Voto de Orgullo

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El pibe estaba en la cola. Miraba para un lado y para el otro, los nervios no lo dejaban pensar. Su primer voto, a los dieciséis, le daba tanto entusiasmo como vigor. Era uno de los tantos inscriptos en el padrón  con derecho a participar por el rumbo de un país. La fila era larga, pero se fue achicando como un tirante que pierde elasticidad ante el fuego. Faltaban sólo seis pasos o personas para entrar al cuarto oscuro. Las luces tenues del colegio le daban un tono sombrío al ambiente. Los fiscales de mesa parecían estar en la penumbra. La cola seguía avanzando y faltaba menos. Su entusiasmo era incontenible. Ya no debía esperar dos años más para su primer sufragio. Agradecía al gobierno y a la nueva ley, a la democracia y a los buenos tiempos. Hace tres décadas el único permiso era la guerra y la autorización al terror. El miedo al último suspiro sin saber.

  Durante la espera, leía un escrito de Walsh. Sus dedos traspiraban al pasar de hoja como un “subversivo” en persecución. Pasaron diez minutos más, y llegó. Uno de los fiscales lo miró atentamente mientras le pedía el documento, y el trámite se demoró. Su nombre y apellido no estaban en el padrón y el jefe de mesa se negó a que vote. El chico explotó en furia, melancolía y llanto. La gente impacientó. Dos policías, que tomaban café lentamente, escucharon el alboroto. Apoyaron los vasos sobre una mesa despintada y sin una pata y fueron y lo contuvieron. El muchacho se negó a retirarse del establecimiento y la aglomeración no dejaba ver con claridad la situación. Personas precipitadas iban y venían de un lado a otro. Parecían simpatizantes del Mundial ´78 al salir del estadio, mirando a sus espaldas.

  Hacía calor y el tumulto permaneció unos minutos más. Se escuchó la voz de un anciano al decir por lo bajo: “antes por protestar te perseguían, como a un tal Paco. Vamos pibe, ahora se puede”. La gente de la cola, dispersada, irrumpió el silencio del chico. Se había quedado sin palabras, sin derechos… casi como sin libertad de expresión. Un fiscal de otra mesa se acercó, dialogó con dos más, y se fue. De un momento a otro nadie vio al pibe. Al rato, salió del cuarto oscuro y metió el sobre en la caja. Feliz, se dirigió a la vereda. Luego, gritó con ganas. Ya no era tan pibe. Pocos percataron que se informó un error en la planilla del padrón.

  Antes, las planillas eran otras. Y no tenían solución.

 

 

 

 

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Jueves, Junio 21, 2018

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