El libro Secreto

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Es bien sabido que el destino de los hombres es azaroso. Quien elige un camino limita otro. El azar acecha en cada rincón, lo incierto y lo desconocido son lo que abundan en este mundo. Estamos hechos de importunos acontecimientos. De momentos que no estamos invitados a conocer. Como si la historia de los hombres se forjara en las sombras. Así fluyen los momentos.

También están aquellos que aseguran que el destino está prefijado y que no somos más que un río rumbo a su mar. Las dos posturas me parecen fascinantes, la de acabado desconocimiento y la de sabernos direccionados por una fuerza superior. La historia que me dispongo a contar a continuación, pule la realidad, la desbarata y roza lo inverosímil de las circunstancias acontecidas. Está situada en un punto entre la realidad y la fantasía. Que el lector la juzgue a su gusto y criterio. Habrá de los que desconfíen pero también de los que darán Fe   del relato. Pocos conocen la historia, por no decir casi nadie. Tengo la esperanza que al escribirla y compartirla con ustedes pueda dar un poco de alivio a mi conciencia.

Me llamo Armando Guzmán. Soy el menor de tres hermanos varones. Ebanista de vocación, oficio que heredé de mi padre y éste a la vez del suyo. El arte de tallar la madera de propagó en la familia. En mi sangre está la obligación de convertir esos troncos ásperos y desaliñados en muebles y decorar la vista y despertar el asombro de quienes adoran la madera tanto como yo. Estoy próximo a cumplir 35 años, soltero empedernido. Amante de la buena literatura, no hay clásico que no haya leído. Me apasionan los días al aire libre y los juegos de azar. Los trabajos de jardinería me encantan. Todos los días le dedico un tiempo a la tierra y cultivo todo lo que está a mi alcance. Me considero un solitario completo, mi relación con las personas es nula. La mayoría de las veces salgo solo pero muy lejos estoy que eso me fastidie. Disfruto de mi soledad no impuesta, una soledad buscada, que me reconcilia todos los días conmigo mismo.

Una mañana me encontraba trabajando en mi taller cuando recibí el llamado de mí tío Jacinto. El motivo no era extrañó. Necesitaban de un carpintero para una estancia al sur de la provincia. De inmediato me interesó, sin preguntar cuánto era el salario, esa misma noche empaqué mis cosas y consigné el dinero guardado al viaje. Escogí  ropa de lana, ya que el invierno estaba por llegar. A la mañana siguiente me encontraba yo en la estación esperando el tren con destino sur. Un hombre se ofreció a cargar mis maletas. Me senté junto a la ventanilla, escuché el silbato y me dejé cautivar por los prados que coronaban el camino y costeaban las vías. Todo trascurría bajo un claro cielo matinal. Podía respirar la atmosfera de tranquilidad que caracteriza al hombre libre. El silencio era abrumador y solo se percibía a lo lejos el murmullo de los animales y el rumor de una ciudad que dejaba atrás. El tren se detuvo y yo salí del transe en que me había perdido. Llegué entrado el medio día. Mis dos valijas en mano y una carta de recomendación que el tío había redactado. Una formalidad que en principio consideré innecesaria y anacrónica pero luego entendí al llegar que no era más que un desconocido y agradecí tener una carta de presentación. Almorcé algo ligero y me dispuse a conocer el pueblo. Era un lugar de inmigrantes, supuse que llegados a la región para trabajar en todo lo referente a los cultivos. Las casas eran modestas edificaciones de techos bajos. Las calles eran angostas y de tierra mejorada. Me detuve y miré la dirección donde tenía que consultar. Estancia “La Sureña” decía el papel. Consulté y me indicaron la dirección correcta. Al llegar quedé sorprendido ante la majestuosidad de la estancia. Era más grande de lo que me habían rumoreado. Tenía un amplio frente de piedra, ventanas en los cuatro costados, se componía de nueve habitaciones, dos patios internos y varias hectáreas de verde, con plantas de todo tipo, la mayoría desconocidas por mí. El sol se alzaba y se metía en las grietas que se podían divisar desde lejos.

Cuando llegué a la puerta principal, golpeé como pude, llamé dos veces y aguardé la respuesta. Mi destinatario tenía nombre y apellido: Isidro Sandoval.

Un pájaro cantó a la lejos. No había respuesta. Al rato siguiente se escucho decir:

-Sí, diga que se le ofrece?- dijo una voz de hombre.

-Buenas, busco a Isidro Sandoval- dije y apreté en mi mano la carta de recomendación como intuyendo que era el momento de mostrarla.

-Quién lo busca, que desea, aquí no atendemos a desconocidos- dijo en tono desafiante.

Yo ya comenzaba a creer que todo se derrumbaba en ese momento.

-Mire Sr. Soy Armando Guzmán, ebanista, vengo de la ciudad- dije

-Oh! Adelante si lo estoy esperando- y esbozo una sonrisa- pase, soy Isidro, encantado de que usted este acá.

Isidro Sandoval, era un hombre entrado en años, pero poseía un espíritu fuerte. La primera impresión al verlo fue de un hombre serio, recto y cabal. Incorruptible, un hombre que los años no lo habían pasado por encima. Dueño de una barba que llegaba a su pecho, totalmente blanca. Necesitaba de un bastón para desplazarse y lucía un sombrero campestre que ocultaba una cabeza calva. Vestía una camisa y un pantalón con tiradores. Era el único heredero de todo lo que había en metros a la redonda. Todo lo que estaba allí le pertenecía. Había quedado viudo hacía unos años, no tenía descendientes. Hijo único de una familia de españoles que habían llegado a principios de siglo al país, cruzando el Atlántico en barcos, impulsados por el deseo de una vida mejor. Construyeron esa estancia con la idea de prosperar y sus sueños se vieron realizados. Don Isidro sentía esa responsabilidad de mantener y conservar ese legado. Fue así que su idea de restaurar los muebles de esa casa me llevaron a ese lugar. Ahora comprendía el encuentro que me llevó a ese hombre.

Al entrar, se dispuso a mostrarme los muebles que necesitaba restaurar y pensaba los que necesitaba que hubiera que hacer. Quería por todos los medios que la casa conservara el estilo tradicional. Si bien la tarea no era sencilla, acepté, pues confiaba mi saber y sabía que representaba todo un desafío. Nada hay en la mente de los hombres que sus manos no puedan crear.

Minuciosamente recorrimos cada rincón de la casa, parecía como si hubiese entrado en una puerta directa al pasado, no había dudas, Isidoro era un hombre del siglo pasado. No conocí nada tan antiguo en mi vida. Me pareció anterior a todo lo que había visto. Desde sus muebles, sus cuadros, sus alcobas y sus lámparas. Inmediatamente le manifesté mi urgencia de por empezar pero primero debía buscar una estadía.

-De ninguna manera!- exaltó- Usted se queda aquí, si hay algo que sobra, es lugar.

Y así fue, sentí que en poco tiempo me gané la confianza de aquel hombre. Su consideración, su respeto, su cordialidad. Día a día fui tallando tal cual me indicaba y Don Isidro estaba muy conforme. Lo podía ver a través de su extensa barba y sus ademanes a la hora de ver mi trabajo. Así pasaron las primeras semanas.

El frío comenzaba a hacer eco en toda la región y según la gente del pueblo la gente del pueblo la nieve no tardaría en llegar. Hacía estragos en los campos y los animales buscaban refugios donde esconderse.

Isidoro pasaba la mayoría del tiempo sentado en su mecedora de mimbre. Sigiloso y pensante, entretenido en su pipa, miraba por horas el horizonte como quien espera a quién no llegara. Más de una vez alzaba mi vista para observarlo. Me preguntaba en qué pensaba, qué misterio encerraba ese hombre perdido y solo en ese lugar, en qué engendraba las horas y me atemorizaba creer que era un destino común a todos.

La relación entre ambos se termino de consumar a medida que los días transcurrían. Yo le mostraba los trabajos terminados y hablábamos del arte del siglo xvii. Era un estudioso en el sentido amplio de la palabra, aunque no tenía ningún título universitario, se adivinaba la sabiduría que escondía en sus palabras. Pasábamos de una receta de cocina a los dilemas filosóficos más importantes, no dejaba de sorprenderme. Hablaba con coherencia y mezclaba su acento español con el lunfardo nuestro. Una memoria prodigiosa lo acompañaba. Sentí por él un trato paternal.

Una noche, la noche de los acontecimientos, me encontraba yo como tantas frente al hogar a leña. Entretenido en mis lecturas era ya casi media noche. Habíamos cenado juntos pero Don Isidro acusó cansancio y se retiró a su habitación. Yo apagué todas las luces de la casa, y me quedé con tres velas encendidas sobre un candelabro que Don Isidro me había prestado. El viento golpeaba sobre las puertas y ventanas. Pero el silencio de la noche era inmenso y parecía más fría de lo habitual. Escuché el crujido de una madera, que no tardé en reconocer, venía de la escalera que daba a la habitación de Don Isidro. Entonces lo vi, ahí estaba. Don Isidro en su traje de dormir y vela en mano. Me pareció más esbelto de lo que era, enorme, sus ojos fijos y su cara inmutable.

Me miró de nuevo y dijo:

-Armando, es usted un hombre de fe?

Me quede pálido, nunca había escuchar hablar así a Don Isidro. Pero qué me preguntaba, fe en qué?.  No entendía. Qué trataba de decirme. Se hizo un silencio. Los dos nos quedamos mirándonos.

Me dijo:

-Fe en lo que ve- como intuyendo mi pregunta.- Fe en sus ojos- terminó.

-Don Isidro, con todo respeto, no sé de qué me habla.- me disculpé

Se sentó en la mecedora de enfrente y extrajo entre sus ropas un libro en tapa gruesa, oscuro, y con ribetes dorados. Al principio pensé que se trataba de una antigua Biblia.

-Este libro es milenario, mi padre me lo entregó poco antes de irse de este mundo, mi bisabuelo lo adquirió en una tienda muy cerca de Turquía. Algunos le atribuyeron poderes mágicos, extraordinarios. Resistió el paso del tiempo, de los siglos. Estuvo en las manos de Alejandro El Grande y Napoleón lo conoció. Ambos pudieron ver en él sus destinos. Sobrevivió a generaciones, llegó desde Europa hasta aquí. Yo lo conservé y ahora es mí deber entregárselo a usted.- Concluyó.

En ese momento pensé que Don Isidro había perdido la cordura, que la soledad eterna de ese hombre, había movilizado cosas muy profundas y comenzaba a perder la razón.

Luego agregó:

-Quien lo sostiene entre sus manos tendrá el poder de conocer su propia historia, su pasado, su presente y su  futuro.- Al decir esto su voz resonó más grave de lo habitual.

-Es mí deber dejarlo en otras manos- se justificó.

Me levanté y lo sostuve entre mis manos, pesaba menos de lo que parecía. En el lomo se divisaban dos letras, dos iniciales: “A. G”

Armando Guzmán! Pensé. No daba crédito a mis ojos, la curiosidad me recorría el cuerpo. Lentamente lo abrí. Allí en la primera página estaba mi nombre, en letras artísticas de siglos pretéritos. Debajo del nombre, de mí nombre, dos fechas; la de mi nacimiento y la otra, la del fin, que preferí omitir. En la segunda página, comenzaba con mi nacimiento, mi infancia estaba toda ahí, detalle por detalle; fecha por fecha, sin olvidar nada, el libro era mi vida entera en letras, en episodios, claro como el cristal se reflejaban mis días en el. Relatado palabra por palabra, cada encuentro, cada situación vivida, cada historia de amor, cada día y noche de felicidad de angustia. También la llamada de mi tío, la llegada a la estancia y el encuentro con Don Isidro junto al hogar a leña y yo contemplando el libro.

Tuve miedo, no quise seguir, no quería saber que pasaría al instante siguiente, en los días que estaban por venir. Intenté arrojar el libro al fuego, pero luego pensé que destruir un libro sobre mi vida era destruirme a mí mismo. Lo cerré y lo dejé sobre la mesa. Subí a mi habitación, no dormí esa noche. Cuando despuntó el primer rayo de sol sobre el horizonte, empaqué mis cosas y me marché sin despedirme.

A  la semana siguiente me llegó un telegrama anónimo. Me comunicaban la muerte de Don Isidro y me deban las gracias por los servicios prestados. Lo increíble que el telegrama estaba fechado el mismo día que ingresé a la estancia y conocí a aquel hombre.

Pienso a diario en Don Isidro, pienso que tenía todo planeado desde un principio. Que me eligió para continuar la tarea que le habían encomendado, la de trasmitir a las generaciones venideras el secreto. Él que no dejó descendientes de sangre, quiso dejar su huella en esta tierra a través del libro oculto.

Ahora comprendo que esperaba las horas de su muerte mirando el horizonte porque se sabía dueño de un destino cerrado que ya conocía y del que no podía escapar y que aceptaba con toda dignidad.

El fin puede estar cerca o puede estar lejos, por mi parte prefiero ignorarlo.

 

 

 

 

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Martes, Mayo 22, 2018

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