Mi relación definitiva

1 1 1 1 1 1 1 1 1 1 Rating 0% (0 Votes)
Ratio:  / 0
MaloBueno 
Tamaño letra:

Adoro la historia de Romeo y Julieta es una historia que no pasa de moda. Un amor tan intenso, tan pasional, tan excitante, tan… completo. Morir por amor y enamorado. Una ilusión, la verdadera irrealidad para cualquiera, pero para una mujer tan soñadora como yo no podía existir el amor de otra manera.

Supongo que había visto demasiadas películas con final feliz y comedias románticas, además, había leído demasiados cuentos de fantasía. ¿Quién me iba a decir que la crudeza de la vida chocaría de bruces contra mi paraíso interior? Los libros y el cine se habían confabulado en mi contra.

Y creí en el alma gemela, en el amor a primera vista, en las flechas de Cupido, no sé…

Todo comenzó cuando conocí al “hombre de mi vida”. Alto, moreno, de unos 45 años, con unos preciosos ojos negros y unas manos que parecían preparadas para acurrucarse en ellas. Estaba tan guapo y estilizado con ese traje oscuro. Recuerdo su camisa lila porque me da alegría ese color y, su perfume, ¡ay! Su perfume olía a esa colonia que tanto me gusta de Jean Paul Gaultier…

Me lo presentó Marga justo antes de comenzar un seminario sobre racionamiento alimentario en campos de refugiados.

-       Éste es el doctor, y ponente, Julián Pérez del Campo, especialista en psicología infantil. Hoy hablará en la segunda mesa de la tarde sobre sus experiencias en el tratamiento psicológico de niños soldado.

Y dirigiéndose a él, dijo Marga toda orgullosa:

-       Ella es mi mejor alumna, Rebeca Valle. Investiga, para su doctorado, sobre la inserción social de los niños soldados rehabilitados en la edad adulta.

No pude evitarlo, me sonrojé. No por la “medalla” que me ponía Marga, si no por él, por su aspecto, pos su sabiduría y entonces, pensé: - eres para mí. Por desgracia, estaba tan absorta en mis pensamientos de loca enamoradiza, juntos de la mano por ese mismo palacio de congresos donde estábamos, besándonos apasionadamente en el baño, tomando un café con los labios muy cerca… que no me percaté que lo decía en voz alta:

-       ¡Eres para mí!, digo… eres muy amable conmigo, Marga. Un verdadero placer doctor. Estoy muy interesada en la charla en la que usted participa.

No me pareció que salí muy mal parada del embrollo. Al menos, en ese momento. Me sentí orgullosa de la velocidad en la que lo resolví. Y él, que yo creo que entendió mis palabras y mi atontamiento, porque seguro que ya le había pasado antes, contestó, amablemente:

-       Encantado de conocerte Rebeca. Si tienes dudas o alguna pregunta que pueda servir en tu investigación, no dudes en ponerte en contacto conmigo estaré por Madrid un par de semanas y luego volveré a Malí para continuar mi trabajo.

-       Muchas gracias.

Acerté a decir mientras respondía Marga por mi bien:

-       Seguro que Rebeca tiene muchas preguntas, es una gran investigadora, muy rigurosa en todo su trabajo. Sería una buena idea. Ambos tenéis mucho en común, os lo aseguro.

En ese momento, un hombre regordete y bajito, con una acreditación roja en la solapa, le hizo un gesto al doctor Pérez del Campo. Y éste dijo:

-       Debo irme, me esperan en la sala de prensa, pero estaré encantado de hablar con ustedes esta noche en la cena que organiza el Congreso.

-       De acuerdo.

Acordó Marga.

Embelesada escuché su charla, era todo tan atrayente lo que decía y cómo lo decía, que hasta Marga se dio cuenta de mi excesivo interés.

-       Quizá debas hablar con él para que te guíe en esta parte de la tesis, no creo que la Universidad pusiera problema para que ambos fuéramos tus tutores.

Argumentó Marga, muy convencida de que era algo bueno para mí, y continuó:

-     No te preocupes, sé persuadirle, hemos trabajado en varios proyectos juntos, será pan comido, en muy buen chico.

 -    Puede que sea una buena idea…

Pero ya no veía más allá de mis ensoñaciones de largos paseos por la playa solitaria de arena blanca, de largos besos al atardecer… y crecías y crecían mis ilusiones. Hasta me notaba excitada y húmeda al vernos desde una esquina de mi habitación hacer el amor. Qué placer.

La tarde se me hizo eterna, por suerte, tenía mucha imaginación y estaba inquieta por pasar por casa antes de ir a cenar para arreglarme un poco, por suerte el restaurante estaba cerca de mi apartamento y estaba pensando en qué ropa ponerme, algo más provocativo, que al Congreso había ido demasiado formal y un bonito conjunto de ropa interior que llevaba lo primero que había pillado del cajón esa mañana. Además hacía calor podía dejarme un vestido negro escotado y bastante ajustado que me sentaba de perlas, el precioso sujetador negro de encaje y su tanga a juego, un recogido informal y los zapatos verdes, como los pendientes de malaquita que compré el lunes. Iba a estar radiante. ¡Y lo estaba!

Cuando se despidió la última mesa de debate, en la que ya no podía soportar que la gente hiciera preguntas sobre amputaciones y diarreas, agarré mis cosas y salí pitando. Le dije a Marga que tenía que pasar por el banco y llamar a mi madre antes de ir a la cena, para evitar así ir juntas y que no supiera mis intenciones de ponerme impresionante para el doctor.

Corrí más que nunca mientras me maquillaba discretamente, me peinaba, me vestía… ¡los zapatos verdes! ¡¿Dónde están los zapatos verdes?! Iba como una loca por la casa y, claro, ¿dónde iban a estar? En su sitio, ¡debajo de la cama!

Última mirada al espejo…, ¡lista! No es porque no tenga abuela, pero ese vestido me queda fabuloso me resalta mi silueta que sus horas de gimnasio y severas dietas me cuesta mantener.

Estaba buscando la entrada del restaurante cuando le vi por la cristalera. El doctor Pérez del Campo estaba hablando otra vez con el hombre bajito de la acreditación roja en la solapa.

-       ¡Pero, Rebeca, qué guapa estás, te has cambiado de ropa y todo! ¿No será que quieres impresionar al doctor Pérez del Campo? Mira que es un hombre muy serio y no te va a llevar la tesis por tu físico.

-       No digas eso Marga, es que me he manchado la camisa y lo más rápido era ponerme este vestido…

Pero qué bien se me daba mentir, ni que lo tuviera estudiado. Mientras lo pensaba el doctor se había visto atraído por nuestra presencia. Y no dudó en venir con el señor bajito a continuar la conversación anterior.

-       Buenas noches colegas. ¿Les ha satisfecho el congreso?

Preguntó el doctor Pérez del Campo, muy correctamente y habiendo hincapié en la palabra satisfecho. Marga opinó rápidamente y, como siempre, dio sus conclusiones antes que nadie.

-       Los doctores Hernando y Gómez-López han sido insoportables, se admiran demasiado y se regodean con sus trabajos. No me parece para tanto una investigación de hace dos años. Qué hagan algo nuevo, no sé por qué siguen trayendo a estos tipos al Congreso. Nunca me han gustado sus charlas.

-       Verá señora Solís, -explicó el hombre bajito- Hernando y Gómez-López son un verdadero reclamo para la prensa y para los estudiantes porque son ambos muy mediáticos. Están en todas las tertulias de radio y televisión y eso atrae a mucha gente que hace que el Congreso de Médicos sin Fronteras pueda organizarse cada año.

Mientras continuaban su charla, noté que al doctor le gustaba mi vestido o mejor dicho mi escote. Un punto a favor para tener en el bote al hombre de mi vida. Cuando lo pensaba oí a Marga que exponía al guapo doctor la idea de mi tesis y su posible implicación en ésta. Pérez del Campo comenzó, en ese momento, una conversación, al margen del resto de personas en la sala, sobre mi tesis y desató, de nuevo, su discurso sobre los tratamientos psicológicos que empleaba con los niños, la solidaridad, la vida…teníamos tanto en común, era tan adorable, tan bueno, tan fraterno, daba su vida por los demás sin pedir nada a cambio, y sin darme cuenta estábamos tomando el café. Había cenado y no sabía si había probado bocado, ni si quiera qué habían servido de cena. Estaba tan embelesada que todo a mi alrededor había desaparecido. Sólo estábamos él y yo.

Tomamos una copa en la misma mesa de diez comensales en la que estábamos sentados, mientras continuaba la charla, ahora volvíamos a mi tesis y su posible aportación a ésta. ¡Qué amable era! Y el tema me apasionaba tanto como él, así que ya iba por el tercer gin-tonic, me di cuenta de que no aguantaba más, debía ir a hacer pis. ¡Qué rabia, siempre en el mejor momento! Tengo la vejiga pequeña. Tras el paseo al aseo, comprendí que el vino de la cena y las copas eran más que suficiente, estaba algo ebria.

Volví a la mesa e insinué la idea de irme a dormir. El doctor me tomó la delantera y se excuso:

-       Es tarde, yo me retiro. Rebeca si quieres te acompaño al taxi y mañana podrías traerme tu tesis al hotel para que la lea.

-       Claro que sí. Vamos a la calle y me tomo nota del hotel donde te alojas. Marga, me voy a dormir. Nos vemos el lunes en el despacho, pasa buen fin de semana y disfruta de la noche.

Oí que respondían desde la mesa donde habíamos estado sentados toda la noche:

-       Buenas noches.

Íbamos hacia la parada de taxi más cercana, no me atrevía a decirle que vivía al lado y que podía ir andando por si se terminaba el momento de hablar con él. No me quería despedir y quizá notó que babeaba por él.

-       ¿En tu casa o en mi hotel?

Me debí de quedar con tal cara de haba que me dijo:

-       ¿qué pasa, pensaba que te apetecía? Con ese vestido llevas toda la noche insinuándote.

-       En tu hotel.

Balbuceé. Sin pensar demasiado.

Lo había soñado, pero no creía que pudiera ser. Era el inicio de mi relación definitiva.

Estaba sentada en el taxi mientras él me metía mano por debajo del vestido. Llegó al tanga y lo estiró tan fuerte que lo rompió. Solté un pequeño grito, pero me excité tanto en ese momento que no le di importancia. Se mojó los dedos con mi excitación y los adentró en mi vagina. ¡Estábamos en el taxi y no podía creerlo!

Sacó la mano como si nada, mientras yo seguía extasiada, pagó y fuimos en silencio a la habitación 314. Entró primero, le seguí y cuando iba a besarle, se apartó bruscamente.

-       ¿Qué pasa?

-       ¡Quítate el vestido y baila para mi!

Gritó fuerte, los ojos estaban inyectados en sangre, la cara roja, de loco. No podía creer que fuera el amable doctor Pérez del Camino que acababa de conocer como al hombre de mi vida.

-       ¿Qué dices? No, mejor me voy y mañana por la mañana, tranquilamente y sin el alcohol en el cuerpo, traigo mi tesis y retomamos la dulce conversación sobre la vida en Malí.

-       ¡Puta, estás aquí para entretenerme. ¿Te crees que me importa tu puta tesis? Me importa una mierda. Lo que quiero es que te desnudes, bailes y me la chupes! Luego ya veremos. Si me gusta igual repetimos y te ayudo con el puñetero doctorado.

-       Me voy.

-       No vas a ninguna parte, guarra.

Tiró de mi precioso vestido negro y se rasgó. Me quedé asustada. Seguía sin creer lo que me estaba pasando. ¿Un respetable doctor quería violarme?

Volvió a estirar de la tela rota, el terror me paralizó creo, porque recuerdo lo que quedaba de mi vestido en el suelo. Y yo de pie, con cara de tonta, y solo vestida con un maravilloso sujetador negro.

No duró. Comenzó a tocarme la tripa, bajó la mano y metió varios dedos con gran fuerza hacía el abdomen. Creí que notaba hasta sus uñas como me rasgaban, no lo sé. Sacó con la misma fuerza la mano y me desabrochó el sujetador.

-       ¡Ahora, baila!

-       No.

Lo dije tan suave que ni me oyó. Comenzó a moverme los brazos y a reírse. Me tiró sobre la cama.

-       Si no sabes bailar, al menos sabrás chupar ¿no?

Ya no contesté, ni lo intenté. Estaba con sus rodillas sobre mis hombros, su entrepierna sobre mi cara, se bajó la cremallera del pantalón y sacó la polla. La intentó meter en mi boca. Pero, por su puesto, estaba cerrada. Se enfadó. Gritó y balbuceó varios tacos. Se quitó el cinturón y me dio un golpe seco en la cara. El dolor era fuerte, pero yo seguía en sock. Después, sin quitarse de encima, del cajón de la mesilla, agarró unas corbatas y me ató las manos a la cama sin que pudiera resistirme. Creo que entonces pataleé fuerte, pero no lo suficiente para poder con él. Me abrió las piernas y las ató como las manos.

-       Ahora verás, puta. Si no me hubieras hecho enfadar… pero te has empeñado en jugar sucio. Juguemos. ¿Qué prefieres cinturón o cuchilla? Ambos juegos son muy divertidos.

Pero antes de que pudiera contestar puso la almohada sobre mi cara. Un segundo, dos segundos, tres segundos, cinco, siete, diez…

-       Ya está, no te asustes, es solo el principio del juego. ¿Ya has pensado o elijo yo?

-       ¡Socorro, ayuda, que alguien…!

-       Calla puta. Ahora ya no elijes.

Dijo fríamente, mientras me tapaba la boca con un trozo de la tela de mi vestido que estaba en el suelo.

Eligió el cinturón y comenzó a golpearme con éste en las piernas, los brazos, los senos y en la vulva. Dejé de sentir, de pensar, cerré los ojos. Pero quería que lo viera todo.

-       Abre los ojos, que ahora viene lo bueno. Has tenido suerte la hebilla del cinturón se ha manchado de sangre, así que vamos a jugar con la cuchilla también, que está más limpia.

Intenté soltarme cuando iba a buscar el bisturí al baño, pero no era posible, estaba demasiado dolorida, asustada, preocupada por la situación, por mi tesis… Volvió y vi el brillo del bisturí como un destello. Cerré los ojos.

-       No seas tonta abre los ojos que te va a gustar…

Decía mientras sentado sobre mi barriga cortaba rodeando un círculo perfecto mis pechos.

-       ¿Ves, ahora hay lubricante suficiente?

Untó su pene con la sangre que brotaba de mis pechos y la incrustó en mi vagina, una y otra vez. Hasta que se corrió.

Sacó su órgano de mi interior. Me miró a los ojos y dijo:

-       Ha sido divertido, ¿verdad?

Moví la cabeza hacia los lados, negando la situación, la pregunta y hasta la realidad. No le gustó la respuesta, se enfadó, gritó que era una puta malnacida y poco agradecida.

Tomó de nuevo el bisturí con la mano derecha y al seccionarme la yugular, encontré alivio. 

Powered by Bullraider.com
Sábado, Febrero 17, 2018

Escritores y Lectores

Hay 63 invitados y ningún miembro en línea

Descubrir...

Encuesta Twitter

Safe Creative #0910120060733