Nuestros días se terminaron

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Un juego de guerra

 

 

Ella no existía si yo no la amaba:

precoz era la saliva derivándose hacia otra fuente,

la de sus manos o sus pies:

            En ella me inundaba.

Y era entonces tan pequeña que le temía a las briznas

de las judías verdes y a las finas cuerdas del virginal,

que a veces sonaba desde un sucio óleo de Vermeer.

Yo la abrazaba, me hundía como una raíz en su piel,

y a veces salían de sus poros bellas flores sedientas.

A través de los vellos y los abalorios

me tendía la mano y me invocaba sin miedo:

Pues existía solo si la amaba,

pero yo no era más que un recuerdo,

un fantasma que ella creara en solitaria noche de lobos

mientras jugaba Kriegspiel con su sombra.

 

 

Bacium

 

De tu boca rota, abierta por las manos de Cátulo,

mana de la furia helénica a la fractura de los trovadores provenzales,

como el cielo callado, gris de lepra divina,

la NuevaInglaterraimpuesta y llovida,

el grito aborigen aboliendo las condiciones terrestres,

un desgarrado beat de Whitman,

el hierro caliente latinoamericano.

¿Hacia dónde van todas esas piezas de ajedrez?

El verdugo las persigue con fatiga,

olvidándose muerto por las muertes circulares.

Oh, señora, las hemos olvidado, ya no pregunte por esa madera rebelde.

Yo, de pies sumisos, fatigaré el olvido;

detrás de alguna de sus puertas me espera

un invierno tronchado.

 

La serpiente buscaba la boca de Cristo. 

 

 

Día 17

 

Apaga la luz, ya es de noche:

no quieras acaso hacer de tu vela un día en el cuarto.

Entiendo que, triste, busques compañía:

pero son entonces las sombras quienes te abrazan:

umbrías sementeras se abren, cada vez más amargas,  

en el laberinto que se guarda bajo la piel:

Muchos preguntan dónde estás ahora,

dónde sufres esta noche; pero es de noche:

apaga la luz, que es la ausencia la que llora:

descendida, vaho sobre los manglares:

duérmete en caracolas hinchadas de quimeras,

duérmete, deja sueltos tus ojos abiertos,

que yazgan en la angostura de tu melancolía:

en los sueños te desaparecen como ofrenda

            quienes te buscan y luego te olvidan:

Al día ellos lo entronizan bajo los parasoles leonados

mientras se desayunan al último gallo que despertaba al pueblo.

 

 

 

La indolencia

 

Qué puede uno contra una estampida de nubes,

una bayoneta de grito, una sonrisa de caña y filo,

el ojo certero del mustio ministerio,

donde sor tras clérigo se suceden los cabellos del otoño.

Corre tras ellas, querido, dales caza. No llegarán hoy al Paraná.

Qué clase de discordante prisma

que busca una fractura

que desangre al hueso.

No la vida o la ópera, no la tragedia o la máscara,

sabrán olvidar todos que mi dolor,

como soprano sombra, como perro de agua,

degolló una vez los restos

que la poesía aun en su féretro guarda.

Fractúreseme la sangre, viértase por los laberintos del llanto,

que como sabueso imposible seguiré hasta las mismas raíces.

 

¿Sería más simple para ti conocer mi sonrisa?

Lo sería, pero, ¿Por qué? ¿Por qué no sonríes?

Pides demasiado. No tendrás sonrisa. Corre hacia el muelle.

Allí los marineros doblan el horizonte.

 

 

 

Naturaleza de los bergantines, carambolas de besos.

Quebraré el fino labio del horizonte. Indiferencia infinita.

Corro tras la liebre desollada, abro la vagina de la tierra,

aspiro el semen de los rosetones centinelas,

mino con lágrimas las estepas latentes.

Ya es tarde. Cierro el pecho, la sonrisa en la telaraña

de la amargura ya una carta

y de mi mano una guillotina.

 

 

 

El desierto lo calla

 

Tierra nos ha dado a conocer latifundios míticos,

rizomas sin oídos, fósiles de hambre.

Somos hijos, los nunca dioses, los nunca padres,

nos hermanecen las aguas, los helechos sin fin,

los azufres de antes.

 

Cuando tierra no fuera volcanes

no fuéramos cenizas;

imputrescible en congoja mirara la bauxita

nuestros hados de no seres

tierra en los ojos

dijésemos a quienes nos olvidasen

 

En el desierto lo que mata es la ausencia.

 

 

 

Día 22

 

Con el cuerpo en la sombra y el alma en los pies

te hago sonar, extendida, como el temblor de un tímpano:

el horizonte, cazado y muerto por mis ojos,

así eres cuando te pienso, así estás, sollozo de espectro,

en perpetuo escape, mas el cielo ya una jaula:

de rosetones tu pelo, de pena tus salientes,

celador es el viento de tu cuerpo abierto sobre las puyas:

Si en las palabras te encuentro es porque un viejo,

el diablo cubierto de arenilla bajo los gredales,

hizo un trueno de mi engaño, mas solo palabras caían

(luego, durante las lluvias que borrarían

las huellas de fugitivos en el domingo de misa)

 

           “Por lo que vale la pena vivir se vive:

por lo que vale la pena morir se escribe.”

De su hermosura solo pude tejer inerrables frases:

Pero aun te nombro:

Y tu nombre es otro pájaro que renunció al cielo

e hizo un nido en mi boca para morir en silencio.

 

 

 

 

La taza del rey

 

Sobre el pecho arrugado la locura divide la sangre;

en su ojo izquierdo sulfura, como el azufre en vientres de lunas muertas,

la tristeza entera;

el derecho guarda la voz de la fibra real.

Han pasado los pastores húmedos con las lluvias sureñas

y acabaron ocultando los rostros entre la carne del rebaño:

no hay oro en los morrales ni gloria en las huellas:

tu yelmo yace hendido, fútil rey:

tus legendarias monturas han volado hacia la garganta del invierno,

donde raspa el anhelo de vino y de amanecer furioso.

Indivisibles las bocas dulces, que de tres en tres

arrojabas al fondo de tu opalina taza, serigrafiada con ríos y cabellos:

pozo demencial hacia donde rodaban las cabezas que tu amante más fiel, el verdugo,

supo desprender de tan preciosos cuerpos.

No me recordarás, ni mi canto:

vengo de más allá, de tus días rampantes y tus horas afiladas,

de la tierra que violaste con tu impulso de toro liberado:

soy de esa sangre que no es mía pero que mancha mis ojos:

observo tu descenso infernal con los dedos en nudo.

Pasados los años y las murallas, conservada la bravura como vegetal deshidratado,

te ves, gris, subiendo hacia tus labios tu última taza

en cuyo fondo reposan los fragmentos de tu memoria:

Tiembla la mano real y la taza cae. La rodilla ha besado el cielo.

 

 

 

Pesa el poema pesa

 

Había una historia nunca contada,

una historia con piel y carne y nervio y sangre.

Cabellos de trigo o cobre

le fundían el rostro.

 

Abrían los dedos para repasarla:

Tigre oculto o estrella voraz, echada sobre la respiración del día.

Nadie creía en su simpleza, ni siquiera yo.

Lo rojo y lo raudo se le descollaban en el cuerpo,

quebraba explanadas con las pestañas.

Un día, un día solo, quise explicarla:

Las efigies me comieron las manos.

 

El poema pesa, pesan tus ojos,

pesa la luz, el ojo, tu ojo de arrebato,

pesa, cristal exangüe,

pesa la lengua:

carne que me concentra la boca en señera mentira.

 

 

 

 

 

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Domingo, Febrero 25, 2018

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