EL MISTERIO DE LAS XXI LUNAS

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La oscuridad lo inundó todo y un pavoroso rayo rasgó la noche. El segundo  trueno cayó sobre el techo cónico de un miserable rancho, y un raro fetiche de formas humanas que pendía de un hilo quedo dando vueltas sobre sí mismo. La selva envolvía con un halo inescrutable lo que tocaba. Murciélagos trajeron una ráfaga de viento frio alrededor de varios hombres de raza negra, a esa choza polvorienta de una aldea olvidada, unos árboles lúgubres la ocultaban. Observé unas velas encendidas, un recipiente repugnante con un brebaje del cual todos bebieron, la cabeza de un simio y la de un antílope con unos cuernos horripilantes y gigantescos, vi sangre, oí tambores africanos, un dialecto ininteligible y percibí un olor pestilente.  Así algunos entraron en un trance, se sentía un calor infernal, se tambaleaban, sudaban copiosamente, vomitaban sangre, se tomaban la cabeza y el abdomen, los ojos de ellos estaban desorbitados e irritados, deliraban y se revolcaban en el piso.

Días después aparecieron unos hechiceros con desconocidas vestimentas, y se llevaron a varias personas que estaban en este ritual, que había durado veintiún días. A unos los arrastraron semiinconscientes, tenían  manchas y ronchas en todo su cuerpo y los apartaron, a los que fallecieron los llevaron a una  gran hoguera, que armaron allí mismo.

Entonces, vi reflejado en las aguas turbias del rio, la luna llena y la silueta deun chamán, que venía en una canoa, su enigmático rostro  y su cabeza estaban cubiertos, por una caperuza y llevaba un extraño traje.

Entre las sombras, tomó siete vasijas y las llenó con sangre de siete cadáveres. Con un pequeño cuchillo fraccionó partes de algunos cuerpos y los colocó en otros recipientes.

Unas largas tinieblas nos cubrieron por varios días.

Detenidamente observe un mausoleo y encima de una gigantesca losa vertical de mármol blanco estaba inscrito un nombre, y sobre la placa acerada horizontal, vi una superficie transparente como el cristal, y rompió el sello, el séptimo sello y cuando lo abrió salió sangre y emanó un repugnante olor, y sonó una trompeta.  Hubo un silencio, después sonó una sinfonía magistral y aterradora.

Ya había abierto los otros seis sellos el brujo, lo observé todo como en un sueño, como quien mira a través de una ventana que tiene un delicado velo.

Como un fantasma me desplacé rápidamente, el chamán envuelto totalmente en sus raras vestiduras, con sus manos invisibles movío y controló todo, nos había conducido  a una zona con una luz tan majestuosa como un sol, que me encegueció, los que fueron conmigo, regresaron ciegos, aunque ya muchos lo eran, otros volvieron con extraordinarios resplandores, fuegos fatuos que desaparecieron rápidamente o mutilados como quien vuelve de una  pavorosa guerra al enfrentarnos a unos semejantes a nosotros, algunos murieron incinerados, o no volvieron, o fueron  sumergidos en mares de profundidades abismales e inconcebibles colores, de los cuales sentí un sabor salino y amargo como la hiel.

Un agujero negro tan oscuro como la más oscura de las noches  succionó a otros y los transportó a una dimensión desconocida en un universo paralelo.

Hubo miedo, lágrimas, lamentos y tribulación.

Había una gigantesca construcción metálica,  que era de hierro  y se elevaba al cielo.

No había para dónde ir. Parecía  una rara pesadilla de deidades ignotas y lejanas.

Escucho ahora música como una plegaria salida de un corazón arrepentido, siento como si hubiéramos escrito en el mar o en el aire.

Creo que todo fue una ilusión, un sueño colectivo que construimos y ahora parece desvanecerse.  Un huracán y el mar están ocupando toda la superficie que habitamos.

Esto último fue justo lo que pasó, segundos antes en el laboratorio nivel de bioseguridad cuatro, cuando Sofía según decía en su blanca placa de identificación y  cubierta de pies a cabeza con su traje de protección,  decidiera prender el aire acondicionado y esparcir un gran chorro de hipoclorito en el mesón metálico de su  cabina de flujo laminar, sobre la gota de sangre que se derramó del séptimo tubo en el que se leía: “virus  del ébola”. Y encender la luz ultravioleta. Allí cerca estaban su microscopio electrónico, pipetas, probetas, guantes, batas, tapabocas, caretas, cajas de Petri, reactivos y tubos vacutainer con siete muestras, al igual que diferentes cepas  de virus y anticuerpos.

Suena la música clásica , coros angelicales, y trompetas en el reproductor de música de Sofía.  

Autor: María Fernanda Valbuena Acero

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Jueves, Febrero 22, 2018

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