está, pero no sé el qué y cuanto más pienso en ello, más confuso se vuelve todo y entonces me doy cuenta de que no recuerdo nada de mí mismo. Como si acabara de nacer en aquel preciso instante y careciera de un pasado. Soy consciente de que hace mucho que vago por la superficie del mundo, huyendo de algo, pero no logro averiguar ni un solo detalle de mi existencia. Me siento prisionero de un cuerpo, de una mente, de una realidad de la que no sé absolutamente nada y, sin embargo, soy Yo, pero qué demonios significa Yo. Pensar en esas circunstancias me agota, me exaspera. Es como tratar de atrapar el vientocon una red, sólo consigo sentirme aún más confuso y desolado, y después de la confusión y la desolación: el suelo se abre bajo mis pies, caigo en un giro diabólico que me eleva a la desesperación más atroz. Busco respuestas, pero sólo obtengo más preguntas que lanzo inútilmente contra esa esfinge inhumana que veo medio reflejada en el escaparate de una tienda, sin que en ningún momento se me pase por la cabeza que, yo y la esfinge, somos una sola y misma cosa. En su lugar, me siento ante la muda presencia de una especie de centinela de un tiempo pasado, ya muy lejano, que mediante algún misterioso artificio ha logrado entreabrir las pesadas brumas del tiempo. Entonces pienso en la muerte, no como algo que me asuste, sino como algo que nunca sucederá. Algo a lo que no pertenezco y si no pertenezco a la muerte, tampoco formo parte de ese misterio llamado vida que, en esos instantes, es para mí poco más que el viento frío que azota mi rostro o el brillo distante de las estrellas sobre mi cabeza. Jamás he estado vivo, jamás moriré. Como una sombra me deslizaré por las grietas del tiempo, desconociendo el comienzo, pero siempre testigo del final último de todas las cosas, las pequeñas cosas que aún corren libres por el mundo... y cuando nada quede, volveré el rostro hacia ese instante de olvido y silencio, que desfallece miserablemente en cuanto el caballo blanco relincha de nuevo trayéndome de regreso a mí mismo. De repente lo recuerdo todo, absolutamente todo y pienso que era mejor no tener recuerdos, ni un presente ni un futuro del que no podré escapar, que se va ajustando a mi cuello como una soga de la que algún día quedaré colgado. Quisiera volver a aquel estado de no vida, o nomuerte o ambas cosas en el que me encontraba hacia tan sólo unos segundos atrás, tiempo suficiente para que entre Yo y Yo se interpusiera una distancia inabarcable expulsándome a este lado de la creación, a esta fosa de la consciencia ¿Cómo me sentía? No hay palabras con las que pueda describir lo que sentía. Supongo que lo que sentía no era muy distinto a como todos se han sentido por lo menos una vez en la vida, cuando al abrir los ojos nos percatamos que nuestros corazones detenidos reanudaron su marcha en ese preciso instante en que abrimos los ojos. Levanto la cabeza, ya no es una esfinge, es el reflejo astillado de un hombre lo que veo reflejado en el cristal. Conozco su nombre, conozco su pasado, conozco sus miserias, conozco sus penas... lo conozco demasiado bien como para querer seguir siendo ese hombre.

 

            ¿Amor a qué, amor a quién? ¿Qué demonios es ese amor del que tanto hablan?, me pregunto mientras empalmo mi quinto cigarrillo. Lucía llegará en cualquier momento. Siento que debo resolver este misterio pernicioso antes de que ella llegue o una terrible catástrofe caerá sobre mi cabeza cada vez más metida en mis intestinos. Miro obcecado por entre los intersticios viscosos y nauseabundos de mis vísceras como quién mira por el ojo de una cerradura tratando de vislumbrar qué ocurre al otro lado de mí mismo: nada, no sucede nada. Para cuando me doy cuenta ya es demasiado tarde: estoy borracho, completamente borracho. Lucía fruncirá el ceño, me mirará decepcionada y yo me sentiré como un jodido gusano. Para colmo, ese macabro ejercicio de evisceración introspectiva ha sido totalmente inútil.

 

            Apuro lo que me prometo será mi última copa, enciendo otro cigarro y miro de reojo los titulares de la prensa: el mundo sigue flotando en la misma letrina en la que lo dejé hace años cuando abrí por última vez un periódico. Cansado de tanta mentira y de tanta miseria, se puede decir que aquél día rompí mi pacto con la Humanidad.

 

            Levanto la cabeza, Lucía avanza hacia mí como una Perséfone alzada desde las profundidades del Hades, portando en su mirada la luz olvidada de un mundo perdido hace mucho que ya sólo pervive en las lejanas brumas de nuestra memoria. Lucía cree en el amor, dice que sabe lo que es el amor, pero eso no le ha servido de nada, por mi parte no sé si se ha vuelto loca o si sencillamente es tonta. Todos los hombres que han pasado por su vida la han ido destruyendo un poco cada día hasta que un día, sencillamente se largan dejándola sola y rota en una cama deshecha a la que pronto trepará algún otro capullo. Entonces, Lucía, se limpiará las lágrimas, sonreirá de nuevo y pensará una vez más que ha encontrado el amor de su vida: la primavera romperá en mil colores y todo será hermoso como en un cuento, hasta que un día, bueno, un día Lucía parecerá un poco más vieja, más triste, más lejana, más agotada, más perdida, más ajada y ni siquiera será consciente de ello, pero yo sí. Tendré que afrontarlo una vez más pensando que no será la última vez y que cuando llegue ese día sólo podré hacer una cosa: beber, beber hasta llegar a ese punto de liberación en el que no veo, no pienso, ni siento. Entonces su voz entrecortada será sólo una musiquilla anodina que se rompe lejos, muy lejos de mí que, en ese instante, lo más probable es que vague a tientas por esa catacumba de tristezas y miserias en la que he ido a caer hace ya mucho tiempo cuando, precisamente eso, tiempo, era lo único que tenía para abordar las mil y una fronteras del espíritu y cuanto había más allá. Un tiempo limitado que se iba estrechando rápidamente. Leía, pensaba, observaba; cabalgaba en pos de una verdad oscura e ignota que probablemente sólo existía en mi cabeza. Fue por aquel entonces cuando llegó el insomnio; luego, llegó la angustia, el dolor y por fin, un día, llegó la locura y en ese preciso instante en que crucé el Rubicón de la cordura, inmerso en el delirio, atiné a comprender con toda claridad, pese a todo, que la locura acababa de salvarme la vida. Si en ese preciso instante si no hubiera enloquecido, sin duda me hubiera quitado la vida.

 

            Hace años que soy amigo y una suerte de confesor de Lucía. En todo este tiempo he visto como la mitad de los capullos de la ciudad han pasado por su cama, lo peor es que todavía le quedan ganas, figura y tiempo de sobra para que la otra mitad le rompa el corazón. Mientras ella persigue el  amor de su vida yo estaré presente antes, durante y después de todo el proceso como un notario levantando acta de lo sucedido, preguntándome por qué no cierro los ojos, le doy la espalda y me largo de una vez. Desde el principio sé como va a terminar la cosa: mal. Siempre termina mal ¿Por qué Lucía no se percata de ello? Ese es el gran misterio que he intentado resolver  denodadamente a lo largo de todos estos años. Sencillamente parece que todo lo pasado no tiene el menor efecto en ella. Un día llega y me dice con una sonrisa enorme: “He conocido a un tío fantástico”, una semana después estoy sentado en un restaurante invitado por ella con mi mejor camisa con, bien peinado y con mis botas casi limpias preguntándome qué demonios hago allí, tan sólo para tener el privilegio de conocer a su nuevo príncipe azul ¿Por qué? Buena pregunta, de hecho estoy pensando en ponerle un marco bien grande y colgarla en la pared junto a otras preguntas igual de enigmáticas como: ¿Por qué no te vas a la mierda, Lucia?, o la menos intrigante pero igual de de fascinante: ¿Por qué no te digo lo que pienso de estos gilipollas?, tan sólo para no olvidarlo ni un sólo puñetero instante de mi vida que se vuelve bastante más jodida cuando soy invocado desde mi particular inframundo por el corazón palpitante de Lucía lleno de amor, para conocer al hombre: que ha dado un nuevo sentido a mi vida... que me está ayudando a redescubrirme... porque he madurado y fulano es el cambio que necesito... Un momento, ¿qué coño significa toda esta mierda?, ¿de qué coño me está hablando?, ¿se da cuenta de la cantidad de veces que me ha soltado alguna chorrada de estas en estos años? Joder, en ese instante ardo en deseos de lanzarme sobre su cuello y cargármela, pero no, me quedo rígido en mi silla forzando una sonrisa boba que haga juego con la suya, bebiendo con moderación, encerradoen ese castillito de pensamientos malvados que es mi cerebro que cavila y cavila frenéticamente sobre aquellos dos a los que, llegado un punto, empiezo a imaginar sin ojos, sin labios, sin lenguas, con sus cabezas clavadas en una pica… Me gustaría ponerme en pie y decir: Oye, Lucía, no me hables más del amor porque el amor no existe; un buen polvo, talvez, si no te detienes a pensar en ello o por el cigarro de después. Pero el amor no existe, es algo que sólo está en tu tonta cabecita. Mira, Lucía, ya hemos pasado por todo esto antes, este tío es sólo otro capullo que en unos meses te habrá dejado tirada como una colilla, no es ningún príncipe azul, no es el jodido amor de tu vida, ¡míralo, es sólo otro gilipollas alardeando de Chagal, de koanes, de resonancias mórficas: ¡qué más da! Lo más importante de todo es ¿Por qué te haces esto a ti misma? ¿Por qué no quieres verlo?, pero sobretodo: ¿Por qué demonios ver como te estrellas una y otra vez contra la misma piedra me jode tantoy me saca de mis casillas? A veces pienso que en algún remoto confín de tu tonto corazón sabes que nada de esto es real... no importa, no quiero saberlo, tan sólo te pido que no me obligues a presenciarlo ¡Libérame! Ahora mismo debería de estar tirado en el suelo de mi habitación bebiendo a solas y con el “Sweeting Bullets”  sonando en lugar de estar aquí en esta mesa contigo y con este payaso dándole vueltas al coco intentando no emborracharme, sin agallas para decirte lo que pienso, rodeado de gente que dentro de un rato, mañana o pasado también terminarán por hablar del amor... No, en vez de eso, callo, engullo el fuego de la ira que me consume. Sonrío cuando ellos sonríen, bebo lo que ellos beben, como lo que ellos comen, me río de lo que ellos se ríen y cuando hablan de Modigliani suelto interesado algún topicazo de los muchos que abundan en las enciclopedias. En definitiva: mantengo la compostura, intento disimular mi abatimiento, finjo que no pasa nada cuando por dentro soy todo rabia y tristeza, las dos formas primordiales del Universo. Estoy convencido de que el big-bang fue un estallido de rabia y tristeza, tal vez el suicidio del Dios del amor. Yo no puedo suicidarme, Lucía no me lo permitiría, tengo que mantener el tipo, sobrio; total, absolutamente y terriblemente sobrio. Eso lo hace todo aún más difícil. Mi mente está alerta, atenta a cuanto sucede a mi alrededor, nada se escape a su control. Cada gesto, cada palabra, cada mirada, cada ruido, cada olor... todo cobra una magnitud desproporcionada. Vivir así es un puto infierno y si encima me hablan del amor, bueno, si me hablan del amor...


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